Milei no conoce límites

Itamaraty, una Cancillería moderna y multilateralista.

(Buenos Aires – Santiago de Chile. Por Horacio R. Brum)

El domingo 26 de julio, como tantos otros asistentes a la Exposición Rural de Palermo, el hombre y su hija pasaban frente a las cabinas-estudio que algunas radios instalaron cerca de la entrada principal del predio, para hacer transmisiones en directo. De improviso, un individuo que estaba siendo entrevistado en una de esas cabinas comenzó a señalar al pasante a través del vidrio, mientras le dirigía todo tipo de insultos y acusaciones infundadas de haber robado al país. El hombre, que se enteró del ataque solamente porque su hija se lo hizo notar, es un cabañero que fue diputado, presidente de la Unión Industrial y funcionario de los gobiernos de los presidentes Eduardo Duhalde y Alberto Fernández; actualmente integra el Frente Renovador, uno de los partidos de la oposición parlamentaria al presidente Milei. El sujeto que lo increpó violentamente desde el estudio de radio es precisamente el presidente de la República Argentina…

¿No se dan cuenta que este hombre no está bien?, se preguntó en un editorial del semanario Perfil Jorge Fontevecchia, uno de los periodistas detestados por el mandatario y de los pocos que han tenido el coraje de desafiarlo ante la justicia. En esa columna, Fontevecchia se refirió también al “monumental desastre diplomático” provocado por el inquilino de la Casa Rosada un día antes en Brasil, al participar en un acto de apoyo a Flávio Bolsonaro, el hijo del expresidente y golpista condenado Jair Bolsonaro, quien pretende ser el rival de Lula da Silva en las elecciones presidenciales de octubre.

Sin siquiera notificar al gobierno brasileño de su visita, Milei se presentó en San Pablo, donde fue homenajeado por el gobernador bolsonarista Tarcísio de Freitas como si estuviese en una visita de Estado, en la compañía de su hermana-secretaria general de la Presidencia, el ministro de Relaciones Exteriores Pablo Quirno y el cónsul general en la capital paulista, Luis Kreckler. Al hablar ante la convención del partido de Bolsonaro, el jefe del Ejecutivo argentino pronunció su usual andanada de insultos contra la izquierda, trató de ladrón y presidiario al presidente de Brasil y dirigió otros epítetos insultantes al juez de la Corte Suprema que rechazó su pedido para visitar a Bolsonaro padre, quien está condenado a 27 años de prisión por su intento de golpe de Estado.
La manifestación de desagrado de las autoridades de Brasilia fue inmediata: la convención bolsonarista fue un sábado y el domingo por la noche el embajador argentino tuvo que ir al palacio de Itamaraty –la sede de la Cancillería–, para recibir del ministro de Relaciones Exteriores el repudio por las manifestaciones de Milei. El mismo día viajó desde Buenos Aires el representante diplomático brasileño, llamado a consultas en su país, en un gesto de descontento que no se había dado por parte de Itamaraty durante varias décadas.

Aunque algunos miembros del gabinete de Lula da Silva reaccionaron airados, el propio presidente dio instrucciones de no ponerse a la altura del lenguaje de Milei y cuando en una conferencia de prensa se le consultó al respecto, respondió con ironía: “¿Quién es ese tipo?” No obstante, algunos medios de comunicación de Brasil dijeron que en en el oficialismo Javier Milei es conocido como “o capanga de Trump”. El capanga o capataz era el personaje más ruin de las antiguas haciendas esclavistas; servil al patrón, abusaba de los más débiles al sentirse protegido por éste, pero también podía ser un cobarde frente a los más fuertes que él.
Según los analistas brasileños, lo que dio un carácter más grave a los exabruptos de Milei fue que cuando los pronunció fueron celebrados por su ministro de Relaciones Exteriores y por el cónsul general en San Pablo. Llamó la atención, sobre todo, el respaldo del cónsul Kreckler, uno de los pocos diplomáticos de carrera del entorno presidencial, con experiencia en el manejo de las relaciones internacionales bajo varios gobiernos. Para la Fundación Getulio Vargas, que lleva el nombre de ese presidente populista brasileño y se especializa en formar cuadros para la política y la economía, Quirno y Kreckler dieron con su presencia un carácter institucional al intervencionismo en favor de Flávio Bolsonaro. Oliver Stuenkel, uno de los estudiosos de las relaciones internacionales de la Fundación, dijo a la prensa argentina que Milei “estuvo con el jefe de la diplomacia argentina. Esto dificulta el trabajo típico de los diplomáticos, que es preservar algo cuando los presidentes usan una retórica un poco más radical”. Por otra parte, Bolsonaro hijo puede haber cometido un error estratégico, sostuvo el diario O Globo, porque “Argentina no es uno de los preferidos de la opinión pública brasileña, principalmente después de la Copa del Mundo”.

