El discurso del presidente

El discurso del rey (2010, The King’s Speech) es una muy buena película, premiada ella con varios Oscar, varios Bafta y muchos otros galardones por todo el mundo, con el genial Colin Firth, Helena Bonham Carter, Derek Jacobi, dirigida por Tom Hooper. La película cuenta la historia del rey George VI de Inglaterra, padre de la reina Elizabeth II, madre del actual rey Charles III. Basada en hechos reales cuenta cómo, tras la abdicación de su hermano Edward VIII para casarse con la plebeya Wallis Simpson, George VI se vio obligado a acceder al trono, como sucesor natural. Sin embargo había un problema y era el incómodo tartamudeo, que hacía que se lo considerara poco apto para reinar. Así las cosas George busca la ayuda de un terapeuta de trastornos del habla, quien con una serie de inesperadas y poco ortodoxas técnicas, hace que el rey sea capaz de encontrar su voz y liderar el país en tiempos turbulentos. De hecho el final de la película (perdón por el spoiler, pero tiene ya 15 años) es con el rey declarando con voz firme la guerra contra Alemania en 1939. Si la tienen a mano, vale mucho la pena.

¿Y qué tiene que ver esto con nuestra actualidad? Que en estos momentos tenemos un presidente con serios problemas de comunicación y que eso está empezando a afectar su vínculo con la ciudadanía. Problemas de comunicación asumidos, por cierto.

Sin ir más lejos la semana pasada el presidente de la República, Yamandú Orsi fue el invitado en el almuerzo de trabajo de la Asociación de Dirigente de Marketing (ADM), y habló de este tema, de las críticas que recibe por lo que denominó como “tropiezos discursivos y desvíos comunicacionales”. Dijo “si ‘tropiezo discursivo’ es decir lo que uno piensa; si tropiezo discursivo o torpeza es cuando alguien no sabe algo decir, eso no lo sé, lo voy a seguir haciendo, y les adelanto a los editores que hoy va a ser un gran porrazo discursivo porque así va a ser mi tónica de acá hasta cinco año más adelante”. Después agregó que “lo políticamente correcto, confieso, me tiene un poco cansado entonces ya decidí que voy a decir lo que pienso una y otra vez, como lo he hecho siempre, e incluso me voy a dar el lujo de a veces a decir lo que siento”.

El problema acá es que no se trata de marcar una impronta, un estilo propio, desacartonado y espontáneo, como podríamos decir que lo tenían por ejemplo Jorge Batlle, o José Mujica; el problema acá no es que el mensaje de Yamandú Orsi se aparte de las formalidades esperables de un jefe de Estado. El problema es que el mandatario cae en contradicciones que generan ruidos o malos entendidos y que alguien –en general el secretario de Presidencia, Alejandro Sánchez– tiene que salir a aclarar o hacer la “traducción” cual Rasputín presidencial de lo que quiso decir en realidad. Quien no vea en esto un problema tiene que enfocarse en sus propios problemas.

Las declaraciones del presidente de la República tienen un peso significativo —incluso las de los expresidentes lo tienen— y esto no es de ahora. Es posible que haya sido un error pretender seguir una rutina de tanta exposición como la que tuvo el anterior presidente, quien cuenta, justamente, entre sus mayores virtudes la de la comunicación. Orsi, en cambio, siempre parece estar incómodo, como acorralado por las preguntas. A veces se acorrala él solo con “errores no forzados”, se diría en el tenis, como cuando aludió a Nayib Bukele, presidente de El Salvador como un ejemplo. Que todos entendieron como “ejemplo a seguir”, menos el intérprete presidencial, Alejandro Sánchez, y algún otro que parecen hablar ese idioma.

Fue en el desayuno de Búsqueda que lo tuvo como protagonista de una entrevista en vivo. Allí el presidente muy seguro de sí mismo dijo que “La seguridad es un tema del que hay que hablar. El ejemplo es Bukele. Es El Salvador el ejemplo de un proceso”, dijo Orsi. Buscando la mayor certeza, el periodista, Andrés Danza, lo consultó si se refería a un ejemplo positivo o negativo y Orsi, que tuvo haberse prendido con uñas y dientes a ese salvavidas contestó: “Ejemplo. Ejemplo para analizar”.

