Occidente ante el Islam: un suicidio en cámara lenta

Un día sí y otro también, las noticias hacen referencia a hechos terroristas que se llevan a cabo invocando motivos religiosos, más concretamente al radicalismo islámico y su denominada “guerra santa” o “yihad”. Las víctimas de esa violencia no se limitan al pueblo judío, sino que abarca a todos aquellos que no sean islamistas y que por tanto son considerados infieles a los ojos de esta peligrosa concepción de fanatismo religioso.
Esa violencia islamista tiene muchas formas de expresarse y actuar, por ejemplo, a través de diversos grupos terroristas de origen islámico (talibanes, Al Qaeda, Estado Islámico, Boko Haram, Daesh, Hamás, Mártires de Al-Aqsa, Tanzim, Yihad Islámica Palestina y Hezbolá) los cuales son apoyados por países árabes de la región como por ejemplo Irán, Siria, Afganistán, entre muchos otros. Además de los grupos terroristas antes mencionados existen también los denominados “lobos solitarios” que actúan en forma individual tal como hizo Carlos Peralta pero que desde que se convirtió al Islam se hacía llamar Abdullah Omar al asesinar a David Fremd por el hecho de ser judío. Se trató de un acto de atentado terrorista antisemita perpetrado por un sanducero islamista, no por un “psiquiátrico”. El accionar de quienes asesinan en nombre del Islam no son un invento de la televisión ni algo extraño y lejano: pasó aquí en nuestra ciudad.
El filósofo estadounidense Samuel Huntington (1927-2008) se ha referido a este nuevo panorama mundial marcado por el avance islamista en varios artículos y especialmente en su libro “Choque de civilizaciones”. Según Huntington estamos viviendo una etapa diferente a nivel planetario, en la cual los conflictos ya no obedecen principalmente a cuestiones clásicas de enfrentamientos político-ideológicos sino al choque entre diferentes culturas. Para este autor, “la cultura y las identidades culturales, que en su nivel más amplio son identidades civilizacionales, están configurando las pautas de cohesión, desintegración y conflicto en el mundo de la posguerra fría”. Huntington sostiene, asimismo, que “los choques de civilizaciones son la mayor amenaza para la paz mundial, y un orden internacional basado en las civilizaciones es la protección más segura contra la guerra mundial”.
Algunos pasajes del Corán (libro sagrado del Islam) que toman al pie de la letra los radicales islámicos dejan en claro cuál es el trato que, según esta religión debe darse a todo aquel que no sea islamista, como por ejemplo: “Matadles donde deis con ellos y expulsadles de donde os hayan expulsado. Tentar es más grave que matar. No combatáis contra ellos junto a la Mezquita Sagrada, a no ser que os ataquen allí. Así que, si combaten contra vosotros, matadles: esa es la retribución de los infieles”. Sura 2, versículo 193 (…) “Retribución de quienes hacen la guerra a Alá y a Su Enviado y se dan a corromper en la Tierra: serán muertos sin piedad, o crucificados, o amputados de manos y pies opuestos, o desterrados del país. Sufrirán ignominia en la vida de acá y terrible castigo en la otra”. Sura 5, versículo 35.
