Diversidad en la cultura: menos varones y más justicia

Es necesario, urgente y justo que Uruguay asegure por ley un 30% mínimo obligatorio de presencia artística de mujeres y disidencias en todos los escenarios financiados por el Estado.
Vivimos en un mundo globalizado, con tendencias culturales que nos llegan de todos lados y nos atraviesan. Frente a esa ola homogeneizadora, la única trinchera real es defender nuestra identidad y nuestra diversidad cultural. No podemos dejar que el mercado global decida qué se canta y quién canta en nuestros pueblos.
La cultura y la sociedad interactúan constantemente. El escenario es un espejo que refleja la diversidad de una comunidad y cómo la sociedad influye en esa cultura con sus decisiones. Esta relación entre lo que pasa arriba y abajo del escenario está en constante transformación, por eso el Estado no puede seguir financiando un reflejo distorsionado que invisibilice a la mitad de su población

EL PROYECTO DE LEY

Nació a finales de 2021 impulsado por el colectivo Mydmus (Mujeres y Disidencias en la Música Uruguaya) y Más Músicas Uruguay, tras constatar que la participación de mujeres, identidades trans, travestis y no binarias en escenarios con apoyo público era inferior al 8%. Esa exclusión evidenció que no se debía a talento ya que mujeres y disidencias son mayoría en los ámbitos de estudio, sino a un obstáculo estructural en las contrataciones. La propuesta inicial pedía paridad del 50%, luego se consensuó el piso del 30% actual. Defendido por la izquierda y respaldado por artistas como Mónica Navarro, Ana Prada, Rossana Taddei, Maia Castro, Flor Sakeo y Samantha Navarro, entre otras, obtuvo media sanción en Senadores en agosto de 2026 con 16 votos del Frente Amplio y 14 en contra de la coalición multicolor. Hoy espera su aprobación en Diputados; un paso de justicia que debe darse.
Como artista y varón quiero sumar mi voz, desde estos espacios y desde los escenarios, amplificando la lucha. No se trata de hablar por ellas, sino de conectar con las compañeras músicas y las disidencias que sostienen este reclamo desde el territorio. Es momento de ponernos a la par y exigir que Uruguay regule la grilla de los espectáculos.
Las gestiones culturales nacionales, departamentales y locales deben generar un vínculo integrador con la sociedad para tener un impacto real a través de la cultura. Esto exige leyes y políticas que no se escriben entre cuatro paredes, sino respaldadas en los movimientos sociales. Solo valorando nuestras identidades e impulsando estos cambios desde el Estado, el escenario será motor de una sociedad más justa, inclusiva y equitativa.
Vas a cualquier festival del interior, sostenido con plata de las intendencias o del Estado: armamos infraestructura, luces, sonido, pagamos cachés... y cuando mirás para arriba, ¿qué ves? Casi todos somos varones. Uno atrás del otro. Más del 90% de los artistas que banca la sociedad son varones. Hay que dejar espacio a otros sectores.
No es que no haya compañeras e identidades disidentes que canten, toquen o compongan. Hay, y buenísimas, con nivel técnico altísimo. Lo que pasa es que la cultura de la contratación hizo del escenario un monopolio de varones, invisibilizando el legado de pioneras como Amalia de la Vega o Lágrima Ríos, cuyas herederas hoy encuentran las puertas cerradas en los espectáculos.
Esta injusticia en la distribución del presupuesto público impacta en la comunidad, porque lo que pasa arriba del escenario después baja. Cuando una sociedad ve a sus músicas e identidades trans y no binarias liderar los espectáculos públicos, el mensaje de igualdad impacta en la casa, la escuela y el trabajo.
DIVERSIDAD CULTURAL
La diversidad cultural no es una consigna bonita. Es la base de toda democracia, pero es cáscara vacía si las grillas siguen monopolizadas por un solo género. Como dice la Unesco, la diversidad es patrimonio común de la humanidad; para que sea real debe reflejarse en esta ley. Garantizar un piso de representación es reconocer que somos plurales y que en un mismo pueblo conviven distintas identidades y formas de cantar que merecen el mismo espacio.
Las leyes solas no funcionan. No basta con redactar una norma si no hay equipos progresistas comprometidos en la trinchera diaria, que dejen de administrar la cultura como un trámite frío y la gestionen en contacto directo con la ciudadanía.
Tenemos que ser más los varones sumando voces, principalmente quienes trabajamos en el arte, asumiendo la responsabilidad de mirarnos hacia adentro y entre pares con autocrítica buscando no perpetuar más estereotipos desde nuestros lugares, corrernos del centro y practicar un silencio estratégico que amplifique el reclamo de las trabajadoras. El compromiso de un aliado no es dar lecciones, sino ponerse a disposición para compartir los mismos derechos, oportunidades y salarios con respeto mutuo.
Lo primordial es que este proyecto se apruebe en Diputados para ser ley. El Frente Amplio cuenta con 48 votos de los 99 totales, por lo que precisará apoyo de otros partidos para que esta herramienta exista. Aprobarla es un paso hacia una sociedad más justa. No es una cuota, es una deuda histórica.
No hay revolución cultural sin las compañeras y disidencias al frente. Durante siglos nos subimos los varones a cantar la historia que quisimos. Ahora el escenario debe cantar la historia que falta: la de las compañeras silenciadas y las disidencias perseguidas.
Un Estado que financia con fondos del pueblo y solo muestra a unos pocos, no hace cultura. Hace privilegio.
Como cantaba Mercedes Sosa, ya es hora de que estén “todas las voces, todas”.
Pablo Miranda Ponce
Artista Nacional

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