¿A quién no le pasa que encuentra en Internet, en las redes, mucho más contenido referencial sobre Inteligencia Artificial (IA) que productos de la IA propiamente dichos? A ver si nos entendemos. Hablo de los videos demostrativos sobre las posibilidades que ofrece la IA, queriendo vender tecnologías o cursos para formarse en el aprendizaje de estas tecnologías que resultados de la aplicación de estas mismas tecnologías.
Claro, es de imaginarse que todo está ocurriendo en algún otro nivel, donde se van perdiendo los cientos de trabajos que se decía que la IA iba a reemplazar. Sí es posible encontrar en medios internacionales o nacionales de otros países, referencias tales como “realizado parcialmente con inteligencia artificial y supervisado por un humano”, o cosas así. Es decir, la tecnología ya está, ya lo sabemos. Pero la impresión es que por ahora está más concentrada en autopromocionarse o todavía requiere de que alguien esté supervisando que no se mande una macana, y no está lista para mandarla sola a la cancha. Se revuelve en cosas que no requieren de un resultado rigurosamente exacto, pero todavía le falta para competir profesionalmente sin supervisión. Como esos jugadores juveniles que ya están para primera pero que se sabe que algún gol en contra te pueden llegar a costar. Igualmente el grado de avance es increíble. Hay un video de Will Smith (el de Día de la Independencia, Men in Black y el que pegó la cachetada en los Oscar) comiendo pastas, en tres versiones. La primera desastrosa, la segunda mucho más prolija, y en la tercera es difícil decir que no se trata del propio actor. Y esto está recién empezando.
Ahora que ya sabemos que la inteligencia artificial es capaz de crear estas reproducciones exactas que hacen que un video ficticio sea indistinguible de uno real, en qué lugar queda la experiencia humana real. Ahora que ya no es necesario viajar hasta los confines del mundo para tomarse una foto o grabarse mientras se desprende un iceberg del glaciar en la Patagonia, que no es necesario hacer tres horas de fila para subir a la Torre Eiffel y sacarse la selfie para compartir en Instagram, estamos a nada de los primeros videos en vivo desde el interior de la Estación Espacial Internacional jugando al truco con muestra con los astronautas. En uno de estos videítos demostrativos sobre las posibilidades de la inteligencia artificial aparece un señor grabándose con varias figuras de Hollywood en los sets de filmación de varias películas históricas.
Estamos muy cerca de un punto de quiebre para un montón de cosas que hoy son valiosas para las personas, para la humanidad, estamos a un click y medio de generar nuestros propios recuerdos ficticios.
Pero, ¿qué vendrá después? Hay dos caminos. Simplemente dejarnos arrastrar por la ola y que las máquinas todopoderosas nos lleven por universos de fantasía o puede sobrevenir un proceso de revalorización de la experiencia vivencial, una progresiva desconexión, una corriente de “desdigitalización”.
Ya hay algunos ejemplos de países que están poniendo freno o dando marcha atrás en la informatización del aprendizaje basándose en datos de estudios que muestran mejores desempeños académicos en algunas áreas. Pero no se trata de eso, al menos no específicamente, sino de recuperar una experiencia vital más parecida a la que conocieron generaciones con cinco o más décadas, relaciones interpersonales y con el ambiente menos mediatizadas, en las que lo importante no es la foto o el video con ese artista y después compartirlo en las redes sino disfrutar y apreciar su obra; lo mismo con navegar un río, compartir un fogón, disfrutar un atardecer, sentarse a leer un libro –en vez de pedirle a Chat GPT que nos lo resuma–. Una vida más simple.
Claro, también hay que ser realistas. Cada salto tecnológico de la humanidad ha llegado para quedarse y solo lo deja atrás una nueva innovación que la deja obsoleta. Está lleno de ejemplos. Los primeros libros se escribían a mano en los templos, luego la imprenta de tipos móviles de Gutemberg permitió que se pudieran hacer múltiples copias con mucho menos esfuerzo y se masificó la lectura y la transmisión del conocimiento. Ya no hubo vuelta atrás. Aunque la imprenta ya no es lo que era antes y en muchas casas hay todavía impresoras veloces y económicas, las pantallas se han robado el protagonismo y la impresión en papel ha quedado para roles más específicos. Tal vez lo más cerca que hayamos estado de una excepción en este avance indetenible haya sido la generación eléctrica a partir de la energía nuclear, con decisiones que durante años la restringieron a partir de accidentes con costos enormes, pero ha vuelto, y con fuerza, más por necesidad que por cualquier otra razón.
La humanidad se ha adaptado una vez tras otra. Ha sobrevivido a la invención de las más feroces máquinas de guerra, aunque ha pasado por procesos que han dejado de lado civilizaciones enteras. Quedar fuera de estos avances podrá ser una opción individual, y de las difíciles de sostener. Es más que probable que todo este desarrollo digital —inteligencia artificial incluida— haya llegado para quedarse y que no quede otra que adaptarse, porque como decía Mario Iaquinandi en la letra del tango: aunque el mundo siga yirando a los tumbos, aún vale la pena jugarse y vivir.

