Las legislativas en EE. UU. del 3 de noviembre próximo sin duda concitan mucho más expectativas, esperanzas y temores que el balotaje en Brasil en su recta final. Pero este tiene lo suyo, aunque no tanto fuera de la región como se cree. En América Latina sí importa: si Lula pierde implica el derrumbe del Foro de San Pablo, por ejemplo, y él pasa a la categoría de bufón o, a lo sumo, de un gran vendedor de pececitos de colores; que fue. Pero si triunfa puede ser peor: deberá hacerse cargo de todas las medidas de estas semanas, una fatal apuesta a “después de mí el diluvio”.
Heredará su herencia; puede ahogarse en sus propios vómitos demagógicos.
Es difícil hacer un pronóstico. Bolsonaro, según las encuestas, sigue arriba —arribita—, pero cualquiera de los dos puede ganar. Yo creo en las encuestas pero la reacción de la gente, en ese ratito a solas con el sobre aún sin contaminar, es difícil de predecir con exactitud. La desesperación de estos días de Lula y su arremetida demagógica e irresponsable —con posibilidades de desplazar del podio al propio kirchnerismo— es un dato de la realidad: él la ve fea. Otro, ya comprobado hace tres semanas, es que la mayoría de los brasileños está decepcionada, está aburrida de Lula.
Puede pasar que los brasileños se confundan con la lluvia de estrellas y se dejen llevar por el jolgorio: menos días de trabajo, condonación de deudas, más créditos a tasas más bajas y con mayores plazos, ampliación de las “asistencias” o canastas familiares (los “planes” del kirchnerismo) cubriendo todos los rubros desde alimentación a la salud, licencia de conducir para todo el mundo, a gusto y pedido del consumidor. Todo bueno, bonito y barato; solo faltan las calles en bajada, para ahorrar esfuerzos o combustible, y las canillas con cachaza y leche gratis en todo el territorio, más otras con caipiriña y guaraná en el cinturón playero. Es de locos. Es importarle “un carajo” la suerte del país y de sus conciudadanos. Solo él, su ego, su arrogancia, su necesidad de evitar el revolcón final. Si gana, será divertido ver cómo arregla sus desastres.
Una misma ideología —progresistas—: Massa ayer y Lula hoy, al que ahora se suma Sánchez en España con aumentos de salarios y otras yerbas de ese tipo.
Puede sí que los brasileños se den cuenta y se agravien con razón —¿por qué todo eso que propone y resuelve hoy no lo hizo durante sus cuatro años de gobierno?— y le den un buen cachetazo.
Allá ellos. Solo a ellos corresponde resolver. Bien por ellos si aciertan y, si erran, que se embromen por escuchar cornetas que hacen ruido.
Para Uruguay nada cambia. Los brasileños no van a dejar de ser como lo han sido siempre: rascan para adentro y muy poca solidaridad, ni fraterna ni ideológica. Con Lula quedó patente: jamás actuó en defensa del Uruguay, aun cuando nos atacó gratuitamente el kirchnerismo. En cambio nos utilizó, incluso induciéndonos a indignidades que no se tapan.
De todas formas aquí lo tomamos como una gran final. Una razón más para ensanchar la grieta. Unos y otros ansiosos por “refregárselo por la jeta”. Habrá manifestaciones, gane quien gane. Si gana Lula será más grande. Todo huele a coloniaje.
PD. Por si se precipitan las cosas, no olviden que el pasado 12 se conmemoró el día en que los españoles comenzaron a canjearnos espejitos y cornetas por oro. Quinientos y pico de años y siguen en eso. Cuidado. Hay mucho para ver y tener en cuenta. Después no hay vuelta atrás.
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