Intolerantes en grado extremo, en perjuicio de sus propias causas

En un mundo globalizado ya desde hace bastante tiempo, sometido ahora a la incertidumbre del rumbo pos-pandemia en una serie de áreas, muestra sin embargo en prácticamente todos los países una reafirmación de la intolerancia, los estigmas y la imposición del discurso único, de lo políticamente correcto, por parte de organizaciones activistas y potenciado por las redes sociales, particularmente.
¿Estamos pues ante una batalla que se está inclinando a favor de los fundamentalistas, de los mejor organizados, de los que “copan” las redes sociales y los foros, las discusiones? Pues todo parece indicar que sí, si es que quienes abogan por la libertad de expresión, las libertades individuales, siguen desorganizados y actuando desde su soledad, por más que quienes así piensan y actúan son que quienes hacen un gran despliegue de omnipresencia y pretenden arrasar con todo pensamiento diferente.
Esta intolerancia no es patrimonio de ninguna ideología, en realidad, y se manifiesta por derecha y por izquierda, solo que responde a un patrón único de desprecio por la opinión de los demás y considerar que el que piensa distinto es un enemigo al que hay que callar o destruir por esta causa.
Recientemente se divulgó una carta contra “intolerancia y el ostracismo” firmada por J.K. Rowling y otros intelectuales y artistas como Noam Chomsky y Margaret Atwood, que expresaron su preocupación por lo que ocurre en Estados Unidos, pero que por extrapolación corresponde extenderla urbi et urbi, más allá de matices sobre la gravedad de la problemática y la visión ideológica en determinados temas de quienes la suscriben.
Es así que unas 150 personalidades se mostraron preocupadas por la “intolerancia hacia las perspectivas opuestas, la moda de la humillación pública y el ostracismo” que está ganando fuerza en Estados Unidos, incluido el lado más progresista del espectro político.
Los firmantes publicaron en la revista Harper’s una carta en la que aplauden el “necesario ajuste de cuentas” que se está produciendo tras las protestas antirracistas y las demandas de igualdad e inclusión, pero también denuncian que eso “ha intensificado una nueva serie de actitudes morales y compromisos políticos” que debilitan el debate público.
“El libre intercambio de información e ideas, que son el sustento vital de una sociedad liberal, está cada día volviéndose más estrecho. Aunque esperábamos esto de la derecha radical, lo censurador se está extendiendo más ampliamente en nuestra cultura: la intolerancia hacia las perspectivas opuestas, la moda de la humillación pública y el ostracismo, y la tendencia a disolver asuntos complejos de política en una certitud moral cegadora”, escribieron.
Los intelectuales señalan que cada vez es más frecuente escuchar llamadas a imponer “represalias rápidas y duras en respuesta a lo que se percibe como transgresiones del discurso y el pensamiento”, y sostienen que lo “perturbador” es que los líderes institucionales están dando castigos desproporcionados en lugar de reformas meditadas.
Los firmantes destacaron que las “fuerzas de la intolerancia están ganando fuerza en todo el mundo”, en tanto argumentan que la restricción del debate, ya sea por parte de un gobierno represivo o una sociedad intolerante, perjudica a quienes tienen menos poder y reducen la capacidad de participación democrática.
Destacan asimismo que la confrontación de ideas se debe dar “exponiendo, argumentando y convenciendo, no intentando silenciar o apartando. Rechazamos cualquier falsa elección entre justicia y libertad, que no pueden existir la una sin la otra. Como escritores necesitamos una cultura que nos deje espacio para experimentar, tomar riesgos e incluso cometer errores”, sostuvieron.
Los intelectuales, entre los cuales figuran asimismo Francis Fukuyama, Salman Rushdie y Fareed Zakaria, enarbolaron la necesidad de proteger la posibilidad de “discrepar de buena fe sin (enfrentar) duras consecuencias profesionales”.
