Solicitada: ¿Cambiar la cúpula o cambiar el rumbo?

Hace poco más de un año y tres meses que el doctor Carlos Negro asumió la conducción del Ministerio del Interior. Tiempo suficiente para que la ciudadanía pudiera evaluar resultados. Y lamentablemente, la sensación que recorre barrios, ciudades y pueblos del Uruguay es que la inseguridad no disminuye: crece. Los robos siguen siendo noticia cotidiana, las rapiñas continúan sembrando preocupación, los copamientos aparecen una y otra vez en los titulares y los homicidios parecen haberse convertido en una estadística que ya ni sorprende, aunque jamás debería dejar de conmovernos. Pero si algo refleja el nivel de deterioro al que hemos llegado fue el hecho ocurrido días atrás, cuando un vehículo con cinco personas encapuchadas se dirigió a una boca de drogas y desató una lluvia de balas contra quienes allí se encontraban. El resultado fue aterrador: tres personas muertas, dos gravemente heridas y, hasta el momento, ninguna captura de los responsables. Una escena que parece sacada de una serie sobre carteles mexicanos o de alguna película sobre mafias internacionales. Pero no. Ocurrió en Uruguay, ese país que alguna vez fue presentado como una isla de tranquilidad en la región. Y entonces llega la noticia: se cambia la cúpula policial. Y ahí surge una pregunta tan sencilla como incómoda. ¿La culpa es de quienes ejecutan las órdenes o de quienes las imparten? Porque hasta donde sabemos, los jefes policiales no diseñan la política de seguridad. No definen estrategias ministeriales. No elaboran planes nacionales. No establecen prioridades. Su función es ejecutar los lineamientos que llegan desde arriba. Es decir, cuando un equipo pierde durante más de un año, cuando los resultados empeoran y cuando la sensación de descontrol aumenta, resulta curioso que se cambien los jugadores y nunca el director técnico. La lógica parecería indicar que si el problema es estructural, el análisis debería comenzar por quien conduce la estructura. Pero en Uruguay somos innovadores. Cuando el barco hace agua, cambiamos a quienes sostienen los baldes y dejamos intacto al capitán que trazó el rumbo. Quizás la nueva cúpula policial logre revertir la situación. Todos los uruguayos deseamos que así sea. Porque aquí no hay colores políticos que valgan cuando la vida de las personas está en juego. Sin embargo, también es legítimo preguntarse si este cambio no es simplemente una forma elegante de trasladar responsabilidades. Porque cuando la inseguridad crece, los homicidios aumentan, las bandas narcotraficantes disputan territorios a balazos y los ciudadanos viven cada vez con más temor, llega un momento en que ya no alcanza con cambiar nombres. Lo que la gente reclama son resultados. Y cuando los resultados no aparecen, la pregunta deja de ser quién dirige a la Policía. La verdadera pregunta pasa a ser quién dirige al ministro.

David Doti

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