La comunicación política en 2026 se desarrolla en un ecosistema profundamente transformado por la convergencia entre tecnologías digitales, concentración económica y mutaciones culturales que han erosionado las mediaciones tradicionales, y han devaluado los términos de intercambio sustentados en valores democráticos. En este escenario, la mentira y el insulto se han convertido en herramientas estandarizadas de la competencia política, no como anomalías sino como síntomas de un sistema comunicacional que premia la agresividad, la simplificación y la emocionalización extrema. Como advirtió Manuel Castells en Communication Power (2009), el poder contemporáneo se ejerce en gran medida mediante la capacidad de construir marcos interpretativos que circulan en redes descentralizadas, donde la veracidad es menos relevante que la capacidad de generar adhesión afectiva inmediata.
La arquitectura de las plataformas digitales diseñada para maximizar tiempo de exposición y monetización publicitaria, favorece contenidos polarizantes, breves y disruptivos. La mentira, en este contexto, no es un accidente: es un recurso funcional. Como mostró Shoshana Zuboff en The Age of Surveillance Capitalism (2019), la economía digital se sostiene sobre la extracción de datos y la modulación del comportamiento, lo que convierte a la política en un terreno fértil para la manipulación algorítmica. La viralidad opera como criterio de verdad. La indignación, como forma de participación. El insulto, por su parte, se ha normalizado como dispositivo de diferenciación identitaria. Pierre Bourdieu ya había advertido en La distinción (1979) que los estilos de habla son marcadores de posición social; en la política digital, el insulto funciona como un marcador de pertenencia tribal. No se insulta para convencer: se insulta para demostrar lealtad. La comunicación deja de ser un puente y se convierte en un arma, en un abismo.
A esta dinámica se suma la existencia de un mercado lucrativo de insumos difusos, donde operan consultoras, agencias de microsegmentación, proveedores de datos, influencers y operadores anónimos que producen contenidos “admitidos pero opacos”. La frase “todos tienen un muerto en el clóset” sintetiza la lógica de este mercado: la circulación de información comprometedora —real, exagerada o fabricada— se vuelve moneda corriente. La política se precariza porque la reputación se vuelve un bien volátil, fácilmente erosionable por actores sin responsabilidad pública. Como señaló Daniel Hallin en The Uncensored War (1986), la pérdida de control sobre los marcos informativos debilita la capacidad de los sistemas políticos para sostener consensos mínimos.
Esta realidad no puede comprenderse sin atender a la concentración de la riqueza y del poder. La “financiarización” de la economía, la precarización laboral y la erosión de la clase media —fenómenos ampliamente estudiados por Thomas Piketty en Capital et idéologie (2019)— han generado sociedades más desiguales y más vulnerables a discursos autoritarios. La comunicación política se vuelve entonces un campo donde se expresa la disputa por la legitimidad en un contexto de incertidumbre estructural. La mentira prospera cuando la experiencia cotidiana desmiente las promesas del progreso. El insulto prospera cuando la frustración busca un destinatario. En este marco, diversos autores han advertido sobre la fascistización difusa de la sociedad contemporánea. No se trata del retorno mecánico de los fascismos históricos, sino de la proliferación de prácticas, lenguajes y afectos autoritarios que se naturalizan en la vida pública. Jason Stanley, en How Fascism Works (2018), describe cómo la política del resentimiento, la glorificación de la fuerza y la deslegitimación del adversario como enemigo interno se expanden en sociedades donde la movilidad social se estanca y la clase media pierde su función estabilizadora.
La desaparición de esa clase media, no como categoría estadística sino como experiencia vital de seguridad y horizonte, abre espacio para identidades políticas basadas en el miedo y la exclusión.
Frente a este panorama, la comunicación política no puede ser entendida como un accesorio técnico ni como un ejercicio de creatividad espontánea. Es parte constitutiva de la acción política. Como sostiene Niklas Luhmann en La realidad de los medios de masas (1996), los sistemas políticos solo existen en la medida en que logran producir sentido públicamente. La planificación estratégica de la comunicación es, por tanto, planificación de la política misma: definir qué se dice, cuándo se dice y desde qué legitimidad institucional se dice es inseparable de la toma de decisiones. La improvisación comunicacional no es un error táctico: es una renuncia a la conducción.
La tarea democrática exige reconstruir mediaciones, fortalecer instituciones y recuperar la centralidad de la verdad como bien público. Esto no implica ingenuidad ni nostalgia, sino la convicción de que la política democrática solo puede sostenerse si se funda en principios éticos que orienten la acción y en prácticas comunicacionales que no renuncien a la complejidad. Como recuerda Jürgen Habermas en Faktizität und Geltung (1992), la legitimidad democrática depende de la posibilidad de un espacio público donde los argumentos puedan circular sin ser devorados por la lógica del espectáculo.
Y, sin embargo, hay razones para el optimismo. La historia demuestra que los ciclos de degradación política no son irreversibles. Allí donde la mentira se vuelve norma, la verdad debe recuperar valor. Allí donde el insulto se vuelve rutina, la dignidad se vuelve bandera. Las sociedades que han atravesado momentos de oscuridad han encontrado, una y otra vez, en los principios éticos y democráticos la base para reconstruir confianza y comunidad. La defensa de esos principios no es un gesto retórico: es una práctica cotidiana que, cuando se sostiene con coherencia, termina imponiéndose. Porque incluso en un ecosistema saturado de ruido, la palabra responsable conserva su potencia transformadora.
Concluyendo…
La afirmación “no todo comunica, pero todo significa” adquiere materialidad cuando se incorpora la noción contemporánea de semiosis. En términos estrictos, semiosis es el proceso por el cual algo, cualquier cosa, un gesto, un objeto, un silencio, un algoritmo, entra en una cadena de interpretación y produce un efecto de sentido en un intérprete. Desde esta perspectiva, la frase revela una asimetría decisiva: la comunicación requiere intención, pero la significación no. Umberto Eco lo expresa con precisión en Kant y el ornitorrinco (1997) cuando afirma que “la semiosis no se detiene jamás”; incluso aquello que no fue producido para comunicar queda disponible para ser leído, atribuido, reinterpretado, incluido el silencio y las omisiones.
Por ello, no todo comunica pero todo significa.
