Enseñar a nadar debe ser política de Estado

“Ahogamiento” se define como “el proceso de sufrir dificultades respiratorias por sumersión/inmersión en un líquido, con resultados que se clasifican en: muerte, morbilidad y no morbilidad”.
Se estima que en el mundo mueren 320.000 personas cada año por ahogamiento. De hecho, es la tercera causa de muerte por traumatismo no intencional en el mundo y suponen un 7% de todas las muertes relacionadas con traumatismos, según datos que presentó la Organización Mundial de la Salud este año, en concreto el 3 de febrero de 2020. Por supuesto que estas cifras son menores en comparación con los datos que pone sobre la mesa la pandemia a cada momento, pero no deja de ser una realidad que está allí, siendo un problema que no se termina de asumir como una prioridad.
Especialmente nuestro país es el de mayor tasa de ahogamientos de Latinoamérica, con casi 4 ahogados cada 100.000 habitantes, según datos de un informe anterior de la OMS, del año 2014. Se puede argumentar que tal vez haya un subrregistro o no haya en los demás de la región tanto celo como en nuestro país por llevar esta cuenta, pero el problema no deja de estar allí.
De acuerdo al informe de este año, el riesgo de ahogamiento es mayor entre niños, varones y personas con fácil acceso al agua. Allí quizás esté una de las explicaciones del por qué de este fenómeno en Uruguay, que dispone de unos 450 kilómetros de costas a lo largo del Río de la Plata y otros 220 de costas marítimas sobre el Atlántico. Pero a esa cuenta le faltan las costas de río Uruguay, del río Negro, la laguna Merín, cientos de otros ríos y arroyos, lagunas, canteras, embalses, tajamares, piscinas públicas, privadas y familiares, y hasta las piletas domésticas que se han hecho tan accesibles actualmente. Prácticamente hay un espejo de agua natural vayamos donde vayamos, además de los artificiales –piscinas, tajamares, embalses, etcétera–.
Lógicamente, nuestro país, a través de las intendencias departamentales cuenta con una extendida red de guardavidas que cumplen con su función preventiva y educativa en lugares estratégicos y en determinados horarios, que coinciden con la afluencia de los bañistas, pero es imposible que haya un guardavidas a toda hora en todo lugar donde haya un mínimo riesgo de sufrir un accidente. Además, no alcanzan para evitar tragedias, porque por ejemplo en las aguas del Paterno basta hundirse unos centímetros para desaparecer de la vista completamente, aún de personas que se encuentren muy cerca, debido a la turbiedad del agua. Por ello es que la estrategia debiera ser diferente, y en concreto se debe apostar a darle a cada persona las herramientas, los conocimientos necesarios para que se reduzcan los riesgos lo más posible.
Ya el mismo informe de la OMS insta “a potenciar considerablemente los esfuerzos y los recursos para prevenir los ahogamientos” y destaca medidas que se deben adoptar en ámbitos gubernamentales, tanto nacionales como en las comunidades, “que podrían salvar la vida de muchos jóvenes y niños”. Ni que decir que quienes trabajen o participen en actividades que se desarrollen en el río, o mar adentro, deberían por lo menos poder comprobar que disponen de conocimientos básicos de supervivencia en el medio acuático. Sin embargo es frecuente encontrar hasta pescadores artesanales que pescan desde precarias barcas en la costa atlántica que ni siquiera saben nadar. Las intendencias y municipios suelen tener políticas de acceso a la práctica de la natación, aquí en Paysandú, por ejemplo, se inscribe para concurrir a los complejos municipales, tanto al Irene Sosa como al Juan Camandulli. En ambos complejos se imparten clases de natación y hay instancias recreativas durante los meses de enero y febrero. Es un esfuerzo importante para la Intendencia Departamental, no cabe dudas, pero no alcanza.
En algún momento también se impartieron clases de natación en otros lugares, como el Balneario Municipal o en arroyos cercanos a la ciudad, y aún así sería insuficiente.
Es necesario instrumentar de alguna forma una instrucción masiva, y lo ideal sería poder transmitir este conocimiento incluyéndolo en la currícula de la escuela primaria, tal vez como parte del programa de Educación Física, que ya se ha masificado a ese nivel. Es cierto, quizás no estén dadas las condiciones de acceso a la infraestructura, aún en una ciudad como Paysandú que cuenta con una cantidad de piscinas muy por encima de la media de las ciudades del país, ya ni hablemos de localidades o pueblos más pequeños. Y, si bien la práctica es indispensable para aprender a nadar, hay otros conceptos sobre los que se puede trabajar de forma teórica, ya que muchas veces son parte de la explicación de por qué ocurre un accidente que se cobra la vida de un niño, un adolescente o mismo una persona mayor, y a veces estos accidentes ocurren a personas que saben nadar. Múltiples han sido las ocasiones en las que la explicación de la pérdida de una vida es la desconcentración, la confianza, la falta de respeto, tanto al mar como a los ríos o a las “aguas calmas” de las lagunas o piscinas.
Para un desenlace fatal alcanza con apenas unos centímetros de agua y unos segundos de distracción, o un mero error de cálculo. Trabajar sobre estos temas con los niños en el aula debería ser el complemento a la fase práctica, que en todo caso debería ser materia obligatoria para todos los niños del Uruguay.
Ya se dio un gran paso con la universalidad de la Educación Física escolar; vayamos por la Natación, que de seguro salvará muchas vidas en el futuro.

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