Casi todos los que comentan la obra cinematográfica y televisiva de Rodrigo García han comenzado últimamente a omitir el dato de que se trata del hijo de Gabriel García Márquez. Tal vez por pedido expreso del propio García, tal vez porque consideran que ya es hora de que este director de más de 60 años tenga su propia personalidad. Puede que tengan razón.
Después de todo, con lo que ha hecho tanto en televisión como en cine tiene con qué defenderse. Y si algún memorioso sale ahora a decir que ninguna de sus películas (Con solo mirarla, Últimos días en el desierto, Cuatro días más), o tampoco su dirección en varias series son algo para que se recuerde en el tiempo, la aparición de su nueva película en Netflix puede significar algo muy distinto.
Hablo de Las locuras, película dividida en episodios que se relacionan debido a que en cada uno de ellos alguno de los personajes tiene algo que ver con la situación siguiente. Aunque, básicamente, se trata de episodios. Todos protagonizados por mujeres, algo que parece inherente a las directivas de la plataforma, y en cada uno de esos personajes femeninos hay o bien un toque de locura o bien una locura bastante desatada.
El arranque y el cierre corren a cargo de una joven que está en arresto domiciliario luego de haber atentado contra un supermercado al ver cómo maltrataban a una cliente humilde y de origen indígena. Ese personaje, con su bipolaridad a cuestas, será el motor y el tamiz por el que pasen todos los demás, tengan que ver directamente con ella o no. A todo esto, también hay algún que otro personaje masculino, como el del gran actor chileno Alfredo Castro, que aquí es el sufrido padre de la muchacha que cumple condena en su casa, o más bien en un cuarto de su casa, ya que ahí es donde está confinada.
Y si bien García sabe cómo sacar el jugo a una situación claustrofóbica, muy apoyado en el trabajo de Castro y de Cassandra Ciangherotti, la película crece mucho cuando sale de esa casa y sigue a otras mujeres a las que les pasa de todo. Desde problemas cotidianos hasta encontronazos definitivos con parientes que, como no podía ser de otra manera, no las entienden. Entonces, así como en el arranque y final el director cuenta con interpretaciones de lujo, el resto del filme es una galería de la crema de la crema del panorama de actrices del cine mexicano actual.
Naian González Norvind, Ilse Salas, Natalia Solián o Mónica del Carmen, por nombrar algunas, demuestran que la fama que tienen no es porque sí y que son actrices que levantan la vara de calidad de cualquier filme. Sin embargo, y como ocurre siempre en los filmes formados por episodios, hay uno que es mejor que todos los demás. Aquí vendría a ser el que protagoniza la increíble Ángeles Cruz, que es la psicóloga de la joven del comienzo, pero que, luego de una sesión con ella, llega a la casa de su madre donde están festejando el cumpleaños de su padre, ya fallecido, pero al que recuerdan todos los años con una cena familiar.
Si hasta el momento el filme transcurrió con profesionalidad y corrección, o incluso con algún que otro destello de verdadero talento y gracia, lo que ocurre en ese encuentro familiar hay que verlo para creerlo. Tanto queriendo como sin querer, los trapitos al sol irán saliendo y lo que parecía una reconciliación termina siendo una verdadera batalla que está entre lo mejor del año en materia cinematográfica. Claro, dirá algún quejoso, lástima que el resto de la película no sea tan genial. Pero es lo suficientemente buena y entretenida para conducirnos hacia ese segmento, que es descomunal. Y si eso no es suficiente, no sé qué puede serlo.
Fabio Penas Díaz

