Hace unas semanas fui invitado por Aderama (Asociación de Residenciales de Adulto Mayor) a hablar en una jornada de capacitación para cuidadores y cuidadoras sobre el concepto de autonomía y las estrategias posibles a la hora de promocionar su mantenimiento en las personas mayores que viven en establecimientos de larga estadía.
Esto conllevó a un intercambio de ideas muy interesante con los mayores protagonistas de las prácticas de cuidado de los residentes en estas instituciones, pero sobre todo me llevó a darme cuenta que no todos hablamos de lo mismo cuando hacemos referencia a la autonomía de estas personas.
Entonces cabe preguntarnos ¿De qué hablamos cuando hablamos de autonomía? Para buscar respuesta a esta pregunta podríamos remitirnos en primera instancia al origen de la palabra: la palabra autonomía proviene del griego, donde auto significa propio, por uno mismo, y nomos significa ley o administración. Por ende el significado de la palabra, desde un punto de vista etimológico nos remite al concepto de poder administrarnos, poder obrar según nuestro propio criterio, poder elegir nosotros mismos sobre las opciones que tengamos, o las que se nos plantean.
Para seguir acercándonos a la idea de autonomía propongo hacer una distinción, a primera vista menor, pero conceptualmente fundamental con otra palabra que muchas veces usamos a modo de sinónimo sin serlo realmente: independencia. Mientras la independencia involucra la capacidad de realizar las cosas por nosotros mismos sin depender de los demás, la autonomía se refiere –según empezamos a entender a través del origen de la palabra– a la capacidad de realizar las cosas por uno mismo actuando de forma libre y eligiendo opciones, tiene en cuenta nuestros valores, intereses, criterios e iniciativa.
Por ejemplo, puede que una persona mayor, por diferentes motivos, no tenga la capacidad para vestirse de forma independiente (sin depender de otro), pero tal vez sí puede elegir qué ropa quiere ponerse, y en esa elección se está jugando su autonomía. Igualmente puede que debido a una discapacidad física no pueda llegar a un lugar de forma independiente, pero sí puede decidir a qué lugar quiere ir.
Estos ejemplos nos dejan ver como una de las claves para ahondar en el significado de la autonomía es tener en cuenta el derecho de las personas a participar en las decisiones sobre lo que éstas consideran bueno para ellas mismas. La participación se me hace entonces otro concepto sobre el que deberíamos problematizar en este camino, que más que la respuesta a una pregunta, busca interpelarnos sobre nuestras ideas preconcebidas y abrir una línea de pensamiento que nos lleve a revisar, sin ánimo alguno de juicio condenatorio por supuesto, las prácticas de cuidado que se llevan adelante en los establecimientos de larga estadía.
José Luis Rebellato, pensador de origen canario nacido en 1946 y fallecido en 1999, fue autor en 1997 de un trabajo titulado Ética de la Autonomía en el cual encuentro un concepto muy interesante sobre el concepto de participación. En esta obra Rebellato se refería a las tres patas de la participación: formar parte, tener parte y tomar parte. Voy de algún modo, a intentar ligar estas ideas del autor con la situación de las personas mayores residentes.
Formar parte: esto está directamente ligado con el sentido de pertenencia, con sentirse ser parte del lugar, parte del grupo. Esto sería, claro está, lo contrario a sentirse ajeno, sentirse un extraño. Saber que se es parte de algo es también saber que ese algo se construye también con nuestro aporte, y esto nos revaloriza, nos descosifica, pasa a importar quienes somos, personas diferentes al otro, con algo diferente que aportar.
Para sentirnos parte de un lugar, los residentes primeramente tenemos que poder habitar ese lugar, que sea seguro, agradable, y ¿por qué no?, que nos resulte también lindo. Es importante que se respete nuestra libertad ambulatoria; en el caso de que estemos en condiciones de caminar o movilizarnos por nuestra cuenta en silla, se debería permitirnos recorrer el lugar, conocer cada espacio, y por supuesto si estamos en condiciones para eso y no hay nada que justifique lo contrario, que se nos permita entrar y salir si así lo queremos o necesitamos. De otro modo es muy difícil que logremos sentir que esa es ahora nuestra casa.
