El actual panorama europeo no podría ser más desolador. Por un lado, se ha producido un avance significativo de los partidos de ultraderecha, que han aprovechado el descontento de la población por una época marcada por la incertidumbre en todos los sentidos. No solo se trata de la imparable pérdida de puestos de trabajo ante el avance de la industria china (basta con ver la situación en la que se encuentran los trabajadores de la empresa Volkswagen en Alemania), sino también de un contexto de guerra más o menos explícita, donde Rusia ha decidido que la invasión a Ucrania sea solo el comienzo de una ofensiva contra el territorio europeo, que ahora se traduce en ataques con drones contra Alemania (obviamente sin reconocer su autoría). Su consecuencia más directa e inmediata es el aumento de los gastos militares, lo que supone un desvío de recursos desde áreas socialmente sensibles como la educación, la seguridad social y la salud. A esto se suma la crisis de los sistemas previsionales, que ha obligado a muchos países europeos a llevar la edad de jubilación a los 67 años, tendencia que también alcanzó a China, cuya edad ahora se sitúa en los 65 años. Si de alguna forma puede definirse esta situación, resultaría necesario recurrir a palabras como incertidumbre, temor, insatisfacción, ira y desconcierto para tratar de definir qué sienten hoy los ciudadanos europeos, muy malacostumbrados al estado de bienestar que hoy encuentra grandes dificultades para financiarse. Como si todo este lúgubre panorama lo necesitara, al mismo tiempo es necesario sumar la crisis migratoria, que ha encontrado en las imágenes provenientes de Ceuta —el territorio español enclavado en suelo africano que el Estado español mantiene como un resabio de sus sueños colonialistas, a pesar de que, al mismo tiempo, reclama al Reino Unido la devolución de Gibraltar— una muestra singular del “haz lo que yo digo pero no lo que yo hago”. Resulta claro, entonces, que hace mucho tiempo que Europa ha dejado de ser un lugar en el cual se pueda prosperar y crecer, no solo para sus habitantes, sino también para quienes creen poder encontrar en este territorio una vida mejor para sí mismos y para sus familias.
Obviamente, no hemos llegado a esta situación de un día para otro, sino como consecuencia de un imparable avance de la denominada “filosofía woke”, la cual domina no solo la agenda política y social de varios países, sino también el accionar concreto de sus gobernantes, de los cuales el presidente español Pedro Sánchez es el ejemplo más claro. La actual situación de la vivienda en España no nació de un repollo, sino que se ha gestado durante años por la inacción de quien hoy pretende presentarse como el abanderado de los vulnerables en materia habitacional, pero de cuyos errores, omisiones y responsabilidades en esta materia nadie habla. Esta “filosofía woke”, apoyada desde organismos internacionales como las Naciones Unidas –totalmente “contaminado”–, así como por diversas oenegés de presencia global, tiene tres credos fundamentales que, para sorpresa de cualquier lector medianamente informado, se han combinado en una mezcla totalmente explosiva: islamismo violento, izquierda radical e ideología de género.
El periodista y escritor español Arturo Pérez-Reverte ha expresado, en una reflexión tristemente aplicable a otros países europeos, que “en España hemos conseguido un siniestro doblete: una inmigración descontrolada, con la creación de guetos raciales, culturales, sociales y religiosos que rechazan la integración y cada vez son más activos y hostiles, y la cólera creciente de quienes sufren eso, incluso de españoles desfavorecidos que piensan –y a menudo comprueban– que un recién llegado ajeno a todo recibe más atención y más ayudas que él. Con el resultado de que dos extremos se frotan las manos: las izquierdas analfabetas encantadas con ponerse de parte de cualquier víctima real o inventada, con mucha kufiya al cuello y mucho ‘Hermana, tu velo es un acto de libertad’, y las derechas en busca de argumentos que justifiquen el resonar de botas y el palo y tentetieso. Y mientras aquellos idiotas sostienen que la solución es legalizar de golpe a todo cristo, los que han llegado y los que están por llegar, estos otros idiotas afirman que la solución es expulsar a miles o millones de forma indiscriminada, sin especificar de qué manera, ni cómo, ni a dónde”. Es también Pérez-Reverte quien ha advertido que el islam –del cual conoce en profundidad porque fue fotógrafo de guerra en países islámicos durante años– no es compatible con la democracia debido a su naturaleza teocrática. Mientras todo esto sucede, las mujeres occidentales son atacadas con insultos y agresiones físicas por hombres y mujeres musulmanes en plazas y parques de diversos países por haber cometido el “delito” de llevar los hombros descubiertos, una pollera demasiado corta (a juicio de esos intolerantes) o la cabeza descubierta. Y lo más gracioso de todo: ¿qué piensan las militantes de las organizaciones que defienden la ideología de género o a los colectivos Lgtbi+ sobre cómo se trata en los países árabes a quienes defienden esas ideas o quieren vivir en libertad su amor por una persona del mismo sexo? En Catar, por ejemplo, mantener relaciones sexuales con personas del mismo sexo puede acarrear una pena de hasta siete años de cárcel. Irán, Arabia Saudita, Sudán o Yemen —entre otros países islámicos— contemplan la pena de muerte como castigo a estos actos.
Parafraseando al Premio Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa, podríamos preguntarnos —tal como él lo hace en su libro Conversación en la Catedral—: ¿cuándo se jodió Europa? Responder esta pregunta no requiere mucho tiempo: cuando la conjunción del islamismo violento, la izquierda radical y la ideología de género generó una tormenta perfecta que arrasó con un modelo de cultura occidental –nuestra cultura, por cierto– donde el respeto a la vida, a las creencias ajenas y a la propia democracia como sistema de convivencia eran valorados y respetados. ¿Acaso alguien imagina a figuras históricas de la izquierda uruguaya como Emilio Frugoni, José Luis Massera, José Pedro Cardoso, Juan Pablo Terra, Zelmar Michelini, Juan José Crottogini o Liber Seregni (por nombrar tan solo algunos) justificando la pena de muerte para integrantes del colectivo Lgtbi+ o apoyando que a las mujeres se las denigrara en público o se les impidiera asistir a los centros de enseñanza? Sin duda, la izquierda uruguaya (que durante toda su historia contó entre sus filas con destacados judíos y judías) ha perdido la brújula hace ya tiempo y por eso mismo justifica este tipo de aberraciones, al tiempo que apoya y fogonea un sentimiento contra la comunidad judía, la cual siempre ha convivido en paz en un país como Uruguay, que se ha enorgullecido de su capacidad de integración con distintos colectivos.
En Uruguay deberíamos observar y aprender de lo que está sucediendo en Europa, y particularmente en España, que ya está al borde del punto de no retorno, para reflexionar y prepararnos de la mejor manera ante esta embestida intolerante. Y la izquierda uruguaya también debería reflexionar que no todo vale para juntar votos, porque puede ser igual a escupir para arriba. Vienen tiempos muy difíciles para la democracia, la libertad de expresión y el respeto a quien piensa diferente, todos ellos valores que, afortunadamente, forman parte de la esencia uruguaya.
El fantasma que hoy recorre Europa no es, como sostuvo Karl Marx en 1848, únicamente el comunismo, sino la intolerancia política, social y religiosa que lleva adelante el temible tridente compuesto por el islamismo violento, la izquierda radical y la ideología de género.


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