No está mal que alguien quiera tener como ejemplo, de hecho muchos consideran que es una solución válida para afrontar la crisis de delincuencia y de violencia que tenemos en esta zona. Lo que llamó la atención fue que lo hiciera un presidente electo por un partido que se presenta como de izquierda. Por supuesto que no tardó en aparecer la aclaración del caso por el secretario de Presidencia. Sánchez dijo “creo que quedó claro (¿?) lo que dijo el presidente, yo no soy intérprete del presidente. Lo cierto es que tenemos una situación en la que la violencia, el crimen organizado, es uno de los principales problemas del continente latinoamericano, que es el más desigual del mundo y uno de los más violentos, y mucha veces, cuando las situaciones de violencia se desbordan, porque los estados o las democracias no pueden contenerlos, la gente muchas veces termina en esta dicotomía de discutir quiero más seguridad, la cambio por menos libertad. Y ese es un camino en el que no se puede avanzar. Pero para eso hay que estar atentos y actuar”. De esto a decir que Bukele es un ejemplo, si el presidente quiso decir algo parecido, no le salió.

El mismo Orsi, un rato más tarde se comunicó telefónicamente con el programa Fácil Desviarse de FM Del Sol —sí, el presidente de la República envió un mensaje desde un teléfono propio ofreciéndose para salir al aire y hablar de este “episodio Bukele”—. Allí, conversando con los periodistas, buscando aclarar la metida de pata colosal, dijo sobre los métodos del presidente salvadoreño que “Aplicarlo en Uruguay es imposible. Es inaceptable. Te lo digo convencidísimo de que no podría hacer nada que violente los derechos humanos, la democracia. De eso estoy convencido”. Orsi recordó luego una anécdota de cuando estuvo en el país centroamericano unos atrás. “No se podía andar. Andaban en vehículos blindados siempre, la gente no estaba en la calle. Entonces vos decís: ¿Cuánto está dispuesto la gente a ceder de su libertad en aras de mejorar una situación de seguridad que se vuelve imperiosa? A eso me refiero. Esto es a cuenta de una discusión más larga”, afirmó, ya en una línea discursiva más cercana a la pautada por Sánchez.

Es un ejemplo claro y reciente, pero ha tenido ya varios de estos “tropiezos” y “furcios” en su concepción más tradicional, palabras que pronuncia mal o que debe corregir para que se entienda la frase. Es claro que algo está fallando en la oratoria del presidente. Y la gestualidad del presidente entre sus silencios tampoco aportan mucho en la comunicación. Ahora bien, lo más preocupante es que, además de un político con más de una década en cargos de primera responsabilidad, que se supone debería estar acostumbrado a dirigirse a la población a través de los medios o personalmente, se trata además de una persona que antes fue profesor de Historia en Secundaria, que impartía clases a diario a sus alumnos en el aula y que por ende sería de esperar que tuviese una mayor fluidez de palabra. Al fin y al cabo, lo menos que se espera de un profesor es que sepa comunicar claramente las ideas a sus alumnos. Todo esto explica muchas cosas; explica por ejemplo por qué estuvo “desaparecido”, como se decía, o con una muy baja presencia durante toda la campaña electoral. Era mejor eso que exponerlo a pisar en falso y que alguien tuviese que explicar qué quiso decir. Sin embargo se expone ahora, cuando es presidente, cuando lo que diga puede tener secuelas en el vínculo con otros países. No en vano en Argentina asumen que Orsi se comprometió a gestionar la reubicación de la planta de HIF. “Que se cumpla su palabra, dijo que la planta se iba a correr o se iban a bajar las chimeneas y ninguna de esas cosas pasó”, decía el intendente de Colón, José Luis Walser, durante una de las recientes manifestaciones. Habrá sido quizás un tropiezo o un desvío que hizo pensar a los vecinos que él asumió ese compromiso. El mensaje, en una posición con tal responsabilidad, tiene que ser meridianamente claro. Y si es la voluntad de Yamandú Orsi empezar a decir lo que piensa, lo que siente, y ser políticamente incorrecto, tal vez debería pensárselo dos veces antes de hacerlo.