El jockey, en Disney+

El ambiente de las carreras de caballos casi siempre ha sido retratado como turbio y peligroso, muchos autores de novelas policiales lo han tenido como escenario predilecto y la película argentina El jockey va por ese camino. Hay un mafioso dueño de caballos de carreras con sus respectivos matones, un jockey que no está rindiendo como en el pasado y está costando un dineral y también su mujer, también jocketa, que sí gana carreras, pero que queda embarazada.

Con esos personajes más o menos podemos suponer lo que sigue, el jockey se manda la gran macana de su vida y debe huir de su patrón y sus secuaces. Bueno, sí, no se puede negar que eso es lo que ocurre, pero hay un detalle que lo cambia todo; el director es Luis Ortega, el mismo de El ángel, Lulú, Los santos sucios o Caja negra. Si bien también es cierto que también tiene en su currículum algunos capítulos de series como El Marginal o Narcos y la autoría de Historia de un clan, la serie sobre la familia Puccio, alguien que haya visto sus películas, por lo menos, sospechará que El jockey también se podría desarrollar bajo su particular estilo, y así es.

Porque Ortega aquí suelta su creatividad como pocas veces antes. Tiene un elenco de lujo encabezado por Nahuel Pérez Biscayart, Úrsula Corberó y Daniel Giménez Cacho, que se comprometen en cuerpo y alma para que Ortega juegue con ellos sin filtros ni límites ningunos. Decir algo así en el cine argentino, en el que producir y filmar una película es mucho más arriesgado y trabajoso que en el cine del primer mundo no es moco de pavo.

Podría decirse que aquí hay dinero extranjero de Méjico o de España, pero tampoco las productoras de esos países iban a arriesgar su dinero poniendo en manos de cualquiera un proyecto así. Que sea entonces Luis Ortega –sí, hijo de Palito–, como decía, lo cambia todo. Porque quien no esté acostumbrado a películas donde lo onírico, lo surreal o hasta lo demencial tengan una presencia importante, puede que El jockey le pase por arriba, no le encuentre asidero de donde agarrar la trama y los personajes.

Ahora bien, en ese aparente delirio sin lógica hay un armado que hace que la película, a su manera, sea sólida. El desencanto y vacío del personaje principal, que ya no siente que haya para él un lugar en el mundo, se contagia a la película. El jockey deambula por Buenos Aires y la película lo hace con él en fondo y forma. Su búsqueda por una identidad, algo que podría achacarse a los tiempos de corrección que vivimos, es tan sincero como todo lo que le ocurre.

Ya no quiere ser él y busca en su interior una apariencia diferente que pasa primero por lo sexual y después por lo ¿esotérico?, ¿religioso? Es bastante complicado tratar de explicar con la lógica de una película cualquiera éste filme. Ortega abre puertas que van hacia lugares imprevisibles. Tal vez el referente directo sea David Lynch con sus películas como Corazón salvaje, Terciopelo azul o Carretera perdida y, por supuesto, la serie Picos gemelos.

Es fácil imaginar a Ortega siendo un fanático de todo ese cine. Pero es una búsqueda infructuosa. Es como querer explicar un sentimiento, nuestro cerebro nos mandata a ponerle palabras y significado a todo, pero solo es para que durmamos tranquilos. Mientras tanto, el jockey escapa de su patrón, se trasviste, levita y se reencarna. Explicación no hay. Solo cine.

Fabio Penas Díaz