La ciencia y su partido

Dos por tres aparece algún informe de alguna de las agencias internacionales de noticias o en algún portal que recopila noticias variopintas sobre estudios científicos absurdos, sobre los más diversos temas. Hay incluso un premio que otorga la revista de humor científico Annals of Improbable Research (Anales de la Investigación Improbable), en diez categorías diferentes, que reconocen logros científicos inusuales o triviales "que primero hagan reír, y después hagan pensar". Estudiar qué ocurre en el cerebro de la gente cuando ve una cara reconocible en una tostada, medir el dolor relativo que la gente sufre al mirar una pintura fea, determinar si el ser dueño de un gato puede representar un peligro mental: tales son algunos ejemplos de estudios reconocidos en la ceremonia de 2014 de los Ig Nobel.

Hemos incluso presenciado desde esta orilla la discusión por los recortes presupuestales a las universidades públicas en Argentina, que han tenido como uno de los argumentos fuertes lo poco relevante del aporte al conocimiento de algunos estudios en los que se analizaban, por ejemplo, las películas Star Wars, El Rey León, revistas de Anteojito y hasta canciones de Ricardo Arjona, todas objeto de investigaciones desarrolladas en el área de estudios culturales, cuestionadas durante la década pasada por supuesta falta de seriedad, por más que se tratase de productos culturales y, como tales, pasibles de ser puestos bajo la lupa en esa área de investigación.

Pero, aunque la ciencia sigue ocupándose de asuntos relevantes, por supuesto, no por ello ha quedado al margen de la polémica. El cambio climático, y en especial el rol de la humanidad en este proceso, es un tema de recurrente discusión que ha tenido protagonistas de peso en la controversia, con negacionistas que han ocupado puestos tan encumbrados como la presidencia de los Estados Unidos. Donald Trump ha sido uno de los más férreos opositores a la teoría que sitúa el origen de las transformaciones climáticas en la acción humana. Del otro lado ha habido otros encumbrados políticos estadounidenses, como Al Gore, vicepresidente durante el período de Bill Clinton, quien tras su paso por la Casa Blanca se volvió activista ambiental y fue uno de los principales voceros para que cobrara relevancia global, a partir del documental Una verdad incómoda (2007), premiado con un Oscar.

Incluso Uruguay ingresó lateralmente en esta controversia a través del Instituto Nacional de Carnes (INAC), que contrató durante el pasado período de gobierno a Frank Mitloehner —director del Clear Center, profesor del Departamento de Ciencia Animal y Calidad del Aire en Extensión Cooperativa—, quien ha sido señalado por organizaciones animalistas y ambientalistas de estar financiado por la industria cárnica estadounidense. El investigador es autor del libro Contribuciones del ganado al cambio climático: hechos y ficción, en el que sostiene que es un error señalar a la industria cárnica como responsable del cambio climático —por la generación de metano en el proceso digestivo de los animales— y que, en cambio, "la agricultura animal es un camino hacia la neutralidad climática y una herramienta en nuestra lucha contra el cambio climático global". Sus detractores consideran que sus estudios contemplan datos incompletos para minimizar los impactos ambientales de la ganadería.

Pero si de daño a la atmósfera hablamos, quién no ha escuchado hablar o leído sobre el “agujero de ozono” formado a mediados de los años ’80 y que durante más de 30 años fue la causa de millones de casos de cáncer de piel. Poco después de descubierto este fenómeno, todos los dedos de la ciencia señalaban a los clorofluorocarbonos (CFC) ampliamente utilizados en la industria como el gran causante de la catástrofe global. De inmediato se obligó prohibió el uso de CFC en aerosoles, la industria frigorífica, y en millones de productos donde se utilizaba, obligando a multimillonarias inversiones para adecuarse a la nueva normativa.

Pues bien, 40 años más tarde supimos que todo eso fue una exageración de algunos estudios científicos que fueron tomados como la verdad revelada, y que el culpable era un producto químico que ya se había dejado de utilizar en 1970: el tetracloruro de carbono. Para colmo, el susodicho “agujero” se había formado años antes, posiblemente en 1957, pero como en esa época no había instrumentos para medirlo, recién fue descubierto en 1985.

En otro ámbito, recientemente hemos visto otra discusión sobre el verdadero impacto de los microplásticos. En los últimos años se popularizaron afirmaciones impactantes: una de ellas, que cada persona ingiere semanalmente el equivalente al peso de una tarjeta de crédito —unos cinco gramos—, y que el cerebro acumula el equivalente a una cucharada de esas partículas. Estas cifras recorrieron el mundo y se reprodujeron por doquier. Sin embargo, una revisión de la literatura científica mostró que las dos procedían de estudios muy cuestionados, en algunos casos por sus propios pares.

Lo de la tarjeta de crédito nació de un informe encargado por la prestigiosa organización ambientalista WWF en 2019, elaborado por la Universidad de Newcastle, que no se basó en mediciones directas, sino en la combinación de varios estudios menores con métodos, definiciones y tamaños de muestra distintos, lo que hace científicamente problemático derivar de allí una cifra global. Además, los cinco gramos se mencionaban como el extremo más alto de un rango estimado que iba de 0,1 a 5,5 gramos. Se eligió difundir el dato más alarmante posible. Luego se revirtió con un trabajo publicado en la revista científica ScienceDirect, que concluyó que la estimación original sobreestimaba la ingesta de microplásticos, en la medida en que asumía que el agua potable de todo el mundo tendría la misma concentración de partículas que las muestras del océano utilizadas para el estudio, y sin filtración de por medio. Increíblemente, las estimaciones más recientes y serias sitúan la ingesta en un volumen "más cercano al de un grano de sal por semana que al de una tarjeta de crédito". La otra cifra, la de la cucharada, de febrero de 2025, integra un estudio publicado en la prestigiosa revista Nature Medicine, que vinculó la ingesta de microplásticos con demencia, infartos y otras patologías. El estudio fue también objeto de controversia y rebatido por especialistas en técnicas de medición, quienes publicaron una réplica en la misma revista, argumentando que el trabajo "tenía escasos controles de contaminación y falta de pasos de validación", lo que volvía poco confiables las concentraciones reportadas. Estos dos estudios alarmistas tienen evidentemente un efecto adverso al supuestamente pretendido, haciendo pensar que no existe un problema con los microplásticos, por más que sí lo existe, solo que no en las dimensiones que reportaron.

A estos casos mencionados podemos sumar otras situaciones en las que estudios que presumen de científicos esconden problemas de relevancia en temas ambientales o de salud pública.

El efecto secundario al que nos exponemos como sociedad es una pérdida de confianza, o al menos de relevancia, en la información científica desde los ojos de la opinión pública. Esta es una barrera que no deberíamos permitirnos atravesar y que debería ser motivo de un sinceramiento universal del sistema científico.

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