La referencia al Mundial de Fútbol es pertinente, porque algunas actitudes de la Selección argentina desataron muchas críticas y rechazos que, al ser deformados y amplificados por las redes sociales, dieron el pretexto al gobierno y a un sector del periodismo de Buenos Aires para hablar de una supuesta campaña antiargentina. En su estilo usual, el presidente salió al paso de las críticas con una panoplia de insultos y emitió un decreto que facilita la persecución legal de los extranjeros visitantes o residentes que hablen mal del país, sus instituciones o sus símbolos. Esto mantuvo vivo en los medios de Brasil el episodio de San Pablo y el diario O Estado, cuya línea editorial no es en absoluto izquierdista, tituló la nota sobre el tema: “En busca de un enemigo externo, Milei apuesta al enfrentamiento con Lula y a la expulsión de los extranjeros de Argentina”.
Al poner sus fichas en la candidatura presidencial de Flávio Bolsonaro, el presidente argentino aspira a continuar con su proyecto de encabezar un bloque de gobiernos derechistas latinoamericanos, afín a Donald Trump. Sin embargo, el escenario no es el mismo para todos los países donde la derecha ha llegado al poder recientemente. En Perú, Keiko Fujimori debe cuidar sus pasos frente a un Congreso que ha demostrado de sobra su capacidad para voltear presidentes y tampoco puede permitirse alterar sustancialmente la relación económica con China, simbolizada en el megapuerto de Chancay, construido con los capitales de Pekín para concentrar el intercambio comercial marítimo desde la costa sudamericana del Pacífico. En Ecuador y Bolivia, las organizaciones de raíces indígenas desafían con frecuencia los cambios económicos y políticos que intentan realizar los mandatarios; en este último país, el gobierno de La Paz no puede contrarrestar la influencia del expresidente Evo Morales, pese lo tiene como prófugo de la justicia.

Abelardo de la Espriella asumió la presidencia de Colombia apenas una semana después de que la autoridad electoral concedió la personería jurídica a su movimiento político; no tiene mayorías propias en el Congreso, la guerrilla izquierdista no se ha desmovilizado totalmente y el narcotráfico continúa siendo una amenaza a la seguridad nacional.
En cuanto a Venezuela, Trump mantiene en el gobierno a los antiguos socios de Nicolás Maduro y guarda las distancias con la presidenta electa María Corina Machado, quien antes lo aduló de todas las maneras posibles, en la creencia de que, una vez caído Maduro, se le iba a entregar el mando del país.

El Chile dirigido por José Antonio Kast iba a ser una piedra fundamental en el proyecto de la Latinoamérica derechista imaginado por Milei, pero desde el comienzo de la gestión de ese político conservador se plantearon las diferencias de estilo. “José Antonio es un caballero”, afirmó, para destacar esas diferencias, la directora de Latinobarómetro, una de las principales empresas nacionales de encuestas. Si bien hay un interés en mantener buenas relaciones con Washington, la última arbitrariedad arancelaria de Trump (que significó aumentar a 12,5% la tasa para el ingreso de las exportaciones chilenas) determinó que la Cancillería pidiera explicaciones al embajador de Estados Unidos por sus críticas a las opiniones sobre el tema emitidas por dos ministros chilenos. Además, en la última semana de julio y mientras se producía ese roce, Kast recibió en La Moneda al embajador de China, para conversar sobre su viaje a ese país en noviembre, así como de la visita este mes a Pekín del ministro de Relaciones Exteriores Francisco Pérez Mackenna.

Pérez Mackenna, que estuvo hace unos días en Brasil para estrechar los lazos con el principal socio comercial en la región y tratar proyectos comunes, como el corredor bioceánico, estableció recientemente en una entrevista radiofónica otra diferencia con la Argentina de Milei: “Nosotros no tenemos ideologización de la política exterior, tenemos pragmatismo”. La Moneda tampoco puede acompañar el alineamiento absoluto con el gobierno israelí que mantiene la Casa Rosada, debido a que la comunidad de descendientes de palestinos es muy influyente en ámbitos que van desde la economía y la política hasta la cultura de Chile. Por otra parte, esta semana el ministro de Defensa afirmó que la integración al Escudo de las Américas, la alianza policial-militar inventada por Donald Trump y a la que Buenos Aires adhirió rápidamente, será estudiada “priorizando el interés nacional”.
Bajo cualquier gobierno, Santiago conserva unas políticas de Estado que mantienen a Chile fuera de los alineamientos automáticos. Itamaraty, en Brasil, y el Palacio San Martín, en Argentina, fueron antes las cumbres de la diplomacia latinoamericana; desde la época del kirchnerismo en el gobierno, la Cancillería argentina ha perdido calidad profesional, en tanto que el ministerio de Brasilia ha convertido a su país en un actor a tener en cuenta en la escena internacional. Lula da Silva, con pasta de estadista, y Javier Milei, que busca la notoriedad a fuerza de insultos, simbolizan esa evolución de las respectivas diplomacias.