Rurales

IA activa en Uruguay: drones que vigilan bosques y robots que evitan accidentes

Hoy la Inteligencia Artificial empieza a instalarse dentro de la operación diaria de organizaciones públicas y privadas: detecta un incendio forestal antes de que se propague, avisa que una pala eólica necesita mantenimiento antes de que falle, o evita que una persona tenga que entrar a un tanque o un espacio confinado para hacer una inspección.
Ese es el terreno que ocupa AI First, el modelo con el que Sonda despliega en América Latina –y en Uruguay en particular–, una arquitectura que combina tres capacidades: agentes inteligentes que ejecutan tareas dentro de procesos de negocio (AgentIA), analítica que transforma datos en alertas tempranas (Analytics) y robótica autónoma que lleva la inteligencia artificial al terreno físico (RobOps).

DE LOS BOSQUES A LOS PUERTOS

El caso más directo se ve en el campo. “El problema uruguayo es de superficie: miles de hectáreas con pocos ojos disponibles”, describe Maria Emilia Araujo, mánager Digital Factory de Sonda Uruguay.
Para Araujo, la escala del país juega a favor: “Uruguay tiene condiciones que lo vuelven un laboratorio ideal, por su densidad de conectividad alta, su escala manejable y una infraestructura crítica geográficamente dispersa. Esa combinación permite pilotear rápido y escalar”.

La matriz energética uruguaya, mayoritariamente renovable, implica activos distribuidos y sensibles: parques eólicos, plantas solares, líneas de transmisión y redes de agua potable. Ahí, la inspección con termografía y sensores LiDAR aéreos permite anticipar fallas antes de que ocurran y detectar pérdidas en las redes de distribución. “El retorno acá es medible: es un indicador que todo operador mira, las horas de indisponibilidad evitadas”, señala la ejecutiva de Sonda. En la práctica, eso se traduce en menos cortes de suministro y una respuesta más rápida cuando algo empieza a fallar, antes de que el usuario final note el problema.

La logística portuaria y las zonas francas son otro terreno donde el modelo ya se aplica: inventario autónomo de patios, verificación de contenedores por visión artificial y gemelos digitales que anticipan la congestión antes de que se forme. Para un país cuya economía depende en gran medida del comercio exterior, esa anticipación se traduce en operaciones más previsibles y menos tiempos muertos, algo que impacta tanto a las empresas exportadoras como a quienes trabajan en la cadena logística.

SACAR A LA PERSONA DEL LUGAR DE RIESGO

En la industria –celulosa, frigoríficos, refinación– el argumento central no es la productividad sino la seguridad de los trabajadores. “Los robots entran al espacio confinado, al tanque, a la altura. Sacamos a la persona del lugar de alto riesgo, donde no debería estar, y la ponemos a decidir sobre los datos analizados y recabados”, explica Araujo. Es, quizás, el beneficio más concreto del modelo para quienes trabajan todos los días en plantas industriales: menos exposición física a situaciones peligrosas y más participación en el análisis y la toma de decisiones.
La propia Araujo es cauta respecto de dónde está el verdadero desafío: “El robot es la parte visible y la menos difícil. El valor está en la orquestación, en el modelo analítico y en la ciberseguridad, porque cada dispositivo autónomo es también una puerta de ataque nueva”. Por eso, apunta, RobOps no funciona de manera aislada: “El dron levanta el dato, la analítica anticipa la falla, el agente dispara la orden de trabajo. Recién ahí hay operación y valor agregado para el negocio”.

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Opinión

Seguridad: hora de terminar con los eufemismos y la simplificación

Hay momentos en que una sociedad debe dejar de buscar explicaciones tranquilizadoras y empezar a llamar a las cosas por su nombre.

La discusión sobre la inseguridad en Uruguay no puede reducirse a si hay que defender o cuestionar al ministro del Interior, como se insiste frecuentemente desde algunos sectores —sobre todo desde el sistema político—, tratando de identificar un culpable concreto de tipo coyuntural cuando el tema es mucho más profundo y complejo. Esa es una discusión demasiado pequeña frente a la magnitud del problema. El ministro debe responder por su gestión, naturalmente, pero convertirlo en el único responsable de una situación —en la que, por supuesto, tiene mucho que ver, inherente a las responsabilidades del cargo— que se viene incubando desde hace décadas supone una simplificación que cierra los ojos y, sobre todo, el camino hacia las respuestas que han estado faltando por muchos años.

Un aspecto clave es que en nuestro país se ha perdido terreno en materia de autoridad, educación en valores, respeto por las normas y cultura de la responsabilidad. Y esa pérdida no se produjo de un día para otro. Lleva, por lo menos, veinte años, y nos quedamos cortos con esa estimación.

