Escribe Ernesto Kreimerman: Una guerra costosa y aún sin perspectiva

El ciclo bélico entre Estados Unidos, Israel e Irán avanzó durante meses bajo una lógica de escalada sostenida, marcada por la disonancia entre los hechos militares y la narrativa política. Desde los primeros ataques cruzados, la región quedó atrapada en lo que Clausewitz definía como “la fricción que convierte lo simple en difícil”, un terreno donde la información se vuelve instrumento estratégico.
En ese marco, Donald Trump proclamó en treinta y nueve ocasiones el “fin” de la guerra, ilustrando la advertencia de Hannah Arendt sobre “la vulnerabilidad de los hechos frente a la fabricación del relato”. La distancia entre anuncio y realidad se convirtió en un rasgo estructural del conflicto.

Israel, bajo el liderazgo de Benjamín Netanyahu, primitivo y sin opciones, ni de corto y menos aún de largo plazo, profundizó una estrategia de “presión preventiva” que combinó operaciones quirúrgicas con demostraciones de fuerza destinadas tanto a Teherán como a su propia audiencia interna.
La crítica internacional se intensificó: Emmanuel Macron advirtió que “ninguna democracia puede sostener indefinidamente una guerra sin horizonte político”, Pedro Sánchez subrayó que “la seguridad no puede construirse sobre la negación permanente de soluciones diplomáticas”, y Giorgia Meloni sostuvo que “la estabilidad regional exige responsabilidad estratégica de todas las partes”. Este consenso europeo reflejó un diagnóstico compartido: Netanyahu utilizó la prolongación del conflicto como amortiguador político, erosionando su legitimidad externa y bloqueando cualquier arquitectura de salida. No le ha funcionado ninguno de los intentos torpes para conseguir un indulto. Fracasadas sus propias exigencias, tampoco lo logró la prepotencia y torpeza relacional del presidente Trump, que lo intentó por lo menos dos veces, las dos de manera pública.

Después de eso, Netanyahu lo intentó, siempre a su estilo, y Herzog le recordó que solo puede solicitar el indulto el procesado, en persona, con sentencia firme, para lo cual además de completar el trámite penal debería abandonar su condición de jefe de gobierno.

Del lado iraní, la dinámica no fue menos problemática. Teherán combinó ataques directos con el uso sistemático de milicias delegadas —Hezbolá, los hutíes, las Fuerzas de Movilización Popular—, en una estrategia que Raymond Aron describiría como “guerra por procuración”, diseñada para ampliar el radio de acción sin asumir plenamente los costos. La retórica iraní, presentada como resistencia, encubrió una lógica de poder que instrumentalizó a sus aliados regionales y expuso a poblaciones civiles a ciclos de violencia recurrente.

En este escenario, Estados Unidos osciló entre la contención y la necesidad política de mostrar resultados. Aquí la figura de Henry Kissinger adquiere centralidad analítica: su advertencia de que “los armisticios mal diseñados incuban nuevas crisis” funciona como clave interpretativa del entendimiento anunciado en los últimos días. Lo firmado no constituye un acuerdo de paz, sino una pausa táctica: un documento ambiguo, sin mecanismos verificables y con compromisos elusivos. Su vaguedad refleja tanto el desgaste militar como la urgencia política de presentar un cierre provisional.

El resultado es un alto el fuego frágil, sostenido más por la fatiga estratégica que por una resolución real de las causas del conflicto. La arquitectura regional permanece inestable, con múltiples actores armados, agendas superpuestas y un equilibrio dependiente de decisiones que ninguno de los líderes involucrados parece dispuesto a asumir plenamente.

Como señaló Macron, “la región no necesita silencios armados, sino soluciones políticas duraderas”. Hoy, lo que existe es apenas un silencio condicionado, vulnerable a cualquier detonante y sin garantías de continuidad.

Y Putin…

Putin ha operado en clave oportunista: mantuvo apoyo político a Irán, amplió cooperación militar y explotó la distracción occidental para consolidar posiciones en Ucrania y en el Cáucaso. Su objetivo fue doble: debilitar a EE. UU. en varios frentes y presentarse como actor indispensable en cualquier salida regional. En los hechos, buscó que la inestabilidad ajena reforzara su margen estratégico.

Mediador

Pakistán actuó con ambigüedad calculada: condenó la escalada mientras permitía que sectores de su aparato de seguridad mantuvieran vínculos operativos con redes afines a Irán, buscando preservar margen frente a Washington y Riad sin asumir alineamientos plenos. A ello sumó una mediación de baja intensidad, ofreciendo canales discretos entre Teherán y EE. UU. para evitar una expansión del conflicto hacia Asia del Sur.

Esa mediación, más simbólica que efectiva, le permitió proyectarse como actor responsable mientras administraba sus fragilidades internas y equilibraba dependencias simultáneas con China, el Golfo y Occidente.

A modo de resumen

El conflicto dejó un balance económico adverso: disrupciones energéticas, presión inflacionaria global, desvío de recursos fiscales y encarecimiento del comercio marítimo. Ningún actor obtuvo beneficios estratégicos claros. EE. UU. preservó influencia pero perdió capacidad de conducción; Israel ganó tiempo pero no seguridad; Irán amplió alcance táctico sin consolidar poder. El resultado es un equilibrio inestable, costoso y sin victorias decisivas.

Por su parte, Washington administró el conflicto más que conducirlo: buscó contener la escalada sin lograr imponer un marco de desescalada estable. Su política oscilante reveló límites de influencia y una dependencia creciente de la comunicación política para compensar decisiones incompletas. La advertencia de Kissinger sobre armisticios mal diseñados volvió a ser pertinente ante un cierre frágil y sin garantías.

Netanyahu combinó eficacia táctica con deterioro estratégico. Sostuvo la guerra como recurso político interno y bloqueó cualquier horizonte diplomático. Las críticas europeas —las de Macron, Sánchez, Meloni— subrayaron la falta de proyecto y la erosión de legitimidad internacional. Israel mostró capacidad operativa, pero sin una arquitectura política que transforme victorias militares en estabilidad.
Teherán profundizó su estrategia híbrida: ataques directos, milicias delegadas y retórica de resistencia. Buscó ampliar influencia sin asumir costos plenos, instrumentalizando a sus aliados regionales. Aunque capitalizó la fatiga occidental, expuso fragilidades internas y una dependencia estructural de la escalada controlada como mecanismo de legitimación y proyección regional.

¿Acuerdo o estancados?

La crisis regional llega hoy a un punto de estabilidad negativa: no hay guerra abierta, tampoco un contexto político capaz de sostener la pausa alcanzada.

El entendimiento reciente funciona como contención mínima, no como solución. Las alternativas futuras se reducen a tres: una desescalada negociada que exige voluntad que nadie muestra; una prolongación del statu quo, frágil y costosa; o una nueva espiral de violencia detonada por actores delegados.
El sistema regional sigue sin un ancla estratégica y depende, peligrosamente, de la inercia o del oportunismo.

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