UN INVENTO MUY ARGENTINO: El culto a la personalidad del futbolista

Por Horacio R. Brum. (Buenos Aires)- El poeta argentino del año, es el título de una columna del suplemento literario del semanario Perfil, que llevó la firma del editor de esa publicación. Aunque se cumplió este año el cuadragésimo aniversario de la muerte de Jorge Luis Borges, el más importante y afamado internacionalmente de los literatos argentinos del siglo XX, el texto no se refiere a él. “Los poetas verdaderos no se reconocen porque hagan cosas difíciles” -dice el autor- “Se reconocen porque hacen inevitables cosas que nadie había imaginado posibles. Después de leer un gran poema uno tiene la impresión de que esos versos no podían escribirse de otra manera”. El escritor de los versos de referencia no es Borges, porque “No hace falta preguntarse si alguna vez publicó un libro. Hace más de veinte años que viene escribiendo uno en los estadios del mundo… El mejor poeta argentino es Lionel Messi”.

Antes de seguir con esta nota, un par de informaciones para el lector, así no necesita recurrir al diccionario: un ditirambo es una alabanza exagerada, un encomio excesivo, como lo define la Real Academia Española; una hipérbole, en su segunda acepción, es la exageración de una circunstancia, relato o noticia.

Los ditirambos y las hipérboles, centrados en la figura del capitán de la Selección menudearon durante casi dos meses en el lenguaje de los medios de comunicación y de la mayoría de los habitantes de este país. Desde la proclamación como “el mejor jugador de la historia”, hasta su supuesto poder para cambiar las leyes de la física: “Los tiros libres de Lionel Messi, entre la magia y la física: de Isaac Newton al efecto Magnus” y las referencias a la protección divina: “Si existe un Dios, está siendo justo con Messi”, ninguna exageración faltó en los titulares. Muy en serio, un científico analizó cómo Messi patea la pelota en los tiros libres y un psicoanalista llegó a la conclusión de que “Un argentino de treinta y nueve años es por unos minutos el centro de la atención mundial… Quizás el más grande deportista de todos los tiempos y de todas las disciplinas…”

Perdido ya el Mundial, ahora las palabras son de compasión y apoyo, pero al margen de las indudables aptitudes deportivas del jugador argentino, impresiona que sea el centro de un verdadero culto a la personalidad, equiparable -aunque no superior- al de Maradona, que atraviesa todas las capas de la sociedad y dice mucho de la necesidad de ella de tener siempre líderes a los cuales adorar incondicionalmente. Tal vez, por su larga historia de fracasos, que van desde las numerosas crisis económicas y políticas, hasta la guerra de las Malvinas, Argentina necesita figuras sobre las cuales proyectar las virtudes que la mayor parte de sus dirigentes no ha tenido y halla en el fútbol un instrumento para imaginar la grandeza en el concierto de las naciones que la realidad le niega.

El culto al líder tiene una fecha precisa de origen: el 17 de octubre de 1945, cuando miles de trabajadores se movilizaron para exigir la libertad del entonces coronel Juan Domingo Perón, a quien habían recluido en la isla Martín García sus colegas del régimen militar impuesto en 1943, temerosos del poder que había alcanzado desde el inicio de sus funciones en la Secretaría de Trabajo. Algunos meses más tarde, Perón fue elegido presidente en unos comicios relativamente libres y, si bien adoptó muchas medidas para beneficiar a los trabajadores y a los más desposeídos, se puso a sí mismo y a su esposa Eva Duarte en el centro del Estado. La máxima expresión del adoctrinamiento peronista fueron los textos escolares, que contenían frases como: “Mi hermanita y yo amamos a mamá, papá, Perón y Evita”.

Admirador de Benito Mussolini, al que vio fugazmente durante una visita profesional a Italia en 1939, el mandatario argentino también tomó del ejemplo del dictador fascista el uso del deporte para unir a las masas en torno a su proyecto de gobierno. Perón se hacía aclamar como “el primer deportista” y aunque era personalmente inclinado al boxeo, dedicó una gran atención al fútbol, profesionalizado en 1931 por la primera dictadura militar del siglo XX. Los clubes recibieron préstamos en condiciones muy generosas para construir estadios, la Asociación del Fútbol Argentino (AFA) fue dirigida por peronistas fieles y los Campeonatos Infantiles Evita no sólo constituyeron semilleros de jugadores profesionales, sino que crearon cientos de miles de niños entusiasmados y agradecidos por las camisetas, las pelotas y los viajes que recibían, además de exámenes médicos completos. Junto a sus familias, esos niños fueron la base del surgimiento de un mito de la época dorada del país, en torno a un líder “conocedor de la importancia de los triunfos deportivos para fortalecer internamente a la sociedad y sostener el imaginario de una Argentina que aspiraba al liderazgo continental”, como expresó el sociólogo Roberto Di Giano en su libro El fútbol y las transformaciones del peronismo.