Durante buena parte de ese período gobernó el Frente Amplio. Y sería ingenuo negar que bajo sus gobiernos existió una determinada mirada sobre el fenómeno delictivo que tuvo consecuencias en la manera de abordar la seguridad.
Durante demasiado tiempo se puso el acento en las causas sociales del delito y en la condición de víctima del delincuente. Por supuesto que la pobreza, la exclusión, las adicciones, la falta de oportunidades y la desintegración familiar deben ser atendidas y son causa y efecto en esta problemática. Pero convertir esas circunstancias en una explicación casi automática del delito termina borrando algo elemental: el delincuente puede haber sido víctima de determinadas circunstancias, pero la víctima del delito también existe y merece tanta o más consideración desde el Estado.

Explicar el delito no puede significar justificarlo. Y mucho menos puede significar desdibujar la responsabilidad individual, porque la política criminal no puede construirse desde la ingenuidad, y menos aún morir abrazada al dogma ideológico, cuando la situación se ha ido de las manos. Una sociedad debe inclinarse por rehabilitar al que delinque, pero debe hacerlo siempre que sea posible. La rehabilitación es deseable, necesaria y, en muchos casos, constituye la mejor inversión que puede hacer el Estado.

Pero mientras esa rehabilitación no exista, o mientras un delincuente siga representando un peligro, y mientras las instituciones no estén en condiciones de garantizar que su liberación no terminará produciendo nuevas víctimas, hay una verdad que algunos sectores se resisten a aceptar: mantener recluido a quien seguramente saldrá para volver a delinquir —como ocurre en el 90% de los casos— también es parte de una política de protección de la sociedad frente a los depredadores, y aquí está fallando el sistema.
Y no se trata de crueldad ni ensañamiento, sino de responsabilidad ante la sociedad, porque cuando un delincuente reincide, la discusión deja de ser abstracta. Hay una persona rapiñada, una familia amenazada, un comerciante extorsionado, un trabajador agredido o, en los casos más extremos, una vida perdida, y ello es consecuencia, en estos casos, de que el Estado deja de cumplir una obligación primordial: proteger a los ciudadanos.

Durante años se ha hablado mucho de los derechos de quienes delinquen y demasiado poco de los derechos de quienes padecen el delito. Esa asimetría debe terminar.
También debe terminar la idea de que endurecer la respuesta penal equivale necesariamente a adoptar una política represiva. Una democracia tiene leyes, jueces, garantías y procedimientos precisamente para establecer cuándo una persona debe ser privada de libertad. Cumplir y hacer cumplir esas decisiones no es autoritarismo: es la esencia del Estado de derecho.

Por eso resulta imprescindible revisar las normas que hayan demostrado ser ineficaces, corregir los errores legislativos y cerrar las puertas que permiten que delincuentes reincidentes regresen rápidamente a las calles sin que exista una respuesta adecuada del sistema. Igualmente, sería otro error creer que una modificación legal resolverá el problema, y tampoco lo hará solo un nuevo plan ni una mayor presencia policial, como así tampoco un cambio de ministro o rimbombantes anuncios de ocasión en una conferencia de prensa.

El problema es mucho más complejo, porque paralelamente hay que reconstruir una cultura de respeto por la autoridad y por las normas. Hay que volver a enseñar que la convivencia implica límites. Que los derechos vienen acompañados de obligaciones. Que el esfuerzo tiene valor. Que agredir a otro tiene consecuencias. Que robar no es una travesura ni una consecuencia inevitable de la pobreza. Que el Estado no puede mirar hacia otro lado frente a quien convierte el delito en una forma de vida, y que quien lo haga es responsable de ello y debe hacerse cargo de las consecuencias.

Y esa tarea no se resuelve en cinco años, en un solo período de gobierno, en el que cada administración llegue con la fórmula mágica que prometió en campaña electoral.

Quizás aquí esté la principal equivocación de quienes reclaman resultados inmediatos. La seguridad no se recupera al mismo ritmo que se cambia una ley o se despliega un operativo policial. Hay daños culturales que tardan décadas en generarse y que, por lo tanto, también requieren décadas para ser corregidos.

Se necesita una política de Estado en materia de seguridad. Pero una verdadera política de Estado no puede significar simplemente repetir durante años las mismas recetas y esperar resultados diferentes.
Debe incluir prevención, educación, políticas sociales, combate a las adicciones, inteligencia policial, persecución del crimen organizado, una Justicia eficaz, cárceles adecuadas y programas serios de rehabilitación.
Y debe incluir también algo que durante demasiado tiempo pareció políticamente incorrecto decir: la reclusión, mal que pese, cumple una función imprescindible mientras el delincuente siga siendo un peligro para los demás.
No se trata de elegir entre seguridad y rehabilitación. Se trata de entender que ambas son necesarias, pero que tienen momentos y condiciones diferentes.

Primero está la protección de la sociedad. Después, y en la medida de lo posible, la recuperación de quien delinquió; pero no puede darse al revés. Por eso tampoco corresponde convertir cada problema de seguridad en una batalla partidaria. Si el ministro del Interior comete errores, habrá que señalarlos. Si acierta, habrá que reconocerlo. Pero defenderlo o atacarlo no puede ser el objetivo principal, sino que el objetivo debe pasar por otro lado: corregir una política de seguridad que durante años no consiguió darle al ciudadano la certeza de que el Estado está de su lado.

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