HABLAN NUESTROS MAYORES: Sandra Ricca, una vida de trabajo, campo y lucha en el Interior

Sandra Daniela Ricca tiene 63 años y vive en Piedras Coloradas. Se crió entre tareas rurales, ordeñe, caballos y escuelas de campaña, en una época donde el trabajo comenzaba desde muy temprano y la vida se hacía con sacrificio. Trabajó durante décadas en el monte, crió a sus hijos, aprendió oficios y nunca dejó de rebuscársela. En diálogo con Pasividades, compartió sus recuerdos, historias de campo y enseñanzas heredadas de sus padres, repasando una vida marcada por el esfuerzo, pero también por la gratitud y el orgullo de haber salido adelante.

Mientras preparaba el telar que habitualmente utiliza en una tarea que ya forma parte de su rutina, en una de las habitaciones de su casa en Piedras Coloradas, iluminada por los tibios rayos del sol de mayo, nos atendió y comenzó contando que es oriunda de Young --nació el 9 de diciembre de 1963--, aunque gran parte de su infancia transcurrió en Pueblo Orgoroso, en la casa de sus abuelos maternos y luego en Puntas de Arroyo Negro.

“Fue una infancia divina; ojalá pudiera volver a tener esa infancia”, dijo al recordar aquellos años.
Vivía con sus padres, Dardo y Olga, y una hermana. La familia trabajaba un campo heredado por su padre y todo giraba alrededor de las tareas rurales. “Teníamos quesería, ordeñábamos, plantábamos huerta, maíz, de eso se vivía”, contó.

LA ESCUELA A CABALLO Y LAS TORTAS FRITAS

Los recuerdos de aquella niñez aparecen llenos de imágenes de campo. Según contó, iba a la escuela rural a caballo, recorriendo dos leguas todos los días junto a otros gurises de la zona.

“Mi padre trataba de darnos el caballo que menos anduviera”, recordó explicando que ello tenía una razón: “La Escuela 46 estaba en una colonia que fue muy grande en aquel entonces y todos íbamos a caballo. Solamente una familia iba en un charretín porque eran muchos hermanos. Cuando salíamos corríamos carreras. Eran diabluras sanas que teníamos, después cada cual se iba para su casa”.
La merienda también era sencilla, pero suficiente para ser feliz. “Llevábamos cocoa con leche y lo más rico que nos daban eran tortas fritas. No había más nada”.

Su padre araba la tierra con caballos y ella ayudaba desde pequeña. “Yo iba atrás de él en un sulky plantando dos semillitas de maíz en cada vuelta”, relató.

La madre acompañaba las tareas rurales mientras la salud se lo permitió. “Mi madre ayudaba, después tuvo muchos problemas de salud (...), entonces mientras nosotros ordeñábamos, en esa soltada de terneros y de vacas, ella nos llevaba mate. Después, según como estuviera, a veces ella hacía el queso”, contó.

Se refirió a ambos con una gran ternura. “Mis padres fueron excelentes los dos, gente muy trabajadora. A mis padres los adoro hasta ahora”, señaló.

JUVENTUD, TRABAJO Y FAMILIA

Después de la escuela rural cursó UTU en Guichón hasta tercero. Hubo épocas en que se quedaba con sus abuelos y más adelante en el pensionado de un colegio de monjas.

Pero estudiar no era sencillo en el interior y la necesidad de trabajar pesó más. “Cuando terminé me fui para mi casa. No quise hacer más nada, aprendí a coser y a tejer, y seguí ayudando a mis padres”.

Hasta los 24 años vivió en el campo con su familia. Los bailes, las salidas con primos y las reuniones en el arroyo formaban parte de esa juventud sencilla, pero igualmente entrañable, pero también la responsabilidad: “después del baile había que ir al otro día a ordeñar”, recordó.

Más adelante se casó con un hombre de Piedras Coloradas y tuvo tres hijos: Sandro Daniel, Macarena y Matías. “Nos empezamos a hacer una casita donde estoy ahora”, contó.

Así inició una nueva etapa en su vida, aunque también marcada por el esfuerzo y el trabajo. “Con tres niños y haciendo la casa no daba, entonces seguí trabajando”, comentó.

AÑOS DUROS EN EL MONTE

Sandra trabajó durante décadas en empresas contratistas del sector forestal. Plantó árboles, cargó camiones, trabajó en viveros, peló madera y pasó años enteros bajo el sol de enero en los montes. “Todo trabajo rústico”, resumió.

