La Navidad llegó nuevamente y aparecen las recomendaciones de películas que tienen que ver con estas fechas. Ahí están siempre los clásicos como Qué bello es vivir o Mi pobre angelito, que sin dudas son películas que vale la pena volver a ver pero que no agotan en tema.
El año pasado sin ir más lejos el director Alexander Payne, el mismo de las excelentes Entre copas, Los descendientes y Nebraska, estrenó The Holdovers que aquí se tradujo con bastante acierto como Los que se quedan. No es precisamente una película “navideña” pero, como sucede en Navidad, algo de eso tiene.
Pero claro, en un tono mucho menos festivo que la mayoría de las dedicadas a la ocasión. Ocurre que los personajes principales son un grupo de solitarios por distintas razones, que deben pasar juntos por estas fechas lo quieran o no, ya que todos están en el mismo lugar y, como decía, solos.
El escenario es una inmensa y lujosa universidad privada de Nueva Inglaterra en la que un profesor cascarrabias –inmejorable Paul Giamatti–, debe hacerse cargo de un grupo de estudiantes a los que sus familias han dejado varados en ese lugar precisamente un 24 de diciembre. Son apenas seis alumnos pero uno –Dominic Sessa, toda una revelación– destaca en su relación con el huraño profesor ya que se volverán inseparables en esos solitarios días.
El trío se completa con la cocinera del lugar, una impresionante Da’Vine Joy Randolph, que acaba de perder a su hijo en Vietnam (la película transcurre en 1970), y se apresta a pasar la primera Navidad sin él. Sí, todo parece muy melancólico y lo es, y sería todo un bajón si el director no fuese Payne y el elenco fuese otro. Porque si bien no termina siendo una comedia, tiene la suficiente calidez humana para que, en vez de sufrir, el espectador se sienta complacido.
Quienes hayan visto cualquier película de este director saben que tiene una habilidad suprema para que uno entre en el mundo que nos presenta como si fuera un integrante más, para que los personajes nos parezcan conocidos y hasta amigos de toda la vida, y sabe perfectamente a qué actores tiene que elegir para interpretarlos. Ahora bien, en esta hay algo diferente a sus realizaciones anteriores que también es una elección acertada, su ubicación temporal. Todas sus películas anteriores transcurrían en el presente e incluso una en el futuro (Cuestión de tamaño), pero ahora se pega un viaje a los setenta. Entonces, cuando se la ve, realmente parece que estamos viendo una película de las que se hacían en ese momento, un momento clave para el cine norteamericano, donde se hicieron muchas de las mejores películas de su Historia.
Lo que pasa es que tanto por el tono, como por los lugares y los personajes, Los que se quedan difícilmente hubiese sido lo mismo si se ubicaba en la actualidad. Está el dato de la muerte del hijo de la cocinera en Vietnam, pero eso podría cambiarse a la guerra del Golfo o a cualquier otra más reciente, ya que por allá siempre tienen guerras para elegir, pero toda la película termina siendo una muestra cabal de una época que se fue, de un país en el que todavía era posible la comunicación humana más palmaria. No había más remedio para estos tres personajes que comunicarse y quererse.
No hay pantallas de todos los tamaños, no hay corrección política obligada, no hay todo un mundo de seudoconocimientos que los separe. Los setentas fueron tal vez la última oportunidad de vernos las caras tal cuales éramos. En las anteriores películas de Payne los grupos familiares o amistosos se imponen la tarea de una unión que bien parecía sacada de otra época. Ahora los personajes de Los que se quedan están en un momento de la Historia en el que no les queda más que ser ellos mismos y Payne los filma en toda su intensidad, vulnerabilidad y, por qué no, belleza.
Fabio Penas Díaz

