Durante 47 años, Humberto María Venturino Milán fue parte de una generación que levantó la meteorología aeronáutica en Paysandú cuando predecir el tiempo exigía oficio, sacrificio y una enorme responsabilidad. Antes de los celulares, de las aplicaciones y de los datos instantáneos, hubo hombres que caminaron bajo el frío, la lluvia, el calor y el pampero para medir el viento, observar las nubes y transmitir información que podía ser decisiva para quienes estaban en el aire.
Humberto Venturino tiene 81 años. Nació en 1945, creció en Paysandú y pertenece a una generación que aprendió temprano que el futuro no siempre se elegía desde la comodidad de un plan, sino muchas veces desde la necesidad, la curiosidad y la aparición de una oportunidad inesperada.
La suya llegó no por vocación infantil, ni porque hubiera soñado desde niño con medir la temperatura, estudiar cartas del tiempo o hablar por radio con pilotos. Llegó por una cadena de encuentros, por un aeropuerto que recién empezaba a tomar forma, por la visión de un piloto que entendió que volar sin buena información meteorológica era demasiado riesgoso, y por un joven sanducero que aceptó ir a Montevideo para formarse en un oficio que entonces pocos conocían.
Antes de la meteorología estuvieron la infancia de barrio, la Escuela 4, el Liceo 1, los mandados y los primeros empleos. “Como todo muchacho de la época, íba al liceo, tratába de superarme y conseguir algún trabajo”, resume.
“Tenía inquietudes para ver si podía hacer una carrera”, recuerda Venturino. Pero la vida económica empujó hacia otro camino. “Era tan lejos todo. Montevideo, el desarraigo con la familia, la falta de recursos financieros para bancar todo eso. Y bueno, opté por salir a trabajar”.
Primero en la confitería Cerini, que recuerda como un lugar notable de aquel Paysandú. “Debe haber sido la mejor confitería que he visto”, dice. Allí, siendo casi un niño, hizo mandados y ayudó en grandes fiestas. “Fui mandadero con 13 años”, recuerda. Habla de aquella confitería como de una escuela de trabajo, de trato, de disciplina y de asombro. “Nosotros quedábamos maravillados porque éramos chiquilines”, cuenta, al recordar la calidad de quienes trabajaban allí y las fiestas que atendían en distintos puntos del litoral.
Después llegó Cambio Fagalde, la agencia de quiniela, los mandados, la relación con la gente. Y allí apareció el vínculo decisivo. Un excompañero del liceo, Juan Desiderio, le habló de una posibilidad distinta. Había un piloto, Charles Chalkling, que estaba buscando jóvenes para enviarlos a Montevideo a estudiar meteorología.
El aeropuerto “Ciudad de Paysandú” recién se estaba haciendo. Había pistas, algún hangar, pero faltaba estructura. Faltaba, sobre todo, información meteorológica confiable.
Venturino no había pensado en eso. Pero fue, escuchó el proyecto y se entusiasmó. “Me explicó cuál era el proyecto. Él estaba haciendo el aeropuerto y quería dotarlo de información y darle calidad al servicio para los pilotos”, cuenta.
Hoy, cuando cualquier persona consulta el pronóstico en un teléfono, puede parecer simple. Pero al mirar hacia atrás aparece otra realidad. “Tenemos que ubicarnos en la época, cuando no había información, cuando no había casi nada”, dice Venturino. Y agrega una expresión que pinta de cuerpo entero aquel tiempo de precariedad y oficio. “Se volaba, como decían ellos, a bolígrafo y palito”.
Su formación empezó en Montevideo. Al principio, la idea era hacer un curso de un año, pero el proyecto creció.
“Fui para hacer solamente un año, pero estuve dos años y medio, casi tres”, recuerda. Primero hizo un curso preliminar y luego el curso regular en la Escuela de Meteorología. “Nos calificamos como observadores meteorológicos, que es el primer escalón”, explica. Después la parte teórica, la climatología, la estadística, las cartas del tiempo, los frentes y la comprensión de los sistemas.
EL DATO COMO RESPONSABILIDAD
La meteorología, en ese contexto, no era un adorno técnico. Era seguridad. Permitía decidir si se podía despegar, si convenía esperar, si un frente se acercaba, si la niebla iba a levantar o si el viento podía complicar una operación. Para un piloto, una mala información podía significar un problema serio. Para quien estaba observando y reportando, la responsabilidad era enorme.
Por eso Venturino insiste en una idea que repite como una regla moral de su oficio, no inventar. “Traté de inculcarles a todos los muchachos que trabajaron con nosotros, formé un montón, lo que es la conciencia”, dice.
Y enseguida define el núcleo ético de la tarea al indicar que “hay que trabajar a conciencia en eso, no inventar”.
