
Las altas tasas de suicidio en nuestro país, muy por encima de las medias del resto de Latinoamérica, conforman una dolorosa realidad a la que no es ajeno nuestro propio departamento. Las adiccciones a sustancias, los conflictos familiares, patologías mentales como depresión, o trastornos de la personalidad configuran factores de riesgo en esa decisión extrema de intentar quitarse la vida. Y muchas veces con un trasfondo común “el sufrimiento mental”, según se desprende de la entrevista que EL TELEGRAFO mantuvo con la psicóloga Patricia Ponce, quien desde hace casi 14 años trabaja en el dispositivo Ciudadela –perteneciente a la Red Nacional de Drogas–, y desde diciembre del 2023 integra el equipo de la Sala de Psiquiatría de ASSE.
Consultada sobre si el suicidio está muy vinculado a las adicciones, respondió que “sí”, y explicó que “a veces el trasfondo común en muchos de los casos de los intentos de autoeliminación, de las lesiones o cuando se consuma un suicidio es el sufrimiento mental, entonces, lo que la persona busca de alguna manera es poder terminar con ese sufrimiento mental. A veces no es la idea la muerte en sí misma, sino más bien ese deseo de poder cambiar esa sensación que está como cronificada” y puede “venir con una secuencia de muchos años de malestar emocional, mental, físico”, explicó.
En este sentido, preguntada sobre cuál es el abordaje que se hace desde la psicología ante este tipo de casos, aclaró que “es diverso, primero porque la psicología es como un abanico de oportunidades también y depende mucho de la formación de los psicólogos”. No obstante, “en general siempre lo que se intenta es trabajar en estos casos como en algo que es más focalizado, como más de cercanía”, pues “son personas que necesitan más acompañamiento” que quizás otro tipo de pacientes y una mayor frecuencia de consultas durante el tratamiento, explicó.
INTERVENCIÓN FOCALIZADA
Aunque entendió que hay un impacto en los esfuerzos que se hacen, también es cierto que “todavía estamos como buscándole la vuelta porque a veces los tiempos del sistema de salud no son los que la persona necesita”, admitió. Quizá la persona necesita mayor acompañamiento “y el sistema de salud a veces no está preparado para tanto todavía”, consideró.
Para que se active el protocolo que existe para prevención del suicidio, la persona debe llegar a la puerta de Emergencia, y ese primer paso “es lo que puede costar”, observó. No obstante, “sí creo que hay un camino, hay un horizonte” hacia el cual “debemos transitar y hacia eso vamos”. “Ese protocolo lo que viene pautando es esta intervención focalizada”, explicó. En base a este, “luego de detectado el intento de autoeliminación, la persona está internada primero en sala para compensarse y antes de irse de alta” se establece “un seguimiento pautado”. De modo que hay un “acompañamiento y un seguimiento como más cuerpo a cuerpo, que es nuevo, y que se viene activando en la medida que la persona logra llegar a la puerta de la emergencia”, valoró.
Por ello, es importante que “los equipos de salud estén sensibilizados” en este tema, “porque es la manera que tenemos de ir trabajando las pocas rutas que puedan haber para llegar a tiempo también y prevenir el suicidio”, enfatizó.
Siempre “es un trabajo de equipo”, subrayó, comentando que de acuerdo a su experiencia profesional “la persona cuando llega con algo tan avanzado por lo general ya hay una base depresiva, que no la voy a trabajar yo sola como psicóloga, necesito hacer equipo con el psiquiatra”, ya que el paciente tendrá “que hacer en paralelo ambos tratamientos”.
LAS CAUSAS
Consultada sobre cuáles son los factores desencadenantes para una determinación tan extrema, apuntó que “el consumo de sustancias está dentro de los factores determinantes. Cuando la persona siente que es la única manera de parar el consumo o aliviar el malestar que genera, las ideas de muerte van y vienen. También los conflictos familiares son un gran generador de estrés; a veces el desorden de las dinámicas familiares va generando como todo ese desgaste, esa desvalorización también en los vínculos”. A la vez, “también hay patologías mentales como la depresión” y “algunos trastornos de personalidad que traen asociados estos rasgos de tener ideas de muerte o de querer morirse y hacer un intento”, precisó.
Respecto a su rol específico en estos casos, explicó que consiste en “acompañar el proceso que inicia el psiquiatra con lo que es la búsqueda o la reinstalación de un tratamiento farmacológico y poder trabajar para que la persona pueda visualizar cuáles son las rutas de acción de cómo va a seguir después que se vaya de la sala (de psiquiatría), e iniciar un pequeño plan que le facilite de alguna manera visualizar recursos tanto humanos como institucionales y personales”. Es decir, lo que se intenta “desde la psicología siempre es trabajar lo que se llaman ‘factores de protección’”, que son “todas las circunstancias de nuestra vida que favorecen que tengamos más hábitos saludables, y poder reconocer igualmente cuáles son los factores de riesgo que estarían funcionando como estresores y frente a la resolución de la vida diaria”.
En definitiva, “desde el área de la psicología lo que se busca es ver cómo la persona puede cambiar su comportamiento o visualizar su actitud frente a la resolución de los problemas de la vida diaria y cómo puede ir gestionando el estrés que eso le genera, o el malestar o el dolor, desde un lugar que no le produzca tanto daño o que no lo ponga en esas situaciones de riesgo”, describió.
Finalmente comentó que “en mi experiencia en poco tiempo en la sala, yo me he encontrado con mucha población joven, adolescentes y jóvenes adultos”.