En tanto en la vecina Argentina, se ha dado en las últimas horas un caso de ribetes tragicómicos, pero que revela la escasa diferencia que se genera entre lo serio y el ridículo cuando quienes defienden determinadas causas justas, como la lucha contra la discriminación racial, caen en groseros fundamentalismos y se esfuerzan por identificar en cada hecho, cada detalle, cada palabra, una ofensa hacia los ideales que de buena fe asumen defender.
El lunes 6 de julio, para recordar los 49 años de la muerte del reconocido músico estadounidense Louis Armstrong, en Polémica en el Bar (canal América TV), el humorista uruguayo Álvaro Navia hizo una imitación del famoso músico de raza negra, pintándose además la cara con maquillaje de ese color, como se ha hecho en todo el mundo durante décadas sin que nadie se rasgara las vestiduras por esta causa, como tampoco se ha hecho por una caracterización similar de Otelo, por ejemplo. Sin embargo, la personificación de Navia, que cantó una canción relacionada con la pandemia de coronavirus, resultó criticada duramente por quienes consideraron que pintarse así era un intento de estigmatización y discriminación racial, por lo que el programa y el artista fueron objeto de cuestionamientos con acusaciones de racismo.
“La técnica conocida como ‘blackface’ (o pintarse la cara de negro) es uno de los procedimientos racistas más feroces; un recurso ya abandonado en la mayoría de las escuelas y los medios. Sin embargo, en cierta TV argentina, aún es posible. Y con seguridad, sin consecuencias”, manifestó el periodista Franco Torchia en su cuenta de Twitter, junto a una imagen de la caracterización de Navia en el programa conducido por Mariano Iúdica.
También la oenegé Asociación Diáspora Africana en la Argentina (Diafar) repudió la imitación de Navia. En la cuenta de Facebook de la oenegé se publicó un texto titulado “Racismo en el bar”.
Allí, se detalla: “¿Qué es el ‘blackface’? Esta práctica tiene sus orígenes en el siglo XIX, cuando en representaciones teatrales, algunos actores se pintaban la cara de negro para representar a individuos de origen africano, normalmente exagerando sus rasgos o su forma de hablar”, y acota más adelante que “el ‘blackface’ es una práctica elitista, racista, estigmatizante y humillante para con la comunidad afrodescendiente y africana. Pero por sobre todo contraria a los valores de una sociedad que se pretenda democrática, inclusiva y respetuosa de los derechos humanos”.
Ahora, la pregunta del millón es cómo se caracteriza o imita a una personalidad de raza negra o afrodescendiente, por utilizar el eufemismo, sin el ingrediente fundamental de colorear la cara, de la misma forma que por ejemplo se hace con Trump incorporando su famoso flequillo, o con los rasgos típicos de tantos personajes, para no herir supuestas sensibilidades. Imaginemos que de tomar como válido este absurdo, en Uruguay nos quedamos nada más ni nada menos que sin dos de los principales personajes de las Llamadas y los desfiles de Carnaval: la Mama Vieja y el Gramillero, que siempre fueron caracterizados como de raza negra, aunque los actores no lo sean. ¿Y cómo habría que representar a Ansina, el fiel compañero de Artigas en los actos escolares?
Es decir, estamos ante brotes de fundamentalismos exacerbados que en realidad lo que logran es bajarle puntos y seriedad a la causa que se ha abrazado. Una muestra más de la dictadura de lo políticamente correcto que se ha instalado en todas las sociedades del mundo (libre, claro está: en las dictaduras de izquierda paradójicamente esta regla no corre), y que lejos de lograr mayor integración y justicia social, multiplica los odios, la violencia y la intolerancia, al tiempo que las libertades individuales y de pensamiento se ven cada vez más restringidas por la turba de las redes sociales. Una mala señal que presagia tiempos oscuros para la humanidad, donde el pensar distinto o expresar cualquier cosa que ose enfrentar los principios morales de las redes inmorales, puede costar muy caro.