El día 5 de noviembre de 2024 será un día clave en la carrera electoral de los Estados Unidos. Ese día el soberano está llamado a expresarse no solo para elegir a quien será su presidente por los próximos cuatro años. También están en juego varias bancas del Congreso, gobernaciones en trece estados y una variedad importantísima de cargos locales.
Pero lo que convoca al mundo entero es la batalla principal, casi que excluyente, acerca de quienes formarán la fórmula presidencial, presidente y vice, que conducirán los destinos de los Estados Unidos. Ahora, con el recambio hecho por los demócratas, la batalla electoral por la Casa Blanca tiene como líderes a Kamala Harris (hoy vicepresidenta) y Donald Trump (hoy expresidente). Las alternativas es una suerte de centrismo, un retorno a la sociedad de clase media, o volver a experimentar unas relaciones sociales tensas, con el privilegio cedido a los poderosos. Aunque más intuitivo que ideológico, Trump se ubica en ese pasillo ultrista que castiga a Europa y algunos países de Latinoamérica.
Por todo ello, Estados Unidos vive horas de decisión que exhibe sin pudor y sin vergüenzas, las miserias de medios y candidaturas que sustentan sus estrategias en la calumnia y en la mentira, en acciones de brutalidad relacional, donde casi todo vale. Por estas cuestiones y otras muchas algo más convencionales, éste nuevo capítulo que se está escribiendo ahora mismo tiene condiciones tan propias que será parte significativa de su historia democrática.
Para muchos, por las características de la hora y de las herramientas que se están utilizando, así como por los cada vez más importantes recursos económicos que se requieren para una campaña electoral presidencial en los Estados Unidos, el modelo ha caído a la antesala de una discusión por agotamiento e incluso, vaciamiento de su significación. Todas estas situaciones hablan a las claras de un agotamiento que demanda cambios, o por lo menos, ajustes a cuenta de más autocrítica.
La interna de los vices
Desde que empezó la carrera electoral tuvo rasgos especiales. El primero de esos rasgos, estuvo en la obviedad. En efecto, desde el inicio y más allá de las encuestas y los tribunales, cada bando daba por hecho quien sería su candidato a la presidencia. Con mucho de resignación, los republicanos aún con su principal candidato siendo procesado, imputado y encausado, en múltiples causas, optaron por Donald Trump. No hay en la historia reciente de las democracias un candidato tan prepotente y desconsiderado. Y la postulación de Joe Biden fue ratificada rápidamente, pero interrumpida por ese deterioro de salud.
En 2022, contra los pronósticos de las encuestas, la historia y la difícil coyuntura económica generada por la pandemia del coronavirus, los demócratas contuvieron la marea republicana, quienes solo obtuvieron una mínima mayoría en la Cámara de Representantes y no lograron hacerse con el Senado.
Debates
El 10 de setiembre será una fecha crucial, con el segundo y último debate presidencial entre los candidatos Harris y Trump. En particular, el primero en el que Trump debe enfrentar a la postulante demócrata. Lo ha organizado ABC News. Los analistas de los principales medios han destacado que este encuentro podría resultar definitivo, marcar el tono final de la campaña, dado que será la última oportunidad que tendrán los candidatos para confrontar ideas frente a una audiencia nacional que, muy probablemente, supere los ratings anteriores y se ubique por los 33/35 millones.
En abril del 2023 Biden anunciaba que buscaría la reelección para “terminar el trabajo”. No generó sorpresas, y se daba como un paso casi natural que Biden no tuvo contrincantes de peso que pudieran ya no disputarle la nominación, sino opacar la celebración. La alerta vino después.
El pobre desempeño de Biden en el debate con Trump, fue desconcertante y dejó expuesta una debilidad. La reacción de los dirigentes y voluntarios de los demócratas se abocaron a arreglar este “descuido”. En apenas tres semanas, los demócratas resolvieron remover a Biden y sustituirle por su vice, Kamala Harris.
Aquella idea de definir a la presidencia de Biden como un “puente” a la “normalidad” tras el desorden de Trump ahora deberá esperar hasta los resultados de los comicios de noviembre. Sólo la derrota de Trump a manos de Harris ratificará ese concepto de que Biden pasará a la historia como un “puente” después del desorden del republicano por la Casa Blanca.
Las encuestas le señalan
La nominación como candidata presidencial de Kamala Harris tiene un desafío duro: enfrentar y ganar al republicano Donald Trump que venía con ventajas.
Kamala empezó bien: los datos de audiencia revelan que el momento de máxima audiencia de la transmisión de la Convención Nacional Demócrata se dio cuando la candidata realizaba su discurso de aceptación de su postulación. El encendido estaba en 29 millones de personas. El mismo rango que el mejor momento de cuando Trump hizo lo propio.
Este jueves último Harris mostró a los estadounidenses su mejor versión: mostró “sentido común”, empatía, experiencia y actitud. Además de su imagen muy austera, casi siempre de traje con pantalones del mismo corte.
Última hora
Las últimas encuestas muestran al Partido Demócrata entre 3 y 4 puntos por encima del Republicano, es decir, han revertido la diferencia, lo que significa una variación de unos 6 puntos aproximadamente.
Desde comienzos de agosto, cuando la candidatura de Kamala surgió y rápidamente ganaba adhesión en la interna partidaria, las encuestas empezaron a reflejar la reacción del votante. Una media de tres y cuatro puntos a favor de Kamala, 49 a 46.
De su discurso, quizás el más radical resumen puede ubicarse en el siguiente fragmento: “¡No vamos a retroceder!” Y describió un conjunto de acciones tendientes a fortalecer a los sectores medios, e incentivando el interés por la formación académica.
La emoción de Michelle
“Algo maravillosamente mágico está en el aire”, expresó Michelle Obama, la exprimera dama. Prudente e histriónica, y aunque siempre rechace las propuestas para ingresar de lleno a la vida política, siempre acompaña y apoya al Partido. Jugó fuerte y se escuchó fuerte. La mezcla de firmeza y calidez de sus palabras, parecieron resumir los años del ciclo Obama-Biden.
El momento de mayor algarabía, que resumen un poco las expectativas demócratas, fue cuando en su discurso expresó que “ahora el poder contagioso de la esperanza estaba resurgiendo”, “un sentimiento familiar que ha estado enterrado demasiado profundo durante demasiado tiempo”, y ahora aflora, vuelve.

