Cuando todavía hay personas que promueven la no vacunación –y llegan por ejemplo hasta a cargos legislativos, incluso en Uruguay– afiliados además a teorías conspiranoicas del estilo de que “hay grupos de poder que apuntan a reducir la población mundial para establecer un nuevo orden, primero inventando enfermedades y luego vacunas para enriquecimiento de laboratorios internacionales”, –con chips que se colocan junto con las dosis de inmunización, de la “magnetización” de las personas, dentro de un largo etcétera–, es de rigor situarnos históricamente primero, para llegar a la realidad de hoy, las investigaciones y experiencias que han permitido avances notables en la medicina, tanto en la prevención como en el tratamiento efectivo de dolencias que han causado estragos en la humanidad durante siglos.
Hemos tenido a nivel global la amarga experiencia que ha significado la pandemia de COVID-19, provocada por un virus que según las teorías de algunos de estos grupos fue creada artificialmente para diezmar la humanidad y como un experimento concretado a medias, entre otras alternativas conspiranoicas, pero la realidad indica que felizmente, aunque no sin antes sufrir pérdidas de millones de vidas, con la vacunación se ha logrado ir reduciendo la incidencia de este flagelo, el que si bien no está totalmente erradicado, ha perdido virulencia pese a la capacidad de mutación del virus, el que constantemente da sorpresas en cuanto a esta posibilidad.
Pero a tal grado ha sido exitosa esta vacunación, conjugado ello con la capacidad del ser humano de ir creando anticuerpos naturales cuando se está en contacto con afectados por el virus, entre otros factores, que ya a esta altura la tuberculosis supera a la COVID-19 y vuelve a ser la enfermedad infecciosa más mortal en el mundo contemporáneo.
Asimismo, además de la viruela y en menor medida la poliomielitis, otras enfermedades que han sido eliminadas o casi erradicadas gracias a las vacunas son difteria, malaria y sarampión, como las más notorias.
Ocurre en este contexto que tras ser superada durante tres años consecutivos por la COVID-19, la tuberculosis volvió a ser la enfermedad infecciosa más letal en 2023, causando cerca de 1,2 millones de muertes en el mundo, muy por encima de las 320.000 que la Organización Mundial de la Salud (OMS) estima que provocó el coronavirus causante de la pandemia de principios de la década.
La cifra supone, no obstante, un ligero descenso respecto a la mortalidad global por tuberculosis registrada en 2022, cuando provocó cerca de 1,3 millones de muertes, indicó la OMS al presentar el martes su informe anual sobre la incidencia de esta enfermedad.
La organización atribuye esta bajada de la mortalidad a la restauración de los sistemas de diagnóstico y tratamiento contra la tuberculosis y otras enfermedades, que se habían visto mermados durante la fase aguda de la pandemia.
Por regiones, un 45% de estos casos se diagnosticaron en el sureste asiático, un 24% en África y un 17% en Asia Oriental y Pacífico, mientras que se registraron en menor proporción en Oriente Medio y Magreb (8,6%), América (3,2%) y Europa (2,1%).
Además, cinco países concentraron más de la mitad de la carga mundial de tuberculosis: India (26%), Indonesia (10%), China (6,8%), Filipinas (6,8%) y Pakistán (6,3%), lo cual, advierte la OMS, demuestra que esta enfermedad sigue afectando “de manera desproporcionada” a zonas en desarrollo.
Sobre todo, “que tantas personas sigan muriendo y enfermando de tuberculosis es una vergüenza cuando tenemos las herramientas para prevenir, detectar y tratar la enfermedad”, aseguró el director de la OMS, Tedros Adhanom Ghebreyesus, al presentar el informe, y este es precisamente el concepto que debe llamarnos a la reflexión, porque en este siglo de enormes avances en el área de la medicina, hay todavía grupos negacionistas de la realidad, los que lamentablemente siempre van a tener un núcleo de adeptos en este corso a contramano en base a convencimientos propios, credos y eslóganes repetidos, con “información” deformada y adaptada a su visión para convencer a incautos o personas desinformadas, pero que paradójicamente creen ser las más informadas, “porque todo está en Internet”. Claro que en la red de redes también hay millones de pruebas “científicas” de que el Arca de Noé es real, que las pirámides las construyeron los extraterrestres, que hace 10.000 años se hacían neurocirugías más precisas que las actuales, que el Triángulo de las Bermudas es un portal a otra dimensión, y por supuesto, ¡que la Tierra es plana! Para el que quiere creerlo, los “conservadores” que sigue la ciencia tradicional están ciegos por los intereses de los poderosos que nos quieren dominar; algo así como el “Satánico Dr. No” del agente 007.
Pero volviendo al mundo real, pese a estos avances tan destacables, el informe de la OMS alerta que la tuberculosis multirresistente, aquella que no responde a los principales tratamientos contra la enfermedad como la rifampicina, constituye todavía “una crisis de salud pública”.
La OMS advierte que uno de los principales obstáculos para combatir la tuberculosis sigue siendo el déficit de financiación mundial para su prevención y tratamiento, que disminuyó en 2023 hasta los 5.700 millones de dólares (5.289 millones de euros), muy por debajo de la meta anual de 22.000 millones de dólares (20.415 millones de euros).
No obstante, también apunta a otros cinco factores como los causantes del aumento del número de casos de tuberculosis a nivel mundial: la desnutrición, la infección por VIH, los trastornos por consumo de bebidas alcohólicas, el tabaquismo (especialmente entre los hombres) y la diabetes.
Pero por lo demás, y ya en escenarios contrafácticos, cabría preguntarse qué sería de la humanidad si felizmente, como en tantas otras áreas, no hubiéramos contado con hombres y mujeres inquietos, sensibles al sufrimiento humano, que han investigado, experimentado y hurgado incluso a riesgo de sus vidas, en busca del conocimiento científico que nos sacara del oscurantismo y llevado a generar herramientas para, entre otros aspectos, luchar contra enfermedades que en otros tiempos llegaron a diezmar la población mundial.
Pero aún así no hay batallas ganadas para siempre. La viruela, una enfermedad contagiosa aguda, causada por el virus variola, que también se caracterizó por la erupción de pústulas llenas de líquido y después de pus, repartidas primero en la cara y luego en el cuerpo de los enfermos, no está presente actualmente, y si bien no hay casos y por lo tanto la inmunidad de la vacuna persiste cuatro décadas después, no se sabe exactamente cuánto tiempo más persistirá.
A pesar de que hubo intentos esforzados para la erradicación de otras enfermedades –es decir, el control y la eliminación en todo el mundo sin excepciones– en los hechos solo han sido eliminadas con éxito a través de la vacunación la viruela y la peste bovina.
Pero ello no quita que los logros son enormes, en el marco de la premisa irrefutable de que prevenir es mejor que curar –cuando ello se puede– y que más allá de la acción y prédica de los grupos antivacunas, la enorme mayoría de la población mundial y ni qué decir de la comunidad científica, está convencida de que este es el rumbo correcto para proteger vidas y aprovechar mejor los recursos que se vuelcan a la medicina, en un mundo globalizado donde bajar la guardia en cualquier lugar, por más remoto que sea, se transforma en los hechos en una bomba de tiempo que puede acarrear consecuencias imprevisibles en todo el mundo.
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