Detalló que en algunas empresas cortaban madera, en otras curaban tablas, en otras hacían plantaciones. “Se iba un camión repleto de gente”, dijo.

Otra de las tareas que le tocó realizar era pelar las columnas de madera para UTE. “La gente volteaba los árboles, les tomaba la medida y hacia las columnas de la luz, y nosotros teníamos que sacarle la cáscara a esas columnas”, explicó.

Recordó especialmente el calor insoportable en los montes después del raleo. “Vos llegabas al final y no tenías sombra, era todo sol. Hacete una idea trabajar en pleno enero al rayo del sol sin una gotita de sombra. Era algo cruel”.

Mientras trabajaba, también criaba a sus hijos. “Yo pagaba una muchacha para que me los cuidara”, recordó.

PÉRDIDAS QUE MARCARON SU VIDA

Al mirar su vida en retrospectiva, reflexionó: “He sufrido mucho, porque perder un hijo... Perdí mi hijo (el mayor, y con tan sólo 27 años), al tiempo perdí a mi padre, luego a mi madre, después me separé, mis hijos formaron sus familias y yo me quedé sola”.

Habló de la soledad con honestidad, pero también sin dramatismo. “Duermo, como, tomo mate, todo sola”, mencionó.

mbargo, nunca dejó de trabajar. Cuidó niños, llevó escolares, atendió personas mayores y siguió tejiendo para ganarse unos pesos más.

“No quise estudiar, entonces laburar era lo que había”, resumió.

TEJER PARA SEGUIR ADELANTE

Hace algunos años comenzó a participar en un grupo de tejido impulsado a través del municipio. Además, desde hace muchos años trabaja en telar y hoy sigue haciendo ruanas y otras prendas.
“Voy para distraerme, para salir de mi soledad y de mi rutina”, contó. Aunque se jubiló este año, continúa buscando siempre algo para hacer porque la jubilación no alcanza. “Una jubilación de 23 mil pesos no te da para vivir”, observó.

Tiene gallinas, mascotas y muy buenos vecinos que la ayudan. Se acordó muy especialmente de personas que la acompañaron en momentos difíciles. “Hay mucha gente buena que me aprecia y que yo aprecio”, expresó. Es por ello que habló con enorme gratitud de quienes estuvieron a su lado cuando más lo necesitó. Mencionó en particular a Rosana Sigvardt, que la ayudó con los trámites de la jubilación, a Osvaldo Fagúndez, quien cuando lleva a pasear a su madre también la invita a ella, y a Nilda Aguilar, que no solo le consigue trabajos de tejido, sino que también es una persona muy atenta, “y ha sido muy buena conmigo”, sintetizó.

“Agradezco a la gente que estuvo conmigo en los momentos difíciles”, reafirmó.

“ME SIENTO ORGULLOSA DE LO QUE SOY COMO MUJER”

A pesar de todo lo vivido, Sandra no se define desde el dolor, sino desde la lucha. “Mi vida fue sacrificada, pero tuve una niñez muy linda”, afirmó.

Recordó en especial los valores aprendidos de sus padres. “Mi madre decía que si era azul, era azul y no era de otro color. Había respeto”, destacó, y agregó “a mis padres los adoro hasta ahora”.

Con la misma emoción habló de sus hijos y sus cinco nietos. “Me siento muy orgullosa de mis hijos. Mi hijo que falleció era un amor de hijo también”, señaló. Comentó que son trabajadores y “cada cual tiene su casita, sus cosas, su familia”.

Pero también hay orgullo por ella misma, por todo lo que logró sostener sola. “Me siento muy orgullosa de lo que yo soy como mujer, porque lucharla sola como la he luchado…”, reflexiónó.

Sandra sigue viviendo en Piedras Coloradas, entre telares, animales y recuerdos. Después de madrugar toda la vida, sin necesidad de un despertador, hoy se levanta un poco más tarde, pero igualmente encuentra motivos para mantenerse activa, para salir con grupos de adultos mayores y vivir la vida como tantas mujeres de nuestro interior.

Ingresa o suscríbete para leer la noticia completa y todo el contenido del diario.

IngresarPara quienes tienen una suscripción activa o quieren renovarla.SuscribirmePara quienes se suscriben por primera vez.

Sé el primero en comentar

Deja una respuesta

Tu dirección de correo no será publicada.


*