Escribe Ernesto Kreimerman: Es el descrédito de la realidad

Se necesita un mínimo acuerdo sobre la realidad, una capacidad honesta de distinguir entre lo verdadero y lo falso. Sobre algo así parece muy fácil coincidir, muy obvio como para generar un amplio consenso en base a esa afirmación. Pero lo cierto, es que no ha sido ni sencillo ni fácil. La mentira es un valor aborrecible en público, pero no en las relaciones humanas.

Ya desde los tiempos de Platón la verdad y la mentira eran objeto de debate, no sólo desde un punto de vista moral, sino de la cosa pública, central en su concepción de la política, incluida en su obra La República. Platón valora la verdad y condena la mentira como una distorsión del orden natural y moral del universo, dañoso para el individuo y también para la sociedad. Pero admite una excepción, la “mentira noble”, una falsedad deliberada pero justificada para proteger el orden social y promover la cohesión social.

Nicola Machiavelo y su obra El Príncipe, en realidad De principatibus, es decir, de los gobiernos de los príncipes, y quizás por las adhesiones que despertó en figuras como Cristina de Suecia, Catalina de Médici, Carlos V, Richelieu, Napoleón Bonaparte, que conmovió el pensamiento, ya sea por fascinación como por indignación. Algo “maquiavélico” tuvo una carga negativa, como sinónimo de mentira, perfidia, duplicidad y crimen.

Sin embargo, y dando muestras de un gran valor, dos pensadores de la talla de Francis Bacon y Baruch Spinoza tienen otra lectura. El filósofo inglés fue muy claro en su reconocimiento: “debemos mucho a Maquiavelo y a otros escritores de esta clase, los cuales manifiestan o describen claramente y sin ficción lo que los hombres hacen y no lo que debieran hacer”.

Spinoza ve a Maquiavelo como un defensor de la libertad, por ello en el Capítulo V de su Tratado Político, Baruch valora al pensador florentino como “acutissimus”, “vir sapiens” y “vir prudentissimus”.

En síntesis, estos debates ponen de manifiesto una tensión natural a la cuestión política entre idealismo y pragmatismo. Pero Maquiavelo se enfoca en el poder y la supervivencia del Estado, de la organización del poder, aceptando la posibilidad de engañar. La “mentira útil” es inaceptable en cualquier y toda circunstancia, porque viola la dignidad humana. Y destruye la confianza toda vez que la mentira se hace parte de la realidad política, incluso una práctica desenfadada y hasta agresiva y prepotente de la real politik. Sin embargo, Maquiavelo pone al servicio del poder y por la supervivencia del Estado este instrumento: la mentira como parte integral de la realidad política. El dilema moral de la mentira en la política plantea una cuestión de fondo, que hace a la virtud misma del poder o a su cuestionamiento radical y excluyente.

En la actualidad, en la era que nos ha tocado en suerte, caracterizada por la información masiva, la desinformación y la manipulación mediática, las ideas de Platón y Maquiavelo continúan siendo referentes claves para comprender la compleja relación entre la política y la mentira, cuestionándose los límites éticos y estratégicos en el ejercicio del poder.

La noción de una política esencialmente basada en la verdad está fuertemente asociada al idealismo. Immanuel Kant, que también defendía una posición fundada en la verdad, advertía que mentir es inaceptable en cualquier circunstancia porque viola la dignidad humana y destruye la confianza, la cual es un valor esencial para la cohesión social. Entendía que la verdad es un valor moral absoluto y que la mentira como recurso para alcanzar sus propios y egoístas fines, era inaceptable pues llevaría a la sociedad a desintegrase en el caos.

Volviendo a …

Kant enfrenta desafíos prácticos cuando su teoría se aplica al ámbito político, una zona específica, única y excluyente, en la que el conflicto de intereses, las presiones sociales y la necesidad de tomar decisiones más o menos rápidas y efectivas, abre las puertas a la teoría del pragmatismo político, la del atajo.
Así como Platón aspiraba a una política basada en la verdad y la justicia, sin renunciar en oportunidades puntuales a la mentira, Kant cede cuando de resolver conflictos de intereses se trata.

Apelemos pues a Maquiavelo que consideraba que la falsedad era una herramienta legítima para el mantenimiento del poder y la estabilidad del Estado. El engaño, entonces, es visto como una necesidad de sobrevivencia. Pero más allá de la literalidad, la síntesis de Maquiavelo llama a reflexionar sobre la cuestión política o la acción de gobernar, como un área autónoma en la que la moralidad tradicional no siempre puede aplicarse estrictamente. El mundo real, dice, está lleno de imprevisibilidad y peligro y solo aquellos dispuestos a desafiar los límites convencionales pueden sobreponerse a la adversidad.
Podríamos prevenirnos con la advertencia, algo frontal, de Francis Bacon, de que “el vulgo se deja seducir siempre por la apariencia y el éxito”. Más allá de las formas, que eran de estilo en la época, la afirmación es una verdad contundente y cruel.

La guerra fría se caracterizó no solo por la competencia militar y tecnológica, también por la guerra psicológica y la manipulación informativa. En esa bipolaridad de visiones cosmopolitas enfrentadas y binarias, aparece y crece en complejidad y sofisticación la búsqueda por la supremacía. La desinformación, el espionaje y la propaganda se convirtieron en instrumentos esenciales.
Pero aquella guerra fría fue apagándose a medida que avanzaba la implosión del “socialismo real” y huían los primeros desertores del sistema saqueando las migajas del sistema. Surgían los nuevos millonarios rusos, con raíces en la nomenclatura.

El pragmatismo maquiavélico que justificaba la mentira como un medio para preservar el poder y la estabilidad fue especialmente relevante para el resurgimiento de las viejas naciones.

Más sutil

De la mentira se ha pasado ahora a la máquina del fango, que es más dañino y sutil. En ese terreno no es necesario descubrir delitos, alcanza con insinuaciones, sugerir sospechas. Deslizar comentarios sin probar nada.

El drama mayor, de fondo, es la crisis de la ideología. Las lecciones acerca de la naturaleza del monopolio, el capital financiero, la interconexión global, la inevitabilidad del conflicto y la dialéctica entre el crecimiento y la descomposición del capitalismo, son cuestiones contemporáneas.
Es el descrédito de la realidad ha dicho Antonio Muñoz Molina. Porque “uno tiene derecho a su propia opinión, pero no a su propio hecho”.

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