Mientras tanto, los países occidentales (y especialmente los europeos) permanecen impávidos y sin reaccionar ante esta colonización religiosa que crece de manera incontrolable. Los barrios de París, Madrid, Roma, Bruselas o Berlín siguen siendo tomados por quienes ya ejercen una gran influencia en las elecciones de esos países, fruto de su alta tasa demográfica y de la falta de controles por parte de las respectivas legislaciones y autoridades migratorias. El escritor español Arturo Pérez Reverte ha sido muy claro en sus conceptos sobre los peligros que enfrenta la civilización occidental destacando que, “la alianza de civilizaciones es un camelo idiota, y que además es imposible. El Islam y Occidente no se aliarán jamás. Podrán coexistir con cuidado y tolerancia, intercambiando gentes e ideas en una ósmosis tan inevitable como necesaria. Pero quienes hablan de integración y fusión intercultural no saben lo que dicen. Quien conoce el mundo islámico –algunos viajamos por él durante veintiún años– comprende que el Islam resulta incompatible con la palabra progreso como la entendemos en Occidente, que allí la separación entre Iglesia y Estado es impensable, y que mientras en Europa el cristianismo y sus clérigos, a regañadientes, claudicaron ante las ideas ilustradas y la libertad del ciudadano, el Islam, férreamente controlado por los suyos, no renuncia a regir todos y cada uno de los aspectos de la vida personal de los creyentes. Y si lo dejan, también de los no creyentes. Nada de derechos humanos como los entendemos aquí, nada de libertad individual. Ninguna ley por encima de la Charia. (…) En cuanto a Occidente, ya no se trata sólo de un conflicto añejo, dormido durante cinco siglos, entre dos concepciones opuestas del mundo. Millones de musulmanes vinieron a Europa en busca de una vida mejor. Están aquí, se van a quedar para siempre y vendrán más. Pero, pese a la buena voluntad de casi todos ellos, y pese también a la favorable disposición de muchos europeos que los acogen, hay cosas imposibles, integraciones dificilísimas, concepciones culturales, sociales, religiosas, que jamás podrán conciliarse con un régimen de plenas libertades. Es falaz lo del respeto mutuo. Y peligroso. ¿Debo respetar a quien castiga a adúlteras u homosexuales? Occidente es democrático, pero el Islam no lo es. Ni siquiera el comunismo logró penetrar en él: se mantiene tenaz e imbatible como una roca. ‘Usaremos vuestra democracia para destruir vuestra democracia’, ha dicho Omar Bin Bakri, uno de sus los principales ideólogos radicales. ‘Occidente es débil e inmoral, y los vamos a reventar con sus propias contradicciones’. Frente a eso, la única táctica defensiva, siempre y cuando uno quiera defenderse, es la firmeza y las cosas claras. Usted viene aquí, trabaja y vive. Vale. Pero no llame puta a mi hija –ni a la suya– porque use minifalda, ni lapide a mi mujer –ni a la suya– porque se líe con el del butano. Aquí respeta usted las reglas o se va a tomar por saco”. De acuerdo con Pérez Reverte Europa y el mundo en general, han tenido en este tema “demasiada transigencia social, demasiados paños calientes, demasiados complejos, demasiado miedo a que te llamen xenófobo”. La verdad es que existen costumbres practicadas por naciones o por países que son francamente violatorias de los derechos humanos y eso es lo que defiende el Islam. ¿Acaso deberíamos permitir que en Uruguay se le practique a las mujeres la mutilación genital femenina o el casamiento de hombres adultos con niñas por el solo hecho que es una costumbre islámica? ¿Qué vale más? ¿Las costumbres de una de las tantas religiones que existen en el mundo o los derechos humanos como un valor universal? Esta es la disyuntiva que ya se vive en Europa, donde los musulmanes ya son millones con todos sus derechos occidentales adquiridos y que hoy los pretenden cambiar. En tanto, los países occidentales parecen más preocupados en las políticas de género, la inclusión y lo políticamente correcto, al tiempo que el cáncer del radicalismo islámico crece a pasos de gigante. De seguir así, en pocos años ya no habrán de preocuparse por la agenda de derechos, porque democráticamente los radicales islamistas llegarán al poder y terminarán con todo.
En su libro “La sociedad abierta y sus enemigos”, publicado en 1945, el filósofo austríaco Karl Popper enunció con claridad que “no se debe tolerar al intolerante” en lo que se ha dado en llamar la “paradoja de la tolerancia”. Si una sociedad tiene tolerancia ilimitada con aquellos que son intolerantes, “el resultado será la destrucción de los tolerantes y, junto con ellos, de la tolerancia”. Es hora de que Occidente (y especialmente Europa) ponga fin a su suicidio en cámara lenta, tome las riendas del asunto y adopte medidas concretas contra quienes sólo desean destruir a todos los que no pertenezcan al Islam. Si toleramos la intolerancia, seremos cómplices de ella.