Conectados

En el marco de un proceso de expansión de la conectividad en todo el país, Antel inauguró recientemente el servicio de fibra óptica en la localidad de pueblo Porvenir, completando la provisión de esta tecnología en todas las ciudades de más de 1.000 habitantes, un hito que consolida a Uruguay como el país mejor conectado de América Latina. Se trata de un logro que trasciende la ingeniería de telecomunicaciones, debido a su impacto social con una cobertura del 96% de la población.

No es que Uruguay sea una “isla” en un continente marcado por la desigualdad y las exclusiones, pero el hecho de que un vecino de Porvenir o cualquier otra pequeña localidad del interior cuente con las mismas posibilidades de transmisión de datos que un residente en el centro de las capitales departamentales o Montevideo representa un avance que no puede pasar desapercibido.

Si bien este despliegue en el territorio es un desarrollo de infraestructura, también tiene valor como política social de gran escala para las nuevas generaciones, algo que quizás próximamente sea incluido como un indicador de bienestar o calidad de vida.

Hoy en día la conectividad condiciona el ejercicio de derechos fundamentales del ser humano, porque el derecho a la educación, la cultura y el acceso a la información nos alcanzan a todos desde el texto de las declaraciones y las leyes, pero no siempre pueden ejercerse en la vida cotidiana de los habitantes del país. Por ejemplo, un joven sin internet en una localidad de contexto rural es un ciudadano con acceso limitado a la educación superior, a la capacitación técnica o la inserción laboral global. En este sentido, la llegada de la fibra óptica cambia las reglas de juego y elimina una barrera al desarrollo que hasta hace muy poco era invisible pero insalvable.

Se trata ni más ni menos que de una herramienta de justicia territorial que podría ayudar a combatir el desarraigo al garantizar las mismas condiciones de conectividad que en los centros urbanos, permitiendo, por ejemplo, optar por estudiar o trabajar a distancia y decidir permanecer en el lugar de residencia sin renunciar a un futuro profesional.

Sin embargo, la democratización del acceso no garantiza la igualdad de oportunidades, y la experiencia internacional advierte que la fibra óptica por sí misma no es suficiente y que servirá de poco si no va acompañada de una estrategia que impacte efectivamente en el territorio.

A pesar del despliegue, tienden a subsistir tres brechas. La primera es la de habilidades o competencias, dado que tener la herramienta no implica necesariamente saber usarla para generar riqueza. En ese sentido, habría que pensar en dinamizar —o crear— los espacios culturales de los pueblos adecuados para desarrollar programas de entrenamiento o reconversión laboral que permitan que la población pueda acceder a mercados más amplios que su propia comarca, a nivel nacional o global, o a empleo en servicios remotos. En Escocia, por ejemplo, el programa Reaching 100% (R100) invirtió 600 millones de libras para conectar al 100% de la población rural. Sin embargo, las evaluaciones de 2025 mostraron que si bien más del 70% de las empresas conectadas mejoraron su productividad, el impacto real fue condicionado por la falta de programas de capacitación. Sin formación en habilidades digitales, la brecha de apropiación persiste.

La segunda brecha tiene que ver con el llamado capital social: la fibra óptica facilita la creación de cooperativas digitales y centros de innovación local, nodos de trabajo compartido donde la comunidad se reúna para innovar, de forma de evitar la fragmentación de los usos individuales y pasivos de la tecnología. La tercera brecha es la de los servicios públicos: incorporar la digitalización de la gestión pública local, porque si un trámite exige el traslado a la capital departamental se está desperdiciando la potencialidad de la red.

Esto implica avanzar en algo que Uruguay ya está implementando con bastante éxito: la digitalización del Estado. En este sentido, la conectividad debe ir acompañada del desarrollo de una identidad digital que permita gestionar trámites, impuestos y hasta servicios de salud telemáticos desde cualquier punto del país. Por otra parte, considerando otros aspectos del cruce entre tecnología y sociedad, habría que tener en cuenta que el despliegue de infraestructura de fibra óptica no puede analizarse ignorando las alarmas que resuenan en el sistema sanitario. Recientemente el Ministerio de Salud Pública ha puesto el foco en la urgencia de estudiar el impacto del consumo digital en menores. Al respecto, existe una preocupación creciente sobre cómo la exposición temprana a pantallas está incidiendo en el desarrollo cognitivo, los patrones de sueño y la estabilidad socioemocional de los niños y adolescentes. Se trata de una faceta que no debería ignorarse: ¿de qué sirve garantizar el acceso universal si no se capacita a las familias y al sistema educativo para gestionar esos riesgos?

Ahora que la conectividad está llegando incluso a los lugares más remotos del país, es necesario educar para promover un uso que no desplace actividades fundamentales para el desarrollo humano, como el juego presencial y la interacción cara a cara. La soberanía digital también implica la protección de nuestras infancias frente a algoritmos diseñados para capturar la atención.

Asimismo, sería interesante y productivo comenzar a ver las localidades rurales como nodos de producción especializada donde el trabajo remoto y las industrias creativas constituyen oportunidades para atraer empresas que busquen entornos de vida equilibrados con la naturaleza, con menores costos e igual conectividad. Ahí el Estado debe otorgar incentivos y programas de capacitación que logren que el talento humano local sea una ventaja competitiva.

Por todo esto, la fibra óptica es apenas una base, un piso para cimentar un protagonismo local y una verdadera descentralización digital, en lugar de trasladar a las pequeñas comunidades rurales nuevas formas de consumo digital y ocio dejando intactas las desigualdades estructurales. Ahora que la fibra óptica fue inaugurada, se hizo la foto y la noticia estuvo en titulares, los municipios, las intendencias, el sector privado y los propios ciudadanos deberán demostrar en el corto plazo su capacidad para que esta autopista digital que corre en los laterales de nuestros caminos vecinales sea también una ruta segura hacia el desarrollo local.

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