(Por Horacio R. Brum).- Cada vez que este corresponsal regresa de Buenos Aires a Santiago de Chile, alguien le pregunta: ¿Qué es Milei? Hay quienes lo equiparan a José Antonio Kast, el líder de la derecha inflexiblemente cristiana y neoliberal que está controlando el proceso para redactar una nueva Constitución, y quienes están mucho más a la izquierda lo definen como “fascista”. Lo cierto es que decir quién es Javier Milei, el candidato presidencial que está rompiendo los esquemas de la política argentina, es más fácil que definir qué es y encuadrarlo en alguna categoría ideológica.
Javier Gerardo Milei cumplirá 53 años justamente el día de las elecciones presidenciales, el próximo 23 de octubre; hijo de un matrimonio de clase media -con el cual interrumpió relaciones hace más de una década-, cursó todos sus estudios en el sistema privado y se recibió de economista. Tuvo muchos y variados trabajos, incluido uno como asesor del Estado que hoy vitupera, y el más importante dentro del sector empresarial fue con la Corporación América, propietaria de casi todos los aeropuertos nacionales y uruguayos. No ocupó altos cargos ejecutivos ni demostró ser un profesional brillante, caracterizándose más bien por sus opiniones tajantes y rupturistas, propias de lo que en el mundo laboral puede ser un personaje conflictivo.
Tal vez por eso se fue alejando del ambiente de la gran empresa y en 2021 renunció a su puesto en la Corporación América, el último trabajo que tuvo en ese campo. Algunos años antes había comenzado a incursionar en la docencia y en las comunicaciones, como columnista, entrevistado, autor de programas en las redes sociales y de varios libros y monografías con temas económicos y de crítica al sistema estatal del país. Por sus expresiones fuertes, en las que ni siquiera ahorró insultos al papa Francisco, poco a poco se fue convirtiendo en un fenómeno mediático, gracias al carácter de espectáculo en que los medios argentinos suelen convertir a la realidad nacional.
En el Museo Histórico Nacional de Santiago de Chile hay un perro embalsamado; es un animal de gran porte, Gran Danés de raza, que perteneció a Arturo Alessandri Palma, quien ocupó la presidencia dos veces, entre las décadas de 1920 y 1930. El animal acompañaba a su dueño hasta en los actos oficiales y fue conocido como “el primer perro presidencial de Chile”. Javier Milei ha superado al mandatario chileno en la relación con su mascota: tuvo un mastín inglés que murió unos años atrás, pero según dijo el aspirante a presidente en una entrevista, todavía se comunica con él por medio de una espiritista. Además, hizo extraer células del cuerpo del mastín para clonarlo y actualmente posee cuatro perros que son copias del original, los cuales llevan los nombres de cuatro economistas de fama mundial. En otras declaraciones al periodismo, Milei dijo que había encargado el procedimiento de clonación a una empresa de los Estados Unidos, a un costo de alrededor de 50.000 dólares.
Hay otro paralelismo entre las historias del perro de Alessandri y las mascotas de Milei, porque éste parece ver a Chile como un modelo a seguir. No el Chile de aquel presidente, en cuyos tiempos el país avanzó mucho en materia de educación y seguridad social, sino el Chile de los primeros tiempos de la dictadura de Pinochet, cuando los militares y sus socios civiles comenzaron la demolición del Estado. “El concepto de justicia social es aberrante, es robarle a alguien para darle a otro”, repite frecuentemente el candidato argentino, quien se propone eliminar todos los planes de asistencia social.
Al otro lado de los Andes, la dictadura creó los planes de Empleo Mínimo y de Ocupación para Jefes de Hogar, vigentes durante muchos años para amortiguar el impacto de las medidas de choque en las que se basó la imposición del muy mentado “modelo económico chileno”. Las personas recibían sueldos por debajo del mínimo, para hacer tareas municipales, como barrer las calles y arreglar las plazas, y así se disimulaba estadísticamente la alta tasa de desempleo.
El régimen autoritario de Chile también redujo la educación gratuita estatal en todos los niveles y creó un mercado, que funciona hasta hoy, en el que los colegios privados reciben pagos por cada alumno asistente. Javier Milei propone terminar con la educación gratuita y obligatoria estatal, y distribuir entre las familias unos bonos que llama “vouchers” (un término del sistema educativo estadounidense) para que ellas paguen a los establecimientos a los que prefieran mandar a sus hijos.

A caballo entre la lucha de clases y el populismo de derecha, el candidato supuestamente antisistema lanza diatribas contra lo que él denomina “la casta”, un sector compuesto por los representantes de la política tradicional, los gobernantes y todos aquellos que se sirven del Estado, en vez de servir al Estado y por ende, a los ciudadanos. Sin embargo, él mismo alcanzó la notoriedad cuando pasó a integrar, en 2021, ese reducto de “la casta” que es el Congreso de la Nación, como diputado por la ciudad de Buenos Aires. En otro gesto propio de “la casta” populista, ha sorteado su sueldo parlamentario entre aquellos que se inscriben para darle su apoyo, con lo cual obtuvo una base de datos de alrededor de tres millones de personas.
El aborto libre, la educación sexual escolar y los derechos de las minorías sexuales son otros blancos de la iracundia de este personaje que amenaza con romper el bipartidismo de la política nacional. Católico de nacimiento, ahora estudia los textos sagrados del judaísmo y dice estar preparándose para la conversión a esa religión, además de sostener que, si llega a la presidencia, establecerá una fuerte alianza con el gobierno de Israel. No obstante, ha tolerado algunos comentarios de tintes nazistas de parte de los candidatos a integrar su gabinete. El más reciente fue el de su posible ministro de educación Martín Krause, un economista neoliberal y admirador del “modelo chileno”. Durante una conferencia en la que criticaba el funcionamiento del Estado, Krause aludió a la policía secreta de Hitler: “Imagínense si la Gestapo hubiera sido argentina, ¿no hubiera sido mucho mejor? Porque en vez de matar a 6 millones de judíos, seguramente eran muchos menos, ya que hubiera habido coimas, hubiese habido ineficiencias de todo tipo”. Tales expresiones fueron rechazadas enérgicamente por la influyente colectividad judía argentina y la sociedad en general, que acusaron a Milei y su gente de banalizar el genocidio organizado por los nazis.
En tanto que una buena parte de la clase media educada y la clase alta ven al candidato alternativo como un desaforado, se ha formado un núcleo considerable de sus votantes entre los jóvenes pobres, los marginales y aquellos que subsisten con trabajos de mala calidad, como los repartidores en bicicleta. Con la acusación de que “la casta” los desprecia, Milei ha ido a los barrios carenciados y se ha asociado con varios representantes del “rap”, ese estilo musical surgido en la marginalidad. También está haciendo campaña entre los repartidores, ya desde antes convencidos por el discurso neoliberal de que su trabajo les da flexibilidad y libertad (aunque no tengan ninguna protección de las leyes laborales).
En el Chile de los últimos años de la dictadura, un grupo de rock lanzó la canción “El baile de los que sobran”, que tenía por tema la exclusión social que sentían muchos jóvenes sin posibilidades de educación ni empleos de calidad. Al parecer, los mensajes de Javier Milei apuntan a “los que sobran” en Argentina, pero sus recetas para mejorar la situación de ellos se basan en aquel Chile.
