Tras el archivo de la causa que investigaba los costos de construcción del Antel Arena por el fiscal de Delitos Económicos de Primer Turno, Alejandro Machado, se detonó inmediatamente gran algarabía en la responsable de llevar a delante el emprendimiento, la intendenta y precandidata Carolina Cosse, como así también en su círculo de allegados y dirigentes que la respaldan y/o participan en su campaña, además de numerosos dirigentes de otros sectores de su fuerza política que naturalmente, estimaban que un dictamen adverso del fiscal podía salpicarlos como rebote en su imagen de cara a la contienda electoral.
Pero naturalmente, una cosa es considerar que se evitó un año mayor a través de la postura en extremo benigna y complaciente del fiscal que ha actuado en la causa, porque al fin de cuentas su “dictamen” pueda perfectamente definirse como que “sí, la obra costó más del doble de lo que se anunció en su momento –se pasó de 40 a más de 100 millones de dólares– y hubo desprolijidades e irregularidades, pero no se ha podido comprobar delito”, como apropiación indebida, alguna coima o pagos entre bambalinas, por mencionar solo algunas posibilidades que surgen como indicios en la investigación “cajoneada” en la fiscalía por muchos meses.
Para los uruguayos de a pie, en general, implica que sin ninguna “explicación” convincente, desaparecieron como por arte de magia decenas de millones de dólares entre los costos de la obra, naturalmente concebida por la actual intendente como una forma de dejar inmortalizada su gestión al frente de Antel con una obra faraónica que pueden ver todos los montevideanos, y de paso –o principalmente– contar con un trampolín para eventualmente saltar a la candidatura de su partido y/o eventual Presidencia de la República, nada menos.
Lo que está muy bien en cuanto a aspiraciones, como naturalmente las tiene todo dirigente político en el Uruguay, cada uno a su manera y dentro de sus perspectivas, aunque por cierto lo cuestionable es el camino que se ha elegido para trascender y construir imagen ante los montevideanos.
Y decimos montevideanos, porque quiérase o no ese es el centro del asunto. El inefable expresidente José Mujica, ya por encima del bien y el mal en su partido, igualmente se metió en la campaña –el precandidato Yamandú Orsi, intendente de Canelones, es de su sector político– y dijo que a “Cosse no la quieren en el Interior”, reafirmando el carácter netamente capitalino que entiende es la esencia de la gestión de Cosse, y de paso llevar agua para el molino de su preferido para ser candidato a la Presidencia de la República, dando tal vez por descontado que el hecho de que Orsi sea intendente de un departamento del “Interior” como Canelones es valorado de otra manera en el otro Interior.
Porque hay otro Interior, más allá de lo que significa la capital, y es que Canelones es un departamento pegado a Montevideo, y por lo tanto hacia ese entorno permea directamente lo que de una u otra forma ocurre en Montevideo, para bien o para mal, lo que es un camino de ida y vuelta, al punto de que si bien el apelativo de “canario” se aplicaba y se aplica por origen solo a quienes son residentes en Canelones, en Montevideo se utiliza el término para todo el Interior, porque en su visión somos todos lo mismo y extrapolan la realidad de Canelones al resto del país, aún a los distantes pero muy distintos departamentos como Artigas y Rivera, por citar ejemplos concretos.
Ello explica mucho de las reflexiones de Mujica, más allá de sus preferencias en la interna de la oposición de cara a la contienda electoral, aunque otra dimensión tiene el “festejo” a su vez de muchos dirigentes, porque parafraseando el dicho popular, se nos ocurre que el episodio y su dilucidación en la justicia, hasta ahora, es más o menos la suerte que tuvo el inglés, de ahogarse pero salvar la ropa, que al fin de cuentas es lo que queda como saldo de que el fiscal no pudo ni hizo mucha fuerza para encontrar figuras delictivas, aunque infiere sí que se perdieron sin explicación decenas de millones de dólares en la obra.
Pero los hechos van mucho más allá que la de levantar el Antel Arena a un costo de 100 o más millones de dólares, porque el tema surgió de la “idea” de la intendenta, ejerciendo entonces la presidencia del ente, de que el organismo, con el dinero de todos los uruguayos, se hiciera cargo de abordar el faraónico emprendimiento, para sustituir el siniestrado Cilindro deportivo de la Intendencia, la cual no tenía ningún interés –tampoco capacidad financiera ante la forma en que se manejan los recursos en el ámbito de la comuna capitalina– en reconstruir el estadio y mucho menos hacer una obra nueva.
Ergo, Antel por decisión de Cosse, le salvó la petisa a la administración “compañera” de Montevideo, y se encargó de proyectar y poner los más de cien millones de dólares que se utilizaron para financiar el emprendimiento, y de paso proyectar su imagen para la precandidatura presidencial, ya en el futuro cercano, que es hoy.
Una jugada redonda para la expresidenta de Antel, intendenta y precandidata con la mirada puesta además solo en el centralismo montevideano, porque la obra que estamos pagando todos los uruguayos no solo cumple este objetivo político, sino que ha salvado a la Intendencia montevideana de hacerse cargo de una obra que es solo para los capitalinos, y de la que nada se benefician los ciudadanos de Artigas, de Paysandú, de Tacuarembó, que sin embargo deberán poner plata de sus bolsillos a través de impuestos y costos tarifarios para el pago del Antel Arena.
En suma, más allá de la dudosa constitucionalidad o directamente inconstitucionalidad de que el ente se dedique a este rubro, de los sobrecostos e irregularidades varias que han encontrado una fiscalía remolona y más que benevolente, el Antel Arena es en sí una afrenta al Interior, al ciudadano de a pie del norte del Santa Lucía y más aún del norte del río Negro, porque surge de una millonada gastada para Montevideo a costa de postergar por muchos años obras que Antel ha dejado de hacer en el Interior, en mejorar sus servicios, y en atender el país real en lugar de los delirios de grandeza de quienes viven en y solo para el asfalto capitalino.

