Hay acontecimientos que una ciudad, una localidad, un departamento, un país, una región, esperan durante años, otros que jamás imaginan que puedan suceder y algunos que, por su dimensión y trascendencia, terminan convirtiéndose en referencias imborrables de su historia. La visita que realizará hoy el papa León XIV a Paysandú pertenece, sin duda alguna, a esta última categoría.
Nuestra ciudad tiene el privilegio de recibir a quien hoy es la cabeza y referencia de la Iglesia Católica en el mundo, pero, más allá del aspecto religioso, estamos ante uno de esos momentos excepcionales que atraviesan generaciones, que se cuentan después en las reuniones familiares, que quedan registrados en videos, fotografías, documentos y recuerdos, y que forman parte del patrimonio intangible de una comunidad.
Para una enorme mayoría de los sanduceros, esta será una experiencia irrepetible, porque difícilmente vuelva a darse un acontecimiento semejante durante sus vidas. Recibir a un papa no es un acontecimiento cotidiano para ningún país, y mucho menos para una ciudad del Interior, que de pronto se convierte en escenario de una visita de relevancia mundial. Por eso, antes que cualquier otra consideración, corresponde dimensionar lo que estamos viviendo y darle a este momento la importancia que merece.
La trascendencia de esta visita adquiere, además, una dimensión humana particular. El pontífice llega a Sudamérica apenas 24 días después de haber sido sometido a una intervención quirúrgica para extirpar un tumor maligno localizado en su pulmón. Los informes médicos han señalado que la evolución fue favorable y que no necesita tratamiento oncológico adicional, pero nadie puede desconocer lo que significa atravesar una operación de esa naturaleza y, pocas semanas después, afrontar una agenda internacional que implica desplazamientos, encuentros multitudinarios y una exigencia física considerable.
Su decisión de mantener el viaje, siguiendo las indicaciones de sus médicos, merece una consideración especial. No se trata de convertir una circunstancia de salud en un espectáculo ni de desconocer los cuidados que requiere su recuperación, sino de reconocer la dimensión de su compromiso con la misión que representa y la importancia que le atribuye al encuentro con los pueblos de este continente.
En esa decisión hay también un mensaje que excede las fronteras de la Iglesia: el de la perseverancia, el de la responsabilidad asumida, el de la voluntad de estar cerca de los demás aun después de atravesar una circunstancia personal difícil. Un mensaje que puede ser recibido y valorado por creyentes, por personas de otras religiones y también por quienes no profesan ninguna fe.
Es que el papa, si bien llega como máxima autoridad de la Iglesia Católica, es también una figura de alcance universal, cuya palabra tiene repercusiones en debates que involucran a toda la humanidad, como la paz, la dignidad humana, la solidaridad, la convivencia, la pobreza, las desigualdades y la necesidad de reconstruir puentes en sociedades cada vez más fragmentadas.
Y es precisamente desde este aspecto que debe valorarse, más que nada, la trascendencia de este evento: la posibilidad de asistir en persona a un mensaje que, más allá de las convicciones personales, invita a reflexionar sobre el mundo que estamos construyendo y el que dejaremos a nuestros hijos y nietos.
Hay, además, otra dimensión que Paysandú no debería dejar pasar por alto: estamos ante una oportunidad extraordinaria de mostrarnos ante el mundo, de exponer nuestra identidad, nuestra historia y un patrimonio que muchas veces no han tenido la oportunidad de difundirse como merecen. Somos la Heroica, pero somos también la referencia histórica en todo el continente por la Defensa de 1864-1865, y una ciudad nacida en la ribera del río Uruguay, con una trayectoria cultural, productiva, industrial y social que ha dejado huellas profundas en la historia.
Tenemos una memoria que se expresa en construcciones patrimoniales como la Plaza Constitución, la Basílica Nuestra Señora del Rosario y San Benito de Palermo, el Monumento a la Perpetuidad, los edificios históricos, los museos y cada uno de los espacios que hablan de las generaciones que construyeron esta comunidad. Tenemos también una relación singular con el río, que explica buena parte de nuestro desarrollo, nuestra identidad y nuestra vocación de integración regional.
A ello se suman nuestras propuestas turísticas, los paisajes del litoral, las termas, la riqueza gastronómica, la cultura, las tradiciones y una hospitalidad que forma parte del carácter sanducero, además de productos emblemáticos nacidos aquí, que han logrado trascender las fronteras departamentales y nacionales.
Es cierto que Paysandú no está en su mejor momento, que hemos perdido muchas de nuestras industrias y que hay problemas sociales, entre ellos el desempleo, que no van a poder borrarse ni disimularse con una visita papal.
Y como sucede frente a cualquier acontecimiento de gran dimensión, también han aparecido voces que cuestionan los recursos destinados a organizar la recepción del pontífice. Es legítimo que en una sociedad democrática se pregunte cuánto cuesta un evento, de dónde provienen los fondos y cómo se administran.
Pero una cosa es exigir claridad y responsabilidad en los gastos y otra muy diferente es reducir un acontecimiento de esta naturaleza a una discusión exclusivamente contable, sin considerar su dimensión histórica, institucional, cultural y promocional.
Recibir al papa implica una organización extraordinaria. Hay que garantizar seguridad, infraestructura, movilidad, atención sanitaria, logística, servicios y condiciones adecuadas para recibir a miles de personas. Nada de eso se resuelve espontáneamente: se requiere planificación, trabajo, coordinación y recursos.
Frente a semejante despliegue, es razonable entender que la organización debe estar a la altura de la visita. No se trata de gastar sin límites ni de justificar cualquier erogación por el solo hecho de que venga una personalidad mundial, sino de asumir que un acontecimiento excepcional e irrepetible necesita una respuesta organizativa acorde con su magnitud y que esa inversión debe evaluarse también por los beneficios que puede generar para la comunidad.
Porque los recursos destinados a preparar la ciudad no tienen únicamente una finalidad ceremonial o religiosa. También contribuyen a poner en condiciones los espacios públicos, ordenar servicios, mejorar la infraestructura operativa y ofrecer una imagen de Paysandú ante miles de visitantes y una audiencia internacional.
Por ello, el aspecto de los gastos no debería empañar ni hacer perder de vista la oportunidad que tenemos delante, por cuanto es posible conciliar la prudencia administrativa con la valoración de un acontecimiento histórico, dos cosas que en esencia no son contradictorias. De ahí que la bienvenida al papa deba ser también una bienvenida a la oportunidad. La oportunidad de mostrarnos, de reconocernos, de valorar nuestra historia y de proyectar nuestro futuro.
Y, sobre todo, nuestro deseo es que el mensaje de paz que trae León XIV encuentre eco en una sociedad sanducera que necesita más diálogo, más respeto y más solidaridad, y que nos lleve a superar nuestras diferencias y a acrecentar la capacidad de unirnos para construir un futuro venturoso.

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