Escribe: Lic. Yasmin Buono: La pedagogía del cambio

Vivimos un momento en el que miramos una pantalla y nos podemos encontrar con realidades completamente distintas. Por un lado, miles de personas celebran una victoria deportiva mientras, en otro rincón del planeta, un terremoto y cientos de personas intentan comprender cómo la vida puede cambiar en apenas unos segundos. La historia siempre ha sido así, pero nunca habíamos sido testigos de tantas historias al mismo tiempo.
Vivimos informados de los movimientos del mundo, aunque pocas veces nos detenemos a pensar en los movimientos que ocurren dentro de nosotros: el micromundo.

Los temblores internos

La psicología conoce este fenómeno. Una persona puede levantarse siendo la misma de ayer y, sin embargo, sentir que todo su universo interior ha cambiado. Una separación, una pérdida, una enfermedad, una decepción o una noticia inesperada pueden producir un verdadero terremoto emocional. Estos no dejan escombros visibles, pero sí modifican la manera en que miramos la vida.
Desde el modelo cognitivo sabemos que el sufrimiento no depende únicamente de los acontecimientos.
También depende de la historia que nuestra mente construye alrededor de ellos. Cuando aparece una crisis, la mente intenta encontrar explicaciones, culpables y garantías de que nunca volverá a ocurrir. Es un intento noble de recuperar el control, aunque muchas veces termina multiplicando el dolor.
Nos contamos que “esto no debería haber pasado”, que “todo está perdido” o que “si hubiera actuado distinto, nada de esto habría sucedido”. Así, el hecho deja de ser solamente un hecho para convertirse en una identidad, en una condena o en una profecía.

La ilusión del control

Por otro lado, la Terapia de Aceptación y Compromiso propone una mirada diferente. No pretende eliminar la tristeza o evitar el miedo. Nos recuerda que luchar contra toda experiencia dolorosa es como discutir con el clima: podemos enojarnos con la tormenta, pero eso no impedirá que llueva.
Aceptar no significa rendirse. Significa dejar de desperdiciar energía intentando controlar aquello que ya ocurrió para comenzar a decidir quién queremos ser frente a lo que ocurre.

La flexibilidad como fortaleza

Quizá esa sea una de las grandes enseñanzas que comparten tanto la naturaleza como la experiencia humana: la fortaleza no consiste en permanecer inmóviles, sino en desarrollar la capacidad de reorganizarnos después del movimiento.
Los árboles sobreviven porque se balancean con el viento. El corazón late porque alterna contracción y relajación. Existe el movimiento permanente.
Vivimos en una cultura que premia la apariencia de estabilidad. Se espera que seamos productivos, seguros, felices y eficientes casi todo el tiempo. Sin embargo, la existencia tiene otro lenguaje. Nos recuerda, una y otra vez, que cambiar no es un accidente; es la condición misma de estar vivos.

Aprender una nueva manera de caminar

Quizá por eso las noticias que llegan desde cualquier lugar del mundo nos conmueven tanto. No solamente hablan de otros, hablan de nosotros, con una mirada más amplia, nos muestran el movimiento de la existencia. Nos recuerdan que compartimos una misma vulnerabilidad y que, aunque no podamos evitar todos los movimientos de la vida, sí podemos elegir la actitud con la que la atravesamos. (097352937)

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