Hay enfermedades que, por haber acompañado durante décadas a la sociedad uruguaya, corren el riesgo de perder visibilidad y quedar relegadas en las prioridades sanitarias. La hidatidosis y el mal de Chagas son dos ejemplos de esa realidad. Aunque se han registrado avances en su prevención y control, ambas continúan representando un problema de salud pública que exige atención, recursos y, sobre todo, una acción sostenida en el tiempo. No alcanza con reconocer su existencia ni con confiar en que los progresos alcanzados sean suficientes para erradicarlas. Es necesario mantener la guardia alta.
El reciente diagnóstico nacional sobre hidatidosis presentado en Paysandú por la directora de Zoonosis y Vectores del Ministerio de Salud Pública, Gabriela Willat, constituye una señal de advertencia. Si bien se observa una tendencia general al descenso durante la última década, en Uruguay todavía se estiman unos 60 casos humanos por año, y a ello se suma una prevalencia predial de la enfermedad en perros estimada en el 18,5%, un dato que revela la persistencia de condiciones favorables para la transmisión del parásito.
La preocupación no se limita a las cifras: la propia jerarca advirtió que se ha perdido parte de la percepción del riesgo, como si el retroceso de la enfermedad en determinados sectores de la población permitiera considerarla un problema superado. Precisamente, ese es uno de los principales peligros: que la disminución de los casos termine debilitando las medidas de prevención y la conciencia colectiva que hicieron posible los avances.
La hidatidosis es prevenible, pero para ello se necesita interrumpir su ciclo de transmisión, y en este sentido los perros infectados cumplen un papel central, especialmente en establecimientos rurales, donde pueden contagiarse al consumir vísceras crudas de animales parasitados. Luego eliminan los huevos del parásito a través de sus heces, que pueden contaminar el suelo, el agua y los alimentos, y las personas se infectan accidentalmente al ingerir esos huevos, con consecuencias que pueden manifestarse muchos años después.
Por ello, las medidas preventivas deben convertirse en hábitos permanentes. No alimentar a los perros con vísceras crudas, desparasitarlos periódicamente bajo las pautas sanitarias correspondientes, evitar que accedan a restos de animales muertos y disponer correctamente de las osamentas son acciones fundamentales. En el campo, donde los perros pueden recorrer grandes extensiones y alimentarse de animales muertos, la vigilancia debe ser especialmente rigurosa.
Los datos aportados por las autoridades departamentales muestran que todavía persisten prácticas que favorecen la continuidad del ciclo: cuando muere un bovino o un ovino y sus restos quedan al alcance de los perros, se abre una vía de transmisión que podría evitarse mediante una disposición adecuada de los cadáveres. No se trata solamente de una cuestión productiva o veterinaria, sino que es también --y sobre todo--, un asunto de salud humana.
A su vez, el control de la población canina constituye un componente relevante de la respuesta. Las castraciones, la tenencia responsable y la reducción de los animales que deambulan sin supervisión deben formar parte de una política sostenida, y no de campañas aisladas que pierdan continuidad al cambiar las prioridades o las administraciones. La experiencia demuestra que los refugios y caniles, por sí solos, no resuelven el problema, por cuanto se requiere coordinación entre los organismos públicos, los veterinarios, las organizaciones sociales y los propios propietarios de animales.
En Paysandú, las dificultades para dar continuidad a los programas de esterilización y las limitaciones presupuestales señaladas durante la reciente reunión constituyen aspectos que merecen atención. Los trámites administrativos no deberían convertirse en obstáculos prolongados para medidas sanitarias que requieren continuidad. Si existe coincidencia acerca de la importancia de prevenir, el desafío es transformar esa voluntad en acciones concretas, con recursos suficientes, responsabilidades definidas y resultados evaluables.
Pero tampoco basta con desparasitar perros y controlar su reproducción, ya que es imprescindible actualizar los relevamientos, identificar los establecimientos de mayor riesgo, evaluar periódicamente la presencia del parásito y fortalecer la vigilancia de los casos humanos. El seguimiento debe permitir conocer dónde se mantienen las condiciones de transmisión, qué medidas funcionan y en qué lugares es necesario reforzar la intervención. La información presentada por Zoonosis ofrece una base para trabajar, pero su verdadero valor dependerá de las decisiones que se adopten a partir de ella.
En ese sentido, el enfoque de “Una sola salud”, al que hizo referencia Willat, resulta particularmente pertinente. La salud humana, la animal y la ambiental están estrechamente vinculadas, por lo cual los médicos, veterinarios, productores, autoridades sanitarias y gobiernos departamentales deben trabajar de manera coordinada, porque ninguna de esas áreas puede resolver por sí sola un problema que las atraviesa a todas.
El mismo principio debe aplicarse al mal de Chagas, otra enfermedad que no puede quedar relegada por el paso del tiempo ni por la percepción de que pertenece exclusivamente al pasado rural. Transmitida principalmente por la vinchuca infectada, ha tenido históricamente una fuerte relación con las condiciones de vivienda y la vulnerabilidad social. Aunque Uruguay ha conseguido avances importantes en el control de la transmisión vectorial, eso no significa que el problema haya desaparecido por completo, ya que la infección puede permanecer sin síntomas durante años y ocasionar posteriormente complicaciones cardíacas o digestivas.
Por eso, el combate contra el Chagas requiere mantener la vigilancia entomológica, inspeccionar y mejorar las viviendas que presentan condiciones favorables para la presencia de vinchucas, actuar ante la detección de ejemplares y asegurar el diagnóstico y seguimiento de las personas infectadas. También es necesario sostener los controles previstos durante el embarazo y en los recién nacidos cuando corresponda, así como facilitar el acceso a la atención médica de quienes pudieron haber estado expuestos. La detección temprana y el seguimiento clínico son esenciales para evitar que una infección inadvertida se convierta, años después, en una enfermedad grave.
Las condiciones habitacionales precarias, en particular en construcciones rurales que ofrecen refugio a los insectos vectores, no pueden abordarse únicamente mediante fumigaciones. El mejoramiento de las viviendas, el saneamiento de los entornos, la educación sanitaria y la continuidad de los controles deben integrar una estrategia más amplia, que atienda tanto al vector como a las condiciones sociales que favorecen su presencia.
La hidatidosis y el Chagas tienen mecanismos de transmisión diferentes y requieren intervenciones específicas, pero comparten una enseñanza: las enfermedades prevenibles no desaparecen por el simple hecho de que disminuyan sus cifras o dejen de ocupar los titulares. Su control depende de políticas persistentes, información actualizada, diagnóstico oportuno y seguimiento de las personas y los territorios expuestos.
Uruguay tiene conocimientos técnicos, instituciones y experiencia acumulada para avanzar mucho más. Lo que no puede permitirse es que los logros obtenidos se traduzcan en complacencia, ni que las limitaciones presupuestales, la discontinuidad de los programas o las demoras administrativas terminen debilitando una tarea que beneficia a toda la sociedad.
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