Esa frase explica mejor que cualquier definición la dignidad de una profesión muchas veces silenciosa. El observador meteorológico podía equivocarse, no tener todos los datos, enfrentar una situación difícil. Lo que no podía era improvisar una respuesta falsa para salir del paso. “Prefería que me trataran mal por decirles que no tenía el estado de tiempo de determinado lugar, pero no inventarle. Es muy delicado, lo podía meter en un lío a la gente que estaba volando”.

RÍO, LLUVIA, CALOR Y PAMPERO
La temperatura, la presión, la visibilidad, el viento, la nubosidad, la tormenta que se aproximaba. Todo debía ser observado, medido, transmitido. Manualmente. Y debía hacerse aunque fuera 1º de enero, 25 de diciembre, de madrugada, con frío, con lluvia o con calor intenso. La meteorología no se tomaba feriado porque el tiempo tampoco lo hacía.
“Estaba allá en el aeropuerto siempre”, recuerda. Había datos estratégicos que debían tomarse y pasarse. Algunos iban a circuitos internacionales. No era una rutina menor. Para llegar a los instrumentos había que caminar. “180 metros de ida y otros tantos de vuelta, 360 en total”, recuerda sobre el trayecto hacia la estación.
Puede parecer poco en una tarde templada, pero no lo era bajo tormenta, con viento fuerte o en pleno invierno. Venturino conoce el pampero no por los versos ni por la postal romántica, sino por haberlo sentido en el cuerpo. “Cuando el pampero viene con fuerza, es increíble”, dice. Y enseguida agrega una imagen física, casi brutal. “El aire frío te entra por todos lados”.
Más adelante, con humor de veterano, discute la idea amable del pampero. “La canción dice que el pampero lo acaricia. ¿Qué te va a acariciar? Te come”.
UN SERVICIO PARA PILOTOS Y PARA LA CIUDAD
Charles Chalkling, según Venturino, tenía una ambición clara. “No quería apenas una estación que reuniera datos. Quería una oficina de información, una radio con frecuencia aeronáutica y un servicio útil para pilotos y también para la comunidad. Él era muy ambicioso en el tema”, afirma.
La meteorología en Paysandú nació así, entre la necesidad aeronáutica y la voluntad de enseñar. Venturino recuerda que también se invitaba a escolares para que conocieran el servicio. “Pasaron todas las escuelas de Paysandú”, dice. Se les hablaba de nubes, de fenómenos, de nombres, de procesos. “Hoy puede parecer común, porque el conocimiento circula de otra manera, pero en aquel entonces era una iniciativa novedosa”.
UNA VIDA EN EL AEROPUERTO
Durante 47 años, Venturino estuvo vinculado al aeropuerto. Se jubiló en 2008, en parte por razones familiares, cuando su esposa comenzó con complicaciones de salud. Pero nunca dejó del todo ese mundo. “Siempre seguí vinculado con eso”, cuenta. Y todavía hoy, ya jubilado, se despierta y mira el pronóstico. “Aunque parezca mentira, me levanto y primero consulto en el teléfono el pronóstico”.
El gesto es simple, pero significativo. Quien pasó la vida observando el cielo no deja de hacerlo porque termina la relación laboral. El oficio queda adentro. Venturino puede mirar una mañana con niebla y comprender lo que sucede. Explica la diferencia entre las nieblas del sur, asociadas a otros procesos, y las nieblas de radiación frecuentes en el norte. “Estas nieblas de radiación que hay acá en el norte son nieblas que van a amanecer en la mañana y van a perdurar hasta que el sol tenga fuerza y la disipe”, señala.
En su relato, la meteorología es ciencia, pero también experiencia. Hay teoría, instrumentos, cursos, cartas, radios y estaciones automáticas, pero también hay observación acumulada. “Hay un conocimiento que se usa diariamente, casi sin darse cuenta, como algo obvio, pero que en realidad toma mucho tiempo adquirir”.
Por eso vuelve, una y otra vez, a la responsabilidad. En especial cuando habla de los jóvenes que formó. No se trata solamente de leer un instrumento. Se trata de comprender que del otro lado puede haber un piloto esperando información para decidir. “El trabajo tiene que ser lo más noble posible”.
La palabra noble, aplicada a un dato meteorológico, adquiere una fuerza particular. Implica no adornar, no exagerar, no suponer, no decir lo que no se sabe. Noble era sostener el silencio antes que inventar.
LA TECNOLOGÍA CAMBIÓ TODO
También vivió el salto tecnológico. Recuerda la instalación de una estación automática en 1996, con sensores electrónicos que permitían bajar datos directo a la oficina. “Era fantástico”, dice.
Vivió la meteorología manual, la automática, la aeronáutica moderna y sistemas de otros países. Visitó el Servicio Meteorológico Argentino, Aeroparque, Ezeiza, instalaciones de calibración, túneles de viento y equipamiento de alto nivel. También viajó a España y vio otra organización del trabajo, con reportes que ya llegaban directamente a la oficina.
