Solicitada: Soberanía e identidad en crisis

El globalismo es una ideología o estrategia de poder político que se consolida mediante la sustracción de la soberanía nacional en favor de entidades supraestatales.
Esta élite global intenta ser “la conciencia del mundo”, imponer sus intereses y generar cambios culturales, sociales y políticos en todo el planeta.

Este paradigma se institucionaliza en organizaciones que nadie vota (pagan membresías) y son controladas por capitales privados (Fundación Gates, Open Society de Soros, Fundación Rockefeller, Mark Zuckerberg y otros; magnates mega capitalistas que juegan de “filántropos” o “Mesías apocalípticos”).

Esas organizaciones (Organizaciones Internacionales Públicas, oenegés, ONU o Foros Globales) comparten la convicción de que el mundo debería ser gobernado por instituciones de carácter global, cajas negras de poder, a las que los pueblos no acceden, no controlan, pero sí financian (sin saberlo).

Sus mecanismos de representación son una parodia cuya legitimidad descansa, no tanto en la representación, sino en el conocimiento de los presuntos “expertos” y multimillonarios. Estos paladines de la “inclusión” y “el amor a la Humanidad” proponen objetivos que ofician de anzuelo, imposibles de rechazar, pero a la vez utópicos. Entre ellos: hambre cero, fin de la pobreza, educación universal, salud garantizada para todos, guerra cero, paz mundial, energías limpias, etcétera.

Para alcanzar “estos objetivos”, exigen de las naciones “culpables” más dinero y más poder.

Subordinan a los Estados, ignorando los dispositivos de limitación del poder (la división de poderes, la representación democrática y la publicidad de los actos gubernamentales); dejando a las naciones fuera del juego político por medio del establecimiento de agendas globales.

Imponen ideas que están en la cabeza de estos potentados (el aborto, la ideología de género, la castración de niños y feminismos radicales que enfrentan al hombre y la mujer con el objetivo implícito de reducir la tasa de natalidad o “no fertilidad” (suicidio demográfico) y la exacerbación de la dialéctica “opresor – oprimido” en todos los ámbitos para destruir el tejido social (“divide y reinarás”).

Para acceder al control total de los medios y acallar toda expresión disidente con estas ideas se patologiza (inventan “fobias”), se equipara la discrepancia con el odio (“crimen de odio”) y se penaliza con nuevas normativas.

Esta ingeniería social toma al hombre, lo moldea a la fuerza y formatea su mente mediante el manejo hábil y sin escrúpulos de los medios masivos de comunicación social y demás resortes de poder.

Para “ganar la cultura” (botín del poder) crea hombres y sociedades: rediseña costumbres y hábitos, redefine valores y principios, censura unas creencias e impone otras que ha seleccionado cuidadosamente para los demás, irrumpe en el dominio del lenguaje postulando un nuevo vocabulario y desterrando el anterior, disuelve las relaciones y los vínculos establecidos entre las personas para reemplazarlos por otras formas de relacionamiento social.

Si el pasado le estorba, lo desecha, y si el presente le condena, somete la realidad a la ficción mediante un relato impuesto a fuerza de propaganda (“lo políticamente correcto”).
Se respalda en un derecho internacional puesto a su servicio por grandes organizaciones internacionales que convierten las soberanías estatales en estados serviles.

Se impone coercitivamente bajo la amenaza de sanciones políticas y/o suspensión de ayudas económicas, financiamiento o créditos nacionales si no se cumple la agenda de pensamiento hegemónico (en el ámbito cultural, político y jurídico) e intereses económicos de la élite global que pretende definir qué debemos pensar y cómo debemos hablar (inadmisible abuso de poder que atenta contra la libertad de pensamiento).

La llamada “gobernanza global” es una forma política sin pueblo, sin nación, sin fronteras, su territorio es el mundo y no rinde cuentas. Su súbdito es el hombre atomizado, su sujeto favorito el “ciudadano del mundo”, felizmente entregado a que le gobiernen quienes no conoce ni puede controlar.

La nación, por el contrario, es la identidad cultural de un pueblo (lenguaje, símbolos e historia común), fundamento de la legitimidad democrática y, al mismo tiempo sujeto y objeto del poder del estado.

El patriotismo es la reivindicación de esa identidad que reclama soberanía, independencia y libertad.

Conociendo la verdad podemos refutar la falacia, sacudir a los distraídos y despertar de la modorra. La buena noticia es que no todo está perdido, levantemos en todos los ambientes con valentía la bandera de los valores y principios que defienden la dignidad de la persona humana; nuestros hijos nos lo agradecerán.

Ing. Agr. José Francisco Ramos Peralta