Educación, confianza y fraternidad

Estos últimos días –habría que buscar la razón de por qué ha sido así–, se ha venido y viene hablando mucho, sobre todo a nivel de autoridades, de la educación en nuestro país, sobre los resultados educativos a nivel de primaria en la última prueba evaluativa.
Resultados educativos que se desprenden de estos años de “transformación educativa”, tan defendida por los organismos oficiales y tan rechazada por la mayoría de los y las docentes. Entonces a quienes defendemos la educación como derecho inalienable, empezamos a reflexionar sobre esos resultados y si bien nos duelen, y mucho, no nos son tan sorprendentes.
De ahí lo del título de esta nota donde aparecen tres sustantivos que quizá si la transformación educativa los hubiese tenido en cuenta y los hubiese amalgamado, la realidad sería otra. La importancia de la educación, como inversión en capital humano, ha sido abordada por este gobierno neoliberal desde una perspectiva económica. De ahí el sin número de recortes económicos en todos los subsistemas y en todas las áreas. Midió la educación de nuestros niños y jóvenes en pesos. Y devaluó la calidad de nuestra educación pública uruguaya, distinguida en el mundo entero.
Los históricos pilares varelianos empezaron a debilitarse, quedaba muy claro en la LUC. Pensemos que hoy tenemos un porcentaje de inasistencias al que nunca habíamos llegado. ¿Por qué será? Cientos de niños de nivel inicial sin ingresar. No lo decimos nosotros. Lo dicen las estadísticas. Recordemos cuánto discutimos sobre este tema porque en la LUC el ingreso quedaba sujeto a que un referente adulto “se hiciera cargo”.
Me duele tremendamente porque es ahí, a esa edad, donde las capacidades socioemocionales y cognitivas y los protocolos del diario vivir, tienen la máxima capacidad de desarrollo. Después es tarde. Y más con la infantilización de la pobreza que crece día a día.

Bien relacional

Este gobierno se olvidó de la educación y su vínculo estrecho con la fraternidad, entendida ésta como una relación horizontal, de coparticipación en toma de decisiones y en poderes. Citando a Bruni y Smerilli quizá lo entendamos mejor. Ellos dicen “que la fraternidad se trata de un bien relacional”, que no se puede disfrutar en soledad ni defender en contra de los verdaderos protagonistas, porque son ellos mismos quienes la generan.
Este vínculo educación – fraternidad, fue exactamente lo que aniquiló, el gestor principal de esta transformación educativa –el Lic. Robert Silva–.
Justamente se le olvidó dialogar con los protagonistas del acto educativo para llegar a generar “la fraternidad” necesaria para que la educación resulte de calidad. Todos sabemos cuán imprescindible es la motivación y la confianza entre los miembros de una comunidad educativa, para que la educación sea exitosa, motive al docente que es “el actor” fundamental dentro del aula, para que el niño sea el protagonista de su propio aprendizaje. Hace años decimos esto y hacemos esto, duele saber que se apropiaron de este eslogan: “el niño como protagonista activo…” como si fuera algo nuevo, distinto. Cuando hablo de “actor” lo digo en el sentido que los actores lo primero que tratan es de potenciar un escenario de trabajo emotivo, interactivo repleto de animosidad y abierto a la creatividad, al humor y a la innovación.

Capacitación y algo más

Es muy importante que el/la docente sea un técnico, un profesional en educación cada día más capacitado. Pero de nada vale si no sabe emocionar y sorprender a diario con su práctica a los niños y las niñas, porque aprendemos en la medida que somos “sacudidos amorosamente” por el deseo de hacerlo. Aprender es una decisión personal. Y para que se concrete esa decisión, el niño y la niña deben “emocionarse” en el aula.
Permitamos a los y las docentes que aporten su creatividad y sus “encantos”. No les mandatemos lo que tienen que hacer porque a alguien se le ocurrió detrás de un escritorio. Permitamos que las puertas de nuestras escuelas no solo estén abiertas para que los niños y las niñas lleguen, sino para que sus ideas disparen y puedan ser aportes para un mundo mejor. En esto la transformación educativa hizo agua a baldes.
Lo dicen los resultados. Vayamos por un cambio de paradigma, de mirada sobre qué es educar. Pensemos que la educación es de calidad, si el éxito es la felicidad de niños, niñas y jóvenes.
Para que esto sea realidad deben sentirse capaces y decididos a aportar a la sociedad lo que cada uno/a es, sin límite alguno. Solo así podrán encontrase cómodos/as en el mundo y se construirán como sujetos de derechos. Solo así la escuela será fermento de ciudadanía crítica.
Como dijo Galeano: “los muros de la intolerancia están empezando a desmoronarse…” Tengamos el coraje de volver a dignificar nuestra educación pública.

Maestra Mabel De Agostini – Edila FA/ Lista 77 VA