Por la misma razón, las personas con las que habitamos, no deberían resultarnos extrañas, y ahí es importante que todo el personal del residencial genere dinámicas que propicien la oportunidad de socializar, de conocerse.
Se debe permitir que se desplieguen las características personales de cada residente, reivindicar su historia de vida, revalorizar sus saberes, su experiencia, y que entre ellos puedan interconectar estas historias, pero también hacerlo con las de las personas encargadas de su cuidado.
Si somos cuidadores, deberíamos tomarnos el tiempo de conocer a los residentes, realmente hacerlo. Y a su vez permitamos que nos conozcan, no tengamos miedo en involucrarnos con estas personas. Necesitamos conocerlos, porque ¿de qué modo vamos a potenciar las posibilidades de alguien si no le conocemos? Imposible. Además, necesitamos que confíen en nosotros, para que puedan elegir apoyarse en nosotros (más en esos momentos en que se juegan elementos de la intimidad de la persona) y eso no sea simplemente una imposición.
¿Cómo van a confiar en alguien que no conocen?
Tener parte, todos necesitamos sentirnos que tenemos algo para dar, algo que aportar, así sea desde la palabra. Esto nos insufla de vida, nos mantiene con un propósito. Tener parte se refiere a eso, es decir, a jugar algún rol o tener alguna función en ese lugar que habitamos y en ese grupo del que uno se siente parte.
Claro que no estamos hablando acá, si estamos hablando de autonomía, de obligar a nadie a hacer nada, pero sí de posibilitar que lo haga. Muchas son las veces en que un o una residente preguntarán si pueden ayudar en algo o participar en alguna tarea, y si bien no se trata de en todos los casos delegarles tareas, si deberíamos estar atentos a lo que hay detrás de ese pedido, escuchar el “déjame sentirme útil, déjame tener parte en esto”.
Tomar parte: esto se refiere a la decisión del residente. Si nosotros desde nuestro rol de cuidadores propiciamos que la persona forma parte de, y habilitamos que tenga parte en las cuestiones de las dinámicas del residencial que puedan estar a su alcance, llegará el momento en que el residente tomará la decisión de transitar o no por estas dos primeras cuestiones. Y respetar un no, es también respetar su autonomía. A veces esto nos cuesta, porque pensamos que lo mejor para esa persona es que participe, que se involucre, que vaya a los talleres, que haga actividades…pero debemos respetar el no. Podemos claro, incluso debemos, pensar que hay detrás de ese no. ¿Por qué no se siente cómoda esa persona realizando tales dinámicas o siendo parte del grupo? ¿Por qué prefiere quedarse en su habitación o mirar televisión todo el día? ¿Podemos hacer algo por cambiar eso?
“Necesito que me ayuden, no que me anulen”: Estas palabras me las dijo una vez una señora en un residencial mientras, justamente charlábamos en el grupo sobre el respeto de la autonomía y en particular en lo que se refería al momento del baño.
Cuando el cuidador higieniza, viste, da de comer, o cualquiera de este tipo de tareas, sin duda alguna la palabra ayudar se nos viene a la mente. Se está ayudando a la persona mayor, al residente.
En la dinámica del residencial, en el estar “a las corridas” todo el tiempo, con varios emergentes que suceden uno tras otro, es más que comprensible que muchas veces se automaticen algunas de estas tareas que son parte del cuidado de las personas mayores que allí residen.
El peligro de esta automatización es el de perder de vista la singularidad de cada persona, sus posibilidades, sus capacidades remanentes, todo aquello que esa persona podría hacer o decidir por su cuenta, y una vez que este tipo de situaciones se cristalizan, estaremos vulnerando sus derechos.
El verbo ayudar, que tan en alta estima tenemos, en nuestra profesión debe ser vigilada de cerca, pues esta peligrosamente a solo dos letras de distancia de la palabra anular. Queda, sin lugar a dudas, mucho por hablar y profundizar sobre este tema, pero al menos creo que podemos empezar a cuestionarnos sobre nuestras propias prácticas de cuidado para con las personas mayores, sean estas en un residencial, en casa, o aún en la calle.
¿Estoy realmente ayudando o estoy traspasando un límite que me posiciona en un lugar desde el cual estoy anulando las posibilidades del otro y vulnerando su derecho a hacer y decidir y por ende acotando su autonomía?
Sebastián Cobas