También hubo un fuerte apoyo local, el que se mantiene hasta hoy. Venturino recuerda a la prensa, las radios, la televisión, las visitas guiadas y la difusión pública. “Logramos un apoyo muy grande de la prensa, las radios, la televisión”, señala. Ese vínculo con la comunidad permitió que la meteorología dejara de ser una actividad escondida en el aeropuerto para convertirse en una referencia pública.
Valora especialmente que hoy exista formación universitaria y que la meteorología se vincule con la Facultad de Ciencias. “Una cosa es tener una escuela de formación, otra es estar dentro de la universidad”, reflexiona.
Aun así, aparece una duda íntima, propia de quien entregó la vida a una tarea y se pregunta si las nuevas generaciones sentirán lo mismo. “A mí, como viejo y tonto, me parece, capaz por el amor que le teníamos a lo que hacíamos, que no sé si las nuevas generaciones van a tener el mismo empuje”, dice. No lo plantea como reproche, sino como una inquietud. Sabe que los tiempos cambian y que la tecnología resuelve mucho. Pero también sabe que hay una parte del oficio -la conciencia- que no depende de la máquina.

ORGULLO POR LO CONSTRUIDO
La vida de Venturino también se abrió hacia la aeronáutica en otros sentidos. Con el paso del tiempo se interesó por los aviones, los talleres, la mecánica. “A medida que pasó el tiempo ahí en el aeropuerto, me empezaron a gustar los aviones”, cuenta. Llegó a formarse como mecánico de aviación y participó en procesos de mejora técnica cuando Uruguay debió elevar sus estándares aeronáuticos. Recuerda cursos, exámenes, talleres, reparación de aviones de tela, hélices, ensayos y aprendizajes a fuerza de lectura y práctica.
“Nos equivocamos un montón de veces porque lógicamente no teníamos conocimiento, pero ahora es fantástica la evolución”, reconoce. No tenían todo servido. Aprendieron haciendo, corrigiendo, preguntando, viajando, equivocándose y volviendo a empezar.
“Soy un agradecido a la gente porque nos permitió desarrollar cosas que parecían alocadas y sin embargo dio resultado”, dice. La gratitud es una de las claves de su relato. Agradece la oportunidad, la confianza, el aprendizaje. No olvida las dificultades, pero las cuenta sin resentimiento.
LO QUE QUEDA DESPUÉS
La familia ocupa también su lugar en la historia. Venturino tuvo tres hijos y los tres siguieron estudios universitarios. Lo dice con orgullo sereno. La educación que él no pudo seguir en Montevideo por razones económicas, sus hijos sí pudieron recorrerla. “Tengo suerte, mis tres hijos se dedicaron a estudiar”, cuenta. “Ninguno siguió meteorología”, agrega sin drama, casi con humor.
En su tiempo libre, además, se dedicó a la numismática. Pero cuesta separar sus aficiones de la meteorología y la aeronáutica, porque durante décadas el aeropuerto fue más que un lugar de trabajo. Fue una comunidad, una escuela, un universo. Allí conoció personas, tecnologías, aviones, pilotos, técnicos, estudiantes, funcionarios, periodistas. Allí vio pasar tormentas, amaneceres con niebla, jornadas de calor, pamperos duros, avances y retrocesos. Allí aprendió que el cielo no se domina, pero se estudia. Que el pronóstico no es magia, sino conocimiento acumulado. Que detrás de cada reporte hay alguien que miró, midió y decidió con honestidad qué informar.
Hoy, cuando cualquier usuario abre una aplicación y ve si lloverá o cuál será la temperatura probable, la trayectoria de Venturino deja en claro que antes de esa comodidad hubo manos, ojos y cuerpos puestos al servicio de la recolección de datos. Hubo caminatas bajo el frío, instrumentos que revisar, horarios que cumplir, fiestas sacrificadas, madrugadas enteras y una idea muy simple, el tiempo importa porque condiciona la vida.
Importa para el productor, para el viajero, para la ciudad, para una escuela que quiere salir de paseo, para quien organiza una actividad, para quien trabaja al aire libre. Y en la aviación importa todavía más, porque puede ser la diferencia entre volar seguro o asumir un riesgo innecesario.
Venturino no habla como quien busca reconocimiento, aunque su historia lo merece. Habla como quien mira hacia atrás y encuentra una vida entera unida a una tarea. “Toda una historia que a mí me parece increíble lo que he visto y lo que se ha superado”, dice. En esa frase cabe el muchacho de la escuela 4, el mandadero de Cerini, el joven que fue a Montevideo sin saber demasiado qué le esperaba, el observador meteorológico, el educador, el trabajador del aeropuerto, el mecánico aeronáutico, el jubilado que todavía mira el pronóstico al levantarse.
Quizás por eso, con una mezcla de broma y verdad, comenta que las nuevas generaciones “agarraron todo hecho”. Porque hubo una primera generación. Hubo un tiempo en que la información no llegaba sola. Había que salir, medir, observar y pasar los datos.
En Paysandú, uno de esos hombres fue Humberto Venturino. O, a secas, Humberto, el del aeropuerto.


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