Las plataformas que activan automáticamente la reproducción del siguiente capítulo, los posteos que se suceden hasta el infinito al pasar el dedo por la pantalla o girando la ruedita del ratón, los juegos de apuesta programables para que se lancen una vez tras otra, los videos cortos que se ven sin necesidad de dar play que ahora tienen todas las redes sociales, las canciones o episodios de podcast en un continuo que por defecto no se detiene; son todas características en común de los servicios digitales que el Parlamento de la Unión Europea ha puesto bajo la lupa en un proceso para crear un sistema de reglas para combatir la adicción digital.
En concreto este ámbito legislativo pretende “el desarrollo de productos digitales éticos, no basados en patrones opacos y diseños adictivos”. El asunto fue planteado en un informe que se aprobó el pasado martes con 545 votos a favor, 12 en contra y 61 abstenciones.
Más allá de las críticas que ha despertado en las redes sociales, el mero debate del tema ha puesto en evidencia que hay un problema con el que no se está pudiendo lidiar. En el informe “los eurodiputados advierten de la naturaleza adictiva de los juegos en línea, las redes sociales, los servicios de emisión en continuo de películas, series o música, y los mercados y tiendas en línea, que explotan las vulnerabilidades de los usuarios para captar su atención, mantenerlos conectados el máximo tiempo posible y monetizar sus datos”. El Parlamento considera que se debe proteger a los usuarios “mediante el uso de alternativas de recomendación más seguras”, incluso si esto supone una menor rentabilidad para las plataformas.
El informe enfatiza en “la falta de transparencia sobre el funcionamiento de las interfaces de los servicios en línea, que complica la experiencia de uso de los consumidores y dificulta la aplicación de las reglas a las autoridades”. Debido a ello es que insiste en que “las compañías deben estar obligadas a desarrollar productos y servicios digitales éticos ‘por defecto’, sin patrones opacos ni diseño engañoso o adictivo”. El mecanismo propuesto sería legislar sobre un “derecho digital a no ser molestado” y, a la par, divulgar una lista de buenas prácticas, como “pensar antes de compartir”, desactivar todas las notificaciones por defecto, y recomendaciones en línea más neutras, “como las basadas en el orden cronológico, la elección de aplicaciones en escala de grises, el bloqueo automático del servicio tras un tiempo de uso predeterminado, y los resúmenes semanales del tiempo total de pantalla, entre otras”.
Si bien el informe reconoce que las redes sociales tienen “efectos positivos en la sociedad”, a la vez señalan que el diseño adictivo “tiene consecuencias en la salud física y psicológica, y puede provocar daños materiales a los consumidores”. Entre estos efectos adversos mencionan “la pérdida de concentración, el estrés, la depresión y la menor actividad física” y preocupa en especial “el impacto sobre la salud de los menores”. Piden, además, que se incremente la investigación acerca de los riesgos vinculados al uso de servicios digitales.
La autora de la iniciativa, diputada por Países Bajos, Kim Van Sparrentak fundamentó que “No hay autodisciplina que pueda vencer frente a los trucos de las grandes tecnológicas, impulsadas por ejércitos de diseñadores y psicólogos para mantenerte pegado a la pantalla” y expresó preocupación por el impacto en la salud mental y en el desarrollo cerebral de las próximas generaciones, en caso de no actuar ahora.
“Las mejores mentes de mi generación están pensando en cómo hacer que la gente haga clic en los anuncios. Y eso es un desastre”, advertía en 2011 Jeff Hammerbacher, entonces empleado de Facebook y uno de los principales referentes en el desarrollo del equipo de datos de la empresa, en una frase muy citada cuando se trata este problema. Algo más de una década después de esa frase, el uso problemático de Internet “se vincula a síntomas de enfermedad mental, como depresión, baja autoestima, ansiedad, falta de sueño y comportamiento obsesivo-compulsivo, y son los niños y jóvenes los más vulnerables”, plantea el informe del Parlamento Europeo en su fundamentación. “Las personas de entre dieciséis y veinticuatro años pasan una media de más de siete horas al día en internet y uno de cada cuatro niños y jóvenes exhibe un uso problemático o disfuncional de los teléfonos inteligentes, es decir, patrones de comportamiento que reflejan una adicción”.
Las principales críticas a estas medidas que se plantean, refieren a que se incurre en un tipo de censura al intentar limitar la libertad de acceder a más información o contenidos, o que el Parlamento Europeo considera a los ciudadanos sus hijos adolescentes a los que deben controlar de la exposición a los excesos. No obstante está claramente dentro de las atribuciones de un órgano legislativo el dictar medidas cuando se entiende que se está exponiendo a la población a un riesgo para su salud, y ni hablar cuando se trata de un fenómeno de este tamaño, porque hoy la gran mayoría de la población tiene el teléfono si no encima, al menos al alcance de la mano. Se trata ni más ni menos que establecer límites al consumo de una droga, que en vez de ingerirse vía oral o inyectarse en las venas, se inyecta a través de la vista, el oído y el tacto.
Más allá de que hace ya un buen tiempo que no estamos bajo jurisdicción europea y por ende no nos afectan las disposiciones de su parlamento, presenciar este debate nos sirve para darnos cuenta que ese aparato, que hoy es mucho más que un teléfono, es una herramienta muy importante para muchos, tiene también sus serios riesgos y debemos ser conscientes de ello.

