“Tenés que pensar en positivo”, “todo pasa por algo”, “si sonreís el universo te sonríe”. Estas frases circulan todo el tiempo en redes sociales, charlas en el trabajo hasta en la sobremesa familiar. Pero, ¿qué ocurre cuando muchas veces el malestar persiste y nos sentimos culpables por no poder mantener el optimismo? Allí entra en juego lo que varios psicólogos llaman actualmente el “positivismo tóxico”: la imposición de la felicidad como norma social.
La psicóloga social Roxana Rostán, ampliamente mencionada, explica que “no se trata de ser optimista, sino de no permitirnos estar tristes instalándose la idea de que el sufrimiento es una falla personal. Esta visión advierte que puede generar más daño que alivio.
Ejemplos de todos los días
María, 35 años, perdió a su padre en la pandemia. Cuando intentaba compartir su dolor, escuchaba frases como “tenés que ser fuerte” o “seguro que todo pasa por algo”. Lo que ella necesitaba no era un consejo motivacional, sino alguien que pudiera acompañarla en el transcurso de su duelo.
En otro caso Juan, un gerente de una empresa, cuenta que en su trabajo los emails de recursos humanos incluyen consignas como “nada de qué quejarse, siempre adelante con una sonrisa”. Este mandato lo llevó a ocultar síntomas de ansiedad por miedo a ser visto como débil o poco productivo.
Historias como estas son cada vez más frecuentes y no solo son anécdotas: investigaciones científicas muestran el efecto nocivo de este fenómeno. Un estudio publicado en The Journal of Personality and Social Psychology ( 2019) encontró que reprimir emociones negativas en contextos de presión social incrementa el riesgo de ansiedad y depresión.
Psicología positiva sí, pero con matices
El origen de esta confusión podría encontrarse en la popularización de la psicología positiva, corriente impulsada por Martín Seligman. Lejos de negar el dolor, el autor propuso fortalecer las capacidades humanas –como la gratitud, la esperanza y la resiliencia– para enfrentar las diversas crisis que a todos en algún momento de la vida nos toca vivir.
La importancia de validar el malestar
Lejos de ser un obstáculo, las emociones mal llamadas negativas, cumplen una función adaptativa. La tristeza puede invitarnos a la reflexión profunda sobre lo que es necesario cambiar en nuestra vida; la ira puede señalar una injusticia y la angustia, puede ser un llamado a pedir ayuda.
Según algunas investigaciones, las personas que aceptan y procesan sus emociones con autenticidad y una adecuada gestión desarrollan mayor resiliencia que aquellas que las ocultan.
Rostan lo resume así: “la salud emocional no surge de negar la vulnerabilidad, sino de darle un lugar”.
En la práctica clínica, escuchar y validar el dolor suele ser el primer paso para sanar.
El desafío es rescatar la psicología de la simplificación cultural en la que estamos inmersos. Una vida auténtica no se basa en la felicidad permanente, como dice Seligman “el bienestar no es la ausencia de sufrimiento, sino la capacidad de florecer a pesar de él”. (097352937).

