La programación del Anfiteatro del Río Uruguay en la 59ª Semana de la Cerveza dejó una señal difícil de ignorar. Hubo variedad, sí, pero el pulso central del escenario mayor estuvo marcado por una apuesta decidida a los públicos menores de 30 años. No se trató solamente de sumar nombres de moda, sino de confirmar un cambio de época. El principal escenario de la fiesta sanducera, con capacidad para 15.000 personas, se alineó con una tendencia internacional que ha corrido el eje de los grandes shows hacia los lenguajes urbanos, el trap, el hip hop, la música de streaming y los consumos veloces de una generación que hoy también llena recintos. La grilla tuvo, desde luego, espacio para otros registros. La apertura del sábado 28 combinó la elección de Reinas y Princesas con Catherine Vergnes y Lucas Sugo, dos nombres de fuerte llegada popular. El domingo 29 ofreció una noche de raíz más tradicional y rioplatense, con La Huella, Agarrate Catalina junto a Tabaré Cardozo y Los Tekis, en una combinación de murga, identidad regional y folklore festivalero. También hubo presencia de bandas y artistas locales o de cercanía, repartidos a lo largo de la semana, como Juliana, Carol y La Nueva Era, La Socio Fundador, Elemental, Antagónica y La Cura, que dieron volumen territorial a una propuesta que no quiso desprenderse del todo de su base sanducera.
Pero el corazón de la programación estuvo en otro lado. El lunes 30, con Roze y Márama, empezó a verse con claridad ese corrimiento hacia una audiencia joven, conectada con el pop urbano, la cumbia actual y los sonidos de redes. El martes 31, con La Penúltima y Un Poco de Ruido, la Semana se acercó incluso a un fenómeno nacido del universo digital y del consumo por plataformas. El miércoles 1, con Chacho Ramos y Ángela Leiva, sostuvo la veta popular, aunque siempre con lógica de show masivo y de fuerte atractivo inmediato.

La apuesta quedó todavía más nítida en el tramo final. El jueves 2, Cruzando el Charco y Ciro y los Persas aportaron rock de convocatoria amplia, pero el viernes 3 con Cazzu y el sábado 4 con Big One y Paulo Londra confirmaron el centro de gravedad de esta edición. Allí el Anfiteatro se paró sin complejos en el mapa de la música latinoamericana actual. Que el hip hop, el trap y sus derivados hayan ganado un lugar tan protagónico en un escenario históricamente asociado a otros géneros habla del empuje real de esas corrientes. Hace no tantos años, costaba imaginar que esos sonidos dominaran la cartelera principal de la mayor fiesta del país; hoy no solo llegaron, sino que en varias noches demostraron poder de convocatoria de primer nivel. El cierre de anoche con Cazadoras Doradas y Guerreras del K-Pop terminó de redondear esa orientación generacional. Fue, quizá, la postal más elocuente de una Semana que quiso hablarle a nuevas audiencias, aun a riesgo de dejar en segundo plano a sectores más adultos que durante décadas se sintieron el público natural de la fiesta.

La crítica posible va por ahí, la variedad existió, pero no de manera pareja. Hubo diversidad de nombres, aunque la línea dominante privilegió con claridad los consumos musicales juveniles y las tendencias globales por encima de una representación más equilibrada entre generaciones.
De todos modos, sería injusto leer esa decisión solo como concesión al mercado. También puede verse como un reconocimiento a un fenómeno cultural profundo. Los escenarios grandes ya no pertenecen exclusivamente al rock clásico, al folklore o a la canción popular de otras décadas. Hoy los ocupan con naturalidad artistas nacidos en Internet, productores convertidos en figuras y géneros que antes parecían laterales. La 59ª Semana de la Cerveza tomó nota de esa transformación y la llevó al centro de su mayor vidriera. Podrá discutirse si faltó más espacio para públicos mayores, pero no que el Anfiteatro mostró hacia dónde se mueve hoy la industria del espectáculo. Y, sobre todo, hacia dónde se está moviendo también el público.
E.J.S.

