La invasión a Ucrania, mucho más que un conflicto regional

Han pasado más de 1.000 días desde el 22 de febrero de 2022, fecha en la cual Rusia invadió Ucrania, iniciando así el más largo y sangriento conflicto bélico desde la Segunda Guerra Mundial. Durante los últimos días se han producido dos hechos que pueden significar un importante giro en este conflicto. El primero de ellos es que Ucrania lanzó desde su territorio misiles de origen estadounidense (del tipo ATACMS) y británicos (del tipo Storm Shadow), algo que no había sucedido hasta este momento. El segundo, la contundente respuesta de Rusia, país que respondió a esos lanzamientos disparando un misil balístico intercontinental (ICBM) contra la ciudad ucraniana de Dnipro, marcando un nuevo nivel de agresividad en el conflicto iniciado en 2022. Según un comunicado de la Fuerza Aérea ucraniana, el misil fue lanzado desde la región rusa de Astracán y forma parte de una ofensiva que incluye otros ataques con misiles hipersónicos y de crucero.

De acuerdo con la agencia de noticias AFP, es la primera vez que Moscú utiliza este tipo de armamento en el conflicto. Según el medio Ukrainska Pravda, el misil empleado sería un RS-26 Rubezh, un proyectil de combustible sólido con un alcance de 5.800 kilómetros, diseñado para transportar cargas nucleares de hasta 800 kg, aunque Ucrania afirmó que en esta ocasión no llevaba una ojiva nuclear.

A estas acciones debe sumarse el tono de las declaraciones del presidente ruso Vladimir Putin, quien ha manifestado que ese país se considera con derecho a usar nuestras armas contra instalaciones militares de aquellos países que permitan usar sus armas contra nuestras instalaciones”. Y agregó que su país “responderá con igual determinación” a cualquier “escalada de acciones agresivas”. Putin fue más allá y de acuerdo con la agencia de noticias Efe, “aprobó esta semana la nueva doctrina nuclear rusa, que permite respuestas con armas atómicas en caso de ataques con armas convencionales, y advirtió en su momento que el empleo de armas de largo alcance occidentales contra territorio ruso significará que la OTAN (Organización del Tratado del Atlántico Norte) está en combate con Rusia”.
Según la BBC, “Ucrania tiene desde hace un año a los ATACMS, los Storm Shadow y otros sofisticados sistemas en su arsenal. Sin embargo, hasta ahora solo había podido emplearlos contra posiciones rusas que están en las zonas que ocupan de su territorio. ¿La razón? Washington se negaba a permitir que fueran usados contra Rusia, por temor a que esto condujera a una escalada del conflicto y a que el Kremlin pudiera considerar que le había declarado la guerra. Tras los ataques de largo alcance desde Ucrania, el conflicto regional ha adquirido elementos de un conflicto mundial”, afirmó Putin el jueves en un discurso televisado, en el cual dio detalles del nuevo cohete empleado contra Ucrania”. Aliados como Francia y Reino Unido y altos mandos de Otan sí eran partidarios de permitirle a Ucrania el uso de estos misiles. “Toda nación que es atacada tiene el derecho a defenderse. Y ese derecho no se detiene en tu frontera”, dijo en setiembre pasado el almirante neerlandés Rob Bauer, presidente de la Comisión Militar de la Otan”.

Así las cosas, el conflicto originado por la invasión rusa a territorio ucraniano parece muy lejos de llegar a un acuerdo pacífico en un tiempo razonable. Lo cierto es que tanto Ucrania como sus aliados occidentales están librando una carrera contra el tiempo, porque el 20 de enero de 2025 asumirá como nuevo presidente de Estados Unidos Donald Trump, un republicano que mantiene una muy buena y fluida relación con Vladimir Putin y que ya anunció públicamente una reducción del apoyo norteamericano a Ucrania. El presidente electo, quien ha calificado como “genio” a Putin, ha dicho que esa reducción anunciada incluye también a los países que integran la OTAN, con lo cual Trump le servirá Ucrania “en bandeja” a su colega ruso para que cumpla con sus amenazas de reintegrar ese país a la órbita de los países dependientes de Moscú, tal como sucedía en los años de la Guerra Fría con la hoy desparecida Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). Para Putin, Ucrania es una “oveja descarriada” que histórica y culturalmente forma parte de Rusia y que por ello debe ser reintegrada sin importar cuánta sangre y fuego sean necesarios.

Como si fuera poco, el conflicto armado en Ucrania ha sumado un nuevo jugador: Corea del Norte ha enviado más de 10.000 soldados norcoreanos a territorio ruso, los cuales participarían en la contraofensiva con la cual el Moscú espera recuperar el territorio de la provincia de Kursk que Ucrania le arrebató, todo lo cual ha pesado en los gobernantes de Estados Unidos y del Reino Unido para habilitar a los ucranianos el uso de los mencionados misiles. Según la BBC “de acuerdo con informaciones de la inteligencia de Estados Unidos y de Corea del Norte, este último país ha suministrado en los últimos meses misiles balísticos, piezas de artillería y hombres a Moscú. Esto, a cambio de petróleo, alimentos y otros bienes rusos para su maltrecha economía.

Una acción como la invasión a Rusia también parece tener otros objetivos más allá que los meramente militares y que apuntarían, según el periodista Martín Baña, a la creación un nuevo orden geocultural a escala global: “otros de los efectos generados por el conflicto fue clarificar los objetivos de más largo plazo del Kremlin vinculados al lugar que ocuparía el país dentro de una eventual reconfiguración del orden geocultural.

Apuntalada por una cruzada tradicionalista y conservadora que el putinismo viene ensayando desde al menos 2012, la estrategia se potenció notablemente con la guerra en Ucrania. De hecho, como sostiene el historiador Claudio Ingerflom, los móviles de la invasión no deben buscarse tanto en una defensa ante un eventual ataque occidental como en un intento ruso de conducir el reordenamiento de la hegemonía global a partir de nuevos valores y principios que se hallarían lejos del “Occidente decadente” y que, por el contrario, encontrarían salvaguarda en la tradición rusa: “no se trata de la resurrección del Imperio ruso ni de la URSS, sino de algo mucho más amplio: reordenar el mundo sobre la base de nuevos valores. A nuevo orden, nuevos valores”. Como expresó Serguéi Karagánov, uno de los consejeros más cercanos a Putin: “¿Qué hacemos con los últimos valores que han surgido, que rechazan la historia, la patria, el género y las creencias, con los movimientos agresivos LGBT y ultrafeministas? (…) Deberíamos combatirlos activamente, liderando a la mayoría de la humanidad a que adhiera a los llamados valores ‘conservadores’ o, para decirlo simplemente, a los valores humanos normales”. Ese es el nuevo liderazgo geocultural que Rusia busca alcanzar a nival global. Tal vez eso explique la llamativa amistad entre Trump y Putin, cuyas posiciones coinciden en muchos temas, tal como sucede con los antes mencionados.
La invasión rusa a Ucrania es mucho más que una disputa territorial. Se trata de una acción para que Rusia recupere su protagonismo e intente imponer globalmente su agenda antidemocrática. De eso estamos hablando cuando hablamos de Ucrania y por ello debemos entender la importancia de su defensa.