Pretextos: El libro de las tierras vírgenes

Alianza Editorial 2010 (1894)
¿Por qué escribir hoy sobre un libro escrito en el siglo XIX? ¿Por su vigencia? Puede ser. Es obvio que una novela como El libro de las tierras vírgenes (más conocida por acá como El libro de la selva), sigue presente en el imaginario de lectores y artistas. No pasa mucho tiempo sin que aparezca una nueva edición y tampoco sin que se la adapte por enésima vez al cine o la televisión. Cada generación parece tener su propia película sobre El libro de la selva desde las épocas del cine mudo.

Y con respecto a las ediciones literarias han sido miles a través de las décadas desde que Rudyard Kipling la publicara en 1894. Pero luego de aceptada su vigencia habría que preguntarse el por qué de su actualidad.

Kipling fue un inglés nacido en la India que si bien amó su patria natal, nunca dejó de sentirse el más inglés de los ingleses. Es famosa entre los entendidos su postura racial en la que el hombre blanco debe “cargar” con la responsabilidad de civilizar a todos los pueblos “inferiores” como, por ejemplo, el indio. Una postura decimonónica nacida y criada en un tiempo y un ambiente radicalmente opuesto al actual.
Sin embargo, aquí está Kipling, siempre entre nosotros, siempre encantándonos con sus novelas, cuentos y poemas. Textos en los que se puede ver mucho más el amor profundo por el país en que nació que su postura racista sobre sus habitantes. Alguien podrá decir que, en varios casos sí se puede ver tal postura. En Gunga Din, Kim o El hombre que pudo reinar, los héroes son los blancos, mientras que los indios son una comparsa que ayuda y hasta se sacrifica por sus “amos”. Es cierto, de ninguna manera eso aminora el gran valor literario de esos escritos pero es cierto.

Ahora bien, en El libro de la selva, o de las tierras vírgenes, eso no se ve, no está. Mowgli “la rana” como lo llamarán sus amigos animales, es un niño indio que queda abandonado en medio de la selva luego de que su familia es eliminada. Crece entonces en ese paraíso selvático donde también hay leyes, costumbres, pasiones y personajes que Kipling humaniza de una forma que luego sería la influencia primordial de nuestro Horacio Quiroga.

Si hay algún tema racial aquí es entre los propios animales. El tigre es peligroso, el oso es sabio, la víbora lo sabe todo, los monos son irresponsables. Mowgli es un Adán en su elemento, un humano criado por lobos (no monos, ojo) que solo conoce la felicidad de lo natural. Kipling ofrece una fábula en forma de relato directo y de apariencia casi periodística donde confía tanto en su imaginación que contagia al lector. Luego de las primeras páginas todos tomamos las leyes que rigen a Mowgli y sus amigos (y enemigos) como ciertas, como si el autor lo único que ha hecho es trasladarlas desde un saber animal no escrito hasta sus páginas.

Durante toda la lectura de la novela vivimos las peripecias de Mowgli como lógicas y valederas. Ahí encontramos entonces la vigencia del texto. También se puede decir que lo mismo ocurre con el personaje de Tarzán y no andaremos tan errados. Aunque hay que entender que Mowgli aventaja a tal personaje en que está mucho más comprometido con su entorno. Kipling comprendió, a pesar de su racismo, que el personaje debía ser un indio, no un occidental. Un blanco no tenía nada que hacer ahí. Puede que sea un ser trasplantado a un medio ajeno, pero sigue siendo un ser nacido en la misma tierra que los animales con los que convive.

La selva es así un lugar atemporal, fuera del mundo de los humanos, que puede enseñar prácticamente cualquier cosa también a un niño. Una historia así no puede envejecer. El mundo podrá cambiar y volver a cambiar y la literatura imaginada por los hombres también, pero la vida de Mowgli entre los animales será tan eterna como el talento de su tan inglés, tan indio y tan genial creador.
Fabio Penas Díaz

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