Juan Domingo Perón fue derrocado en 1955, obtuvo un tercer período de gobierno en 1973 y su muerte marcó el inicio de un ciclo de violencia guerrillera y nuevas dictaduras militares, las que en 1978 apostaron a la realización en Argentina del Campeonato Mundial de fútbol, para ocultar al mundo sus crímenes. Despreocupada de la barbarie de las torturas y las desapariciones, la mayor parte de la sociedad se unió para celebrar la obtención de la copa y fue partícipe necesaria de la campaña de lavado de imagen del gobierno, que tenía por divisa la irónica frase “Los argentinos somos derechos y humanos”. Es en esa época que comienza el ascenso de otro líder futbolero; al trofeo FIFA, se agregó un año más tarde la victoria en el mundial juvenil y la selección fue recibida en la Casa Rosada por el dictador Jorge Rafael Videla. En ese acto estuvo un jugador que un tiempo después se autodefinió como “el soldado Maradona”, listo para defender a la patria. Tres años más tarde, el soldado Maradona no estuvo ni un día en las Malvinas y el 14 de junio de 1982, cuando se firmó la rendición de las tropas argentinas ante los británicos, la selección nacional ya estaba en España, para participar en otro Mundial. En México 86, Diego Armando Maradona fue el vengador tramposo de la derrota en las islas, al hacer un gol con la mano a Inglaterra, que le facilitó convertir un segundo tanto, para eliminar del certamen al equipo de los “enemigos”. Blasfemamente atribuido a la mano de Dios, ese gol cimentó la figura de líder de Maradona, identificada la camiseta con el número 10, que hoy luce Messi. “Sus restallantes éxitos hacen olvidar los muchos fracasos de su carrera”, expresó Juan Luis Sebreli, implacable crítico de la mitología social argentina en su libro Comediantes y Mártires. Como una metáfora del país, Maradona arruinó su gloria con innumerables excesos y violación de las reglas, pero todo se le perdonó y aún hoy está en marcha un juicio para intentar demostrar que no murió, en 2020, destrozado por el alcohol y las drogas, sino que fue víctima de negligencias médicas. En las afueras del juzgado, con frecuencia se ven personas que portan carteles con la leyenda: “Justicia para Dios”.

Lionel Messi es la contracara positiva de ese dios inventado por los hinchas. Su vida privada está lejos de los vicios y abusos y, al contrario de su colega fallecido, ha sabido asegurarse un provenir más allá del fútbol, con numerosos negocios que, según los diarios nacionales, están avaluados en alrededor de 1.000 millones de dólares. No obstante, según una encuesta hecha durante el desarrollo del Mundial por la empresa de estudios de opinión Giacobbe y Asociados, casi 60% de los consultados se identifica, “en cuanto a valores y forma de ser”, con Maradona. Para el sociólogo Jorge Giacobbe, ese resultado revela una autocrítica respecto de la sociedad en general, admiradora de un antihéroe autodestructivo, “que si podía te ganaba con trampa”, pero deseosa de ser como su otro ídolo, con una vida normal y apegada a las reglas.

Sin embargo, al líder de la Selección también se le justificó la violación de las reglas, como cuando permitió que sus compañeros desplegaran en el campo de juego un lienzo alusivo al reclamo de las Malvinas, entregado por un hincha, o al participar del gesto de descortesía de sus compañeros hacia España, mirando a la tribuna llena de argentinos y dando la espalda a la ceremonia de entrega del trofeo. En el primer caso, otra vez afloró el nacionalismo atávico de tomar el partido contra Inglaterra como una venganza por la derrota militar de 44 años atrás, sin considerar la prohibición de la FIFA de exhibir en los estadios todo tipo de símbolos políticos; el desaire a la Selección española se produjo, de acuerdo con una nota justificativa publicada en el diario Perfil, porque “los jugadores priorizaron el contacto visual y la comunión con su público y seres queridos por sobre la rigidez de un protocolo formal, desligándose por completo de cualquier intención de ningunear al seleccionado español en la antesala de su celebración”. O sea, ese “primero yo” que produce en la región y en muchas partes del mundo el estereotipo desagradable de una cierta clase de argentinos, habitantes de un país cuya enorme riqueza cultural no puede limitarse al rodar de una pelota… a menos que uno suscriba a aquella frase lapidaria de Borges: “El fútbol es popular, porque la estupidez es popular”.