El pasado 17 de agosto fue el Día internacional del peatón, una fecha que es considerada en muchos países una referencia para abordar temáticas relacionadas con la seguridad vial, pero enfocadas especialmente en el peatón, tal vez el más vulnerable de los usuarios de la vía pública; un actor cuya seguridad hay que proteger, pero en cuyo comportamiento también cabe hacer énfasis en las campañas, porque el incumplimiento de las normativas lo deja especialmente expuesto a accidentes con consecuencias muy serias.
El origen histórico de esta fecha se relaciona con el atropellamiento de Bridget Driscoll, de 44 años, en 1897, en Inglaterra, por parte de uno de los primeros “carruajes sin caballos” llegados al país, que con problemas en la dirección, la atropelló circulando a solo 6 kilómetros por hora.
Desde ese primer episodio registrado hasta hoy, las muertes de peatones en el tránsito promedian 250.000 al año.
En Uruguay las normas establecen que los vehículos “deben dar la prioridad a los peatones que cruzan correctamente la calzada, por las esquinas o sendas peatonales, y con el semáforo a su favor, donde lo hay (Ley N° 18.191, Art. 17., Num. 7)”. Sin embargo no siempre ocurre así, “es habitual apreciar en las calles esa confrontación permanente entre conductores de vehículos y peatones, con responsabilidades compartidas, a la hora de circular”, expresa la Unasev, que además alude a “la utilización del teléfono celular por parte de los peatones, mientras caminan y cruzan calles”, como un factor que ha tomado protagonismo en la interacción entre vehículos y personas, que “potencia riesgos para ambos actores”.
Según los datos presentados con motivo de esta fecha, en Uruguay, durante 2022, “58 peatones fallecieron a causa de siniestros de tránsito. En un 67% (39 de los casos), el siniestro causó el fallecimiento inmediato. Un 12% (7), falleció dentro de las primeras 24 horas”.
En todo el mundo las ciudades se están preocupando por hacerse cada vez más seguras para quienes las transitan a pie, con acciones de rediseño urbano que tienen esa premisa, sin entrar en otras acciones más de fondo, de planificación urbana, como ideas que promueven ciudades en las que las personas necesiten cada vez menos desplazarse en vehículos motorizados, lo que implica transformaciones más a largo plazo.
La red “Ciudades que caminan” lleva a cabo acciones en municipios europeos con el objetivo de hacer más segura la ciudad para quienes se desplazan a pie, esto en cierta forma supone –y es inevitable verlo de esta forma–, tomar ciertos recaudos que van en detrimento de los desplazamientos en automóviles. Esto, a fin de cuentas, va atado a decisiones políticas –priorizar la circulación en vehículos particulares en una ciudad, lo es– y aunque en función de estas determinaciones no se adopten, no quiere decir que no haya algunas acciones que se puedan tomar de todos modos para mejorar la seguridad de los peatones. “Ciudades que caminan” publicó recientemente una breve guía, de doce pasos, para “avanzar hacia una ciudad pro-peatonal”. En ella lógicamente la primera acción que se menciona refiere a la Infraestructura, en el sentido de “ir dotando a todas las calles y plazas de la infraestructura peatonal adecuada: bancos, iluminación suficiente, sombras, vegetación, fuentes, etcétera”. Y este punto en particular viene a cuento de un debate que se ha lanzado –o se ha intentado lanzar– desde la Junta Departamental acerca del arbolado público en nuestra principal arteria. Bajo la excusa de que los pájaros ensucian se ha levantado la propuesta ya no de no proseguir arbolando 18 de Julio hacia la Plaza Artigas, sino además de retirar los árboles ya desarrollados. He aquí un error de enfoque, con el que se quiere justificar un retroceso como sería, a todas luces, cortar los árboles del centro para que se vayan los pájaros es como pretender derribar los edificios en los que se posan las palomas, o sellar todas las alcantarillas para combatir a las ratas.
Pero hay otro aspecto en el que habría que profundizar y que es un problema casi cultural en Paysandú, que es el de la cesión de la preferencia al peatón. Es casi la norma en nuestra ciudad que, en un cruce con semáforo, sean quienes caminan quienes deben esperar a que termine de pasar la fila de autos para poder seguir la marcha, lo que se opone totalmente a lo descrito en la ya referida Ley N° 18.191, Artículo 17., Numeral. 7. Eso provoca que muchas veces para los peatones sea más seguro cruzar con el semáforo en rojo, paradójicamente. Hay una solución para ello que sería conveniente estudiar, que son los semáforos con prioridad peatonal. Son semáforos que dan luz verde a los peatones unos segundos antes de permitir el tránsito automotor en la misma dirección. Al aumentar la visibilidad de los peatones se evitan conflictos entre peatones y vehículos que giran a la derecha. Evidentemente es una medida que puede tener un costo a asumir, pero que puede aportar una solución para mejorar en este aspecto. Esta guía también habla del relacionamiento entre peatones y vehículos y enfatiza en que no se debe “acosar: Nadie puede, a bordo de un vehículo, acosar, amedrentar o reclamar a un peatón, simplemente han de adaptarse a su velocidad y a las circunstancias de su marcha”. Ello debería ir de la mano de una ralentización del tránsito, con circulación a máximo de 30 kilómetros por hora en zonas particulares, como en cercanías de instituciones educativas, plazas infantiles o el microcentro. Y otra medida que también hace a la seguridad de quienes circulan a pie y que tienen sus períodos en los que se descontrola y luego se vuelve a descontrolar es la ocupación de las veredas, que obliga a moverse por la calzada, aumentando los riesgos de ocasionar un siniestro.
Al fin y al cabo, mejorar la seguridad de los peatones es mejorar la seguridad de todos, porque un tránsito más seguro lo es para todos y porque llegado el momento en algún momento todos tendremos que bajar del auto.

