Por llamar dictadora un dictador

El insólito caso de Kylian Mbappé y la reacción de las autoridades chinas revelan las contradicciones de un régimen que combina la apertura económica con el control político, la censura y la pretensión de mantener determinadas figuras históricas a salvo de la sátira.
Lo que comenzó como una anécdota futbolística, de esas que suelen circular por las redes sociales para alimentar el humor y la complicidad entre amigos, terminó convirtiéndose en un episodio que expone, con una elocuencia difícil de superar, las contradicciones del régimen chino. El protagonista involuntario fue Kylian Mbappé, la estrella francesa del Real Madrid, cuyo comentario acerca de su meme favorito desató una reacción que, por sus dimensiones y consecuencias, parece salida de una comedia política.
Consultado acerca de la imagen humorística que más gracia le provocaba, Mbappé respondió que era aquella en la que utilizaban su rostro sobre la figura de un dictador chino. “Lo utilizo mucho con mis amigos”, explicó, sin mencionar expresamente ningún nombre. Sin embargo, en las redes sociales circulaba desde hacía tiempo una imagen que sustituía el rostro de Mao Zedong por el del futbolista francés. La referencia resultaba, por tanto, bastante evidente.
Lo que probablemente no imaginó el delantero fue que una respuesta espontánea, formulada en el contexto distendido de una entrevista, terminaría desencadenando una represalia comercial de considerable magnitud. La televisión estatal china CCTV suspendió las retransmisiones de partidos de la Liga española y de encuentros vinculados con el jugador, mientras varias empresas locales anunciaron la cancelación de sus contratos publicitarios con él. También se dispuso la retirada de anuncios y videos protagonizados por el futbolista, e incluso algunas plataformas digitales comenzaron a revisar o eliminar contenidos relacionados con su figura.
Entre las compañías que rompieron sus vínculos comerciales con Mbappé figuran el grupo de bebidas Dongpeng y las empresas lácteas Mengniu y Milkground. Dongpeng invocó su “tolerancia cero ante comportamientos que hieran los sentimientos nacionales”, una fórmula que, en su solemnidad, parece desproporcionada frente a la naturaleza del episodio. Por su parte, la plataforma futbolística Dongqiudi llegó a sustituir el nombre del jugador por una sucesión de signos de interrogación en una publicación sobre el Balón de Oro. El efecto simbólico era tan grotesco como revelador: el futbolista que no había dejado de existir para el resto del mundo parecía haber desaparecido del universo digital chino.
Conviene detenerse en el verdadero motivo de semejante despliegue de indignación. No hubo una declaración contra China como nación, ni una descalificación de sus habitantes, ni siquiera una referencia política desarrollada por Mbappé. Hubo una alusión humorística a la figura de un dirigente histórico, Mao Zedong, cuya caracterización como “dictador” resultó intolerable para quienes parecen considerar que el respeto hacia el pasado revolucionario debe incluir la inmunidad frente a la ironía.
Y aquí aparece la primera paradoja: llamar dictador a Mao no constituye una extravagancia historiográfica ni una invención maliciosa del futbolista. En primer lugar, porque la base del socialismo real es la que los propios regímenes de ese signo denominan “dictadura del proletariado”; ergo, el líder que la preside es un dictador, por definición. Pero además Mao fue el fundador de la República Popular China, máximo dirigente del Partido Comunista durante décadas y responsable de políticas que provocaron sufrimientos humanos de dimensiones extraordinarias. El Gran Salto Adelante, impulsado entre 1958 y 1962, desembocó en una hambruna devastadora, mientras la Revolución Cultural, iniciada en 1966, estuvo marcada por persecuciones, violencia y profundas convulsiones sociales. Su legado, como ocurre con otras figuras históricas de enorme poder, admite análisis complejos, pero no exige que se proscriban las palabras incómodas.
Que Mao haya sido también un protagonista decisivo de la historia china, y que conserve un lugar central en la narrativa oficial del Estado, no modifica la naturaleza de los hechos ni convierte su figura en un objeto intocable. Una cosa es estudiar su papel histórico con rigor y atender a las distintas interpretaciones de su legado; otra, muy diferente, es pretender que cualquier alusión satírica a su persona constituye una ofensa colectiva que merece castigo.
El problema no es que China considere importante a Mao. El problema es que el poder pretenda determinar hasta dónde puede llegar el humor cuando el objeto de la broma es uno de sus símbolos históricos.
La reacción resulta particularmente significativa en un país que ha protagonizado una transformación económica extraordinaria. Desde las reformas iniciadas por Deng Xiaoping a fines de la década de 1970, China abrió espacios crecientes a la iniciativa privada, al comercio internacional y a la inversión extranjera. La incorporación de mecanismos de mercado contribuyó a impulsar el crecimiento, la industrialización y la reducción de la pobreza, hasta convertir al país en una de las principales potencias económicas del planeta.
Pero esa apertura nunca significó una liberalización política equivalente. El Partido Comunista conservó el monopolio del poder, la prensa independiente quedó sometida a severas restricciones y la expresión pública de determinadas opiniones políticas continuó expuesta a la censura y a las represalias. El resultado es un modelo que combina mercados competitivos, empresas de alcance mundial y una formidable capacidad industrial con un sistema político autoritario, en el que las libertades individuales siguen subordinadas a los intereses del partido gobernante.
La peripecia de Mbappé permite observar esa contradicción desde un ángulo inesperado. El capitalismo chino parece suficientemente flexible para aprovechar la popularidad global de una estrella del fútbol, utilizar su imagen en campañas publicitarias y convertir su celebridad en una herramienta de negocios. Sin embargo, cuando esa misma figura queda asociada, aunque sea indirectamente, a una expresión considerada políticamente inconveniente, el vínculo comercial puede desaparecer de un día para otro.
La lógica empresarial cede entonces ante la disciplina política. No importa tanto si la declaración tuvo intención ofensiva, si fue una broma privada trasladada a una entrevista o si la caracterización empleada posee fundamento histórico. Lo decisivo parece ser la necesidad de demostrar lealtad a una sensibilidad nacional definida desde el poder.
La invocación de los “sentimientos del pueblo chino” merece una consideración especial, pues confundir al país con sus autoridades constituye uno de los recursos más eficaces de los sistemas autoritarios.
El tiro, en definitiva, puede salir por la culata: cuanto más empeño se pone en demostrar que una figura es intocable, más evidente se vuelve la necesidad del poder de protegerla de la crítica.
La paradoja tiene, además, un antecedente que nos resulta familiar en Uruguay. Durante la dictadura que padeció nuestro país, una de las frases utilizadas por el régimen establecía que “se prohíbe atribuir propósitos dictatoriales al Poder Ejecutivo”. Esa disposición, con su cantinflesca construcción, exponía sin lugar a dudas la condición de dictadura que se pretendía desmentir, y en el caso que nos ocupa hay semejanzas muy sugestivas.

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