El ciclo de Marcelo Bielsa en la selección uruguaya arrancó en 2023 con un contrato histórico y un fuerte respaldo de la AUF, pero también con resistencias internas. Salvo al comienzo, tuvo pocos partidarios. El plan tuvo una presentación “pública”, pero no fue realmente un plan: fue un proyecto que avanzó sin respaldos, expuesto a fricciones internas y sin amortiguación política. Nadie, fuera de Bielsa, asoció su nombre al ciclo.
Ni el proyecto deportivo ni, mucho menos, los dos asuntos más opacos en el mundo AUF: poder y dinero. Ni uno ni otro se manejan respetando principios de transparencia pública, algo que las normas deberían corregir a la mayor brevedad.
Contrato y apoyos
El 15 de mayo de 2023, la AUF confirmó a Bielsa como nuevo entrenador de la Celeste. El presidente, Ignacio Alonso, anunciaba que “no contratamos solo a un técnico; contratamos una idea de fútbol que puede modernizar nuestras estructuras” (El Observador). El contrato, cercano a los cuatro millones de dólares anuales —el más alto de la historia del fútbol uruguayo— fue justificado con el argumento de que “Uruguay necesita competir con herramientas modernas, y Bielsa es una de ellas”.
Bandos en pugna
La decisión abrió un intenso debate en el ambiente político del fútbol. El bloque oficialista defendía la apuesta como un salto cultural. Un dirigente cercano a Alonso declaraba que “no se trata solo de ganar partidos; se trata de cambiar la manera en que Uruguay entiende el juego” (El Observador).
En cambio, sectores opositores cuestionaban el costo y la idiosincrasia del rosarino. El debate fue más profundo que lo económico: era una disputa sobre la identidad, entre quienes buscaban modernizar y quienes defendían la tradición.
El debut oficial ocurrió el 8 de setiembre de 2023, con un triunfo por 3-1 sobre Chile en el Estadio Centenario. Bielsa relativizó el marcador: “El resultado es un accidente; lo que importa es la intensidad con que se juega” (El Observador). Esa frase fue interpretada como una declaración de principios: la forma estaba por encima de la estadística.
La dirigencia celebró el triunfo como una validación de su apuesta. Alonso afirmaba que “este partido no es solo un inicio de Eliminatorias; es el inicio de una nueva era para la Celeste”. En las tribunas quedó la sensación de que Uruguay había recuperado frescura y ambición.
Victorias sobre
Brasil y Argentina
El ciclo tuvo momentos de gloria. Uruguay venció 2-0 a Brasil en octubre de 2023 y 2-0 a Argentina en noviembre del mismo año, con goles de Darwin Núñez, Nicolás De la Cruz y Ronald Araújo.
Los jugadores se alinearon con el discurso del entrenador. Tal fue el caso de Federico Valverde, quien afirmaba por entonces que “la intensidad que nos pide Bielsa nos obliga a dar un paso más en cada partido”. La idea dominante era que Uruguay podía competir de igual a igual con las potencias regionales.
Protagonismo y polémicas
En Estados Unidos, la Celeste goleó 5-0 a Bolivia y eliminó a Brasil por penales en cuartos de final, antes de caer en semifinales ante Colombia. Bielsa convocó a Luis Suárez, lo que generó expectativa y debate. El veterano celebró en redes sociales: “Muy feliz y orgulloso de ser parte de una nueva Copa América” (AS.com).
Sin embargo, la interna comenzó a resquebrajarse. Agustín Canobbio denunció públicamente que Bielsa lo responsabilizó de una derrota y lo relegó a entrenar con sparrings (RTVE). La prensa uruguaya habló de un “polvorín” en el vestuario, con jugadores como Valverde y Bentancur cuestionando los métodos de entrenamiento (En Segundos Panamá). Aun así, el tercer puesto fue celebrado como un logro competitivo.
El ciclo de Bielsa fue presentado como un proyecto ambicioso que, pese a momentos de esplendor, terminó opacado por la eliminación y por la propia autocrítica del técnico: “Lo que yo le dejo al fútbol uruguayo es nada, porque sin resultados no hay legado”.
La declaración constituyó un acto de sinceridad poco común que, incluso, preservó su característica y a menudo incómoda parquedad. Cobra especial significación por el momento en que la formuló: apenas terminado el partido que selló la eliminación, todavía bajo la tensión del encuentro, no esquivó el tema. No apeló a la frase hecha —tan repetida que ha perdido valor— de que “el técnico es el responsable”.
Tampoco recurrió a la muletilla habitual con la que suelen cerrarse los fracasos de las dirigencias de la AUF:
- Se reconoce el problema y, con ello, se retira el asunto del foco.
- Se admite la consecuencia, sin analizar qué ocurrió ni por qué ocurrió.
- Se concluye con el ya clásico: “hay que mirar para adelante… y ya está”.
En términos institucionales, el mensaje es otro: no habrá explicaciones, no habrá responsabilidades y no habrá información.
Primero, opacidad: se convierte un problema estructural en un asunto privado, sin someterlo al escrutinio público.
Segundo, impunidad: al no describirse el conflicto, desaparecen los responsables, las decisiones y las consecuencias.
Y tercero, una operación de blindaje dirigencial: desplazar el foco hacia el cuerpo técnico y el plantel, mientras la dirigencia queda al margen de toda evaluación, pese a tratarse de un asunto central de gestión, de cumplimiento de objetivos, de gobernanza y de transparencia en el manejo de los recursos.
Y entonces se impone, casi conspirativamente, una suerte de omertá: se “alinea a todos los patitos”, como se dice en el barrio, en el discurso público. Todo queda reducido a una cuestión interna, sin filtraciones relevantes, reemplazada por versiones difusas, caprichosas y, en general, falsas o fantasiosas; que no es lo mismo, pero es igual.
No se trata, en absoluto, de un error de comunicación. Muy por el contrario, es un mecanismo de autoprotección institucional.
Y fin…
El proyecto Bielsa tenía una arquitectura clara, exigente y coherente. Su cumplimiento parcial o fallido no se explica por debilidades conceptuales del plan, sino por la incapacidad institucional para sostenerlo.
La AUF aceptó un modelo de alta intensidad, autonomía técnica y renovación profunda, pero nunca generó las condiciones políticas, operativas ni comunicacionales para que ese modelo prosperara.
La conducción dirigencial actuó bajo tres lógicas que terminaron erosionando el proyecto.
La primera: la opacidad estructural. La AUF mantuvo su cultura histórica de reserva, silencios y manejo interno de los conflictos. Un proyecto que exige transparencia metodológica y trazabilidad de las decisiones no puede convivir con una dirigencia que opera bajo una lógica de blindaje y control del flujo informativo.
La segunda: la impunidad operativa. La dirigencia no asumió costos políticos, no gestionó las tensiones internas, no protegió al cuerpo técnico y no intervino cuando el clima institucional se degradó. La autonomía técnica terminó convirtiéndose en aislamiento técnico.
La tercera: la incapacidad de sostener un proyecto de ruptura. Bielsa proponía un cambio de paradigma: renovación acelerada, integración vertical, modelo de juego agresivo y una estructura técnica ampliada. La AUF aceptó el discurso, pero no la práctica. El resultado es el que hoy está a la vista.
En síntesis, el proyecto Bielsa no fracasó por Bielsa; fracasó porque la AUF no estuvo a la altura del proyecto que contrató o, sencillamente, porque nadie estaba realmente interesado en que funcionara.
