El secretario general de las Naciones Unidas, António Guterres, pronunció su último discurso frente a los líderes mundiales. En ese último mensaje dejó una alerta sobre un mundo en plena reconfiguración del poder, entre Estados, corporaciones y máquinas. Hizo un balance de los diez años que han caracterizado su mandato, “marcado por la multiplicación de guerras, las crecientes divisiones geopolíticas, la desigualdad con múltiples rostros y la crisis climática, centrando su mensaje en la reconfiguración del poder mundial”, destacó la página oficial de la ONU.
Lo cierto es que, además de todo ello, Guterres dejará a la ONU en su punto más bajo de credibilidad y de relevancia desde su creación en 1945, con la idea de que fuese el ámbito en el que se dirimiesen las diferencias entre las naciones y se trazasen los caminos de entendimiento hacia un futuro en el que la humanidad encontrase coincidencias. Los líderes de esas mismas naciones se han encargado en los últimos tiempos de socavar a la institución, símbolo del multilateralismo, en pos de sostener posicionamientos nacionalistas y ultranacionalistas que están llevando al mundo a una tirantez que no se vivía desde hace más de 40 años. Pero esto, como se ha dicho, no ha sido culpa de Guterres, que ha intentado llevar las riendas de una organización en declive sin apartarse de sus postulados fundacionales y remando a contracorriente de los dictados de una potencia mundial que, viendo amenazado su liderazgo, opta por cerrarse y apartarse del rumbo que trazó. Porque no es ninguna casualidad que la sede de la ONU esté donde está.
“Estallaron guerras con consecuencias devastadoras y se prolongaron con una crueldad despreciable”, afirmó Guterres en un mensaje que no quiso que fuese visto como una despedida ni como una suerte de legado. “Se atacó a civiles. Se pisotearon los derechos humanos. Se utilizó el hambre como arma. Se mató a los trabajadores humanitarios. Y se dejó de lado el derecho internacional”, pronunció.
Estas guerras han sido apenas parte de los cambios que marcaron estos diez años al frente de la ONU.
“Las divisiones geopolíticas se han profundizado. Las desigualdades se han intensificado. La confianza se ha deshilachado. La crisis climática pasó de ser una advertencia lejana a una realidad cotidiana. Y la inteligencia artificial avanzó a una velocidad que ha dejado desconcertados incluso a quienes la crearon”, dijo. Guterres considera que no se trata de crisis separadas, sino de capítulos de la misma historia: “la historia del poder”.
El secretario transmitió una visión de “cómo el poder está siendo reconfigurado de tres maneras fundamentales”, con el surgimiento de nuevos centros de poder económico, político y tecnológico, la transferencia de poder de los gobiernos a un puñado de corporaciones e individuos, y la creciente delegación en las máquinas de nuestra capacidad de decisión.
El reto más importante, considera, está en que las instituciones internacionales no se han adaptado a estas nuevas realidades. Han quedado en un formato del pasado. De hecho, ahora mismo podemos ver en las imágenes que llegan desde la Asamblea que poco ha cambiado en esa dinámica, apenas la calidad del video, que ahora es en color y 4K.
“En el preciso momento en que la humanidad afronta una convergencia de amenazas sin precedentes, nuestros mecanismos de acción colectiva soportan una tensión creciente”, expresó. A continuación, dibujó un escenario de un mundo dividido, en lo que él ha llamado la Gran Fractura. Dos bloques rivales, con una separación económica, tecnológica y de seguridad. Sin embargo, para el secretario, no se trata necesariamente de un escenario definitivo, sino que, en cambio, se puede avanzar hacia un mundo multipolar interdependiente, lo que requeriría un sistema multilateral centrado en la ONU.
“De cara al futuro, nuestro porvenir estará determinado por cómo abordemos cuatro grandes pruebas del poder: El poder sobre la guerra y la paz. El poder que concentra la riqueza e impulsa la desigualdad. El poder que alimenta el caos climático y la guerra contra la naturaleza. Y el poder desatado por la inteligencia artificial”, enumeró.
Guterres abogó una vez más por garantizar la paz y la seguridad en Gaza, Ucrania, Sudán y Myanmar, y reclamó defender la Carta de la ONU. Insistió en pedir una reforma del Consejo de Seguridad y calificó de “injusto e indefendible” que África siga sin tener un asiento permanente. Además, se refirió al cambio climático, al que definió como “en muchos sentidos, el desequilibrio de poder intergeneracional más profundo de todos. Una generación consumiendo el futuro de la siguiente. Un grupo beneficiándose, mientras quienes menos responsabilidad tienen sufren primero y peor”.
Pidió, al respecto, a todos los gobiernos adoptar planes nacionales para abandonar progresivamente los combustibles fósiles, alinearse con el objetivo de sostener el calentamiento en 1,5 °C respecto al clima previo a la Revolución Industrial, y proteger a los trabajadores y las comunidades afectadas.
En relación con el avance de la inteligencia artificial, Guterres pidió avanzar hacia un marco multilateral de gestión de riesgos con supervisión independiente y afirmó que las decisiones de vida o muerte no deben entregarse nunca a las máquinas.
Con todavía 100 días antes de despedirse de su mandato, y sin que aún se conozca quién le sucederá en el cargo, Guterres cerró su alocución despidiéndose de la Asamblea General y asegurando que, esté donde esté, seguirá defendiendo la paz y los valores de la Carta de la ONU: “no me rendiré nunca”.
Pese a que posiblemente esta década en la que le ha tocado ejercer la secretaría sea recordada por el fuerte declive de la incidencia de la Organización, y aunque no se le pueda decir “misión cumplida”, de ninguna forma podría achacársele esta situación, de la que al fin y al cabo no ha dejado de dar avisos.

Sé el primero en comentar