Por una nueva faceta en la pandemia

Seguramente la audiencia que atraviesa por esta pandemia de COVID-19 sea muy diferente a las anteriores que debieron enfrentar momentos históricos de peores características.
Hoy el público accede a información de diversa calidad a través de las nuevas tecnologías, incluso la utiliza para su propio diagnóstico o como el terapeuta que hace falta en el momento preciso. Y contra esa realidad no se puede legislar ni establecer normativas.
Con ese público deben lidiar las autoridades de cualquier nación. Por lo tanto, Uruguay no es una isla. A pesar de la continua exigencia sobre los medios de comunicación en general, siempre se encontrará una audiencia que asegura que no todo está dicho y que ocultan la realidad. Mientras que otra relativizará los resultados y destacará que alguien exagera.
Por un lado, el cansancio. Por otro, el temor. Pero siempre estarán las ganas de escuchar lo que una persona quiere o necesita. Y, lamentablemente, ni las autoridades de un gobierno ni las formas de comunicar funcionan de esa forma tan indefinida.
En todo momento se apela a la responsabilidad ciudadana y el rol de cualquier actor social se ve interpelado casi constantemente. Incluso los ansiados y esperados resultados positivos a partir de las medidas adoptadas por el Poder Ejecutivo. Esta faceta es analizada por el Grupo Asesor Científico Honorario (GACH) y a partir del 10 de enero –cuando finalice el período establecido por el gobierno para reducir la movilidad– expondrán desde una nueva área esa información requerida.
El sociólogo y exsubsecretario del Ministerio de Educación y Cultura durante el gobierno del Frente Amplio, Fernando Filgueira, tendrá a su cargo dicho análisis junto al psiquiatra Ricardo Bernardi. Es decir, el GACH saldrá del campo meramente científico para explayarse en el ámbito social y discutir la pandemia desde otro punto de vista. Con este nuevo enfoque, explicarán si los mensajes enviados hasta ahora –a diez meses de declarada la emergencia sanitaria– han llegado al destinatario en la forma adecuada. O de lo contrario la denominada “fatiga informativa” hizo mella, agotó los ánimos y permitió que una baja percepción no modificara los números que a diario se brindan por distintos medios.
El perfil poblacional, económico y social de Uruguay, probablemente diferente a otros, deberá ajustarse a esa realidad comunicacional. Porque alcanzó una pandemia para destapar la cantidad de personas mayores que vivían solas o institucionalizadas para escribir e informar sobre eso. Y la COVID-19 también “reveló” la necesidad de actuar lo antes posible sobre la salud mental en un país con gran consumo de psicofármacos y altos índices de suicidios.
Si algo hay para decir a favor de esta pandemia es que puso a determinadas poblaciones en el foco de atención. Como la irrupción de las ollas populares que, de un día para el otro, se vieron colmadas de comensales que no estaban excluidos a partir de ese momento con la emergencia sanitaria, si no que ya venían de situaciones complicadas en los aspectos laboral y social.
Tal como lo señala Bernardi, “Uruguay no tiene experiencia” de otras pandemias. Sin embargo, como cualquier público a nivel global, puede disminuir la guardia cuando observa que la misma información acapara las pantallas de cualquier dispositivo. El país tuvo la experiencia positiva de aguantar durante ocho meses con guarismos por debajo de lo normal. Hasta que la realidad nos globalizó.
En forma paralela, el confinamiento fue voluntario y no obligatorio como ocurre ahora mismo en diversos países. En cualquier caso, la positividad sigue en franco crecimiento, aún en aquellas naciones que han establecido duras cuarentenas. Y eso también es observado por una población que accede a la información.
Las autoridades sanitarias recomendaron que los usuarios no asistieran a los servicios de atención a la salud, a menos que fuera prioritario, e impusieron las consultas telefónicas. Un servicio que claramente no forma parte de la idiosincrasia del sistema ni de la población, porque no existía previamente. Por lo tanto, hubo que instalarlo y difundirlo con urgencia, dadas las características de la pandemia.
Eso generó malestares, ansiedades y la necesidad de saber si su malestar físico o mental hubiera sido tratado de otra forma, sin la COVID-19 en el medio.
Y si la publicidad últimamente está bastante más enfocada a los valores como la solidaridad y empatía, la información consolida las bases ya existentes sobre la educación. Porque en líneas generales, los destinatarios del mensaje han comprendido cabalmente el significado del distanciamiento físico, la adopción de medidas de higiene o el uso del tapaboca. Todo lo demás, responde a las decisiones personales enmarcadas en la “libertad responsable”, tal como la definió el presidente de la República, Luis Lacalle Pou.
No obstante, debemos recordar que estas nuevas sociedades de la información exigen nuevas formas de comunicar y de llegada. Porque no todo lo cree mientras todo lo cuestiona. Porque antes de un confinamiento social, ya hubo una opción por el confinamiento y el distanciamiento que permitió la digitalización continua de cualquier proceso. Incluso, las relaciones humanas.

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