En lo que podría contarse como uno de los logros más significativos de su presidencia, Luis Lacalle Pou cerró su período como presidente pro tempore del Mercosur con la firma del largamente perseguido acuerdo de asociación con la Unión Europea. El acuerdo se firmó en el marco de la reciente LXV Cumbre de Presidentes de los Estados Parte del Mercosur y Estados Asociados, en Montevideo, tras 25 años de negociaciones entre ambos bloques.
Las palabras del presidente de la República al respecto destacan lo relevante de este paso, que –considera– va mucho más allá de un intercambio comercial, en tanto incluye otros elementos que nos unen con Europa, lo que, entiende, también debe ser apreciado. “Un acuerdo de este tipo no es una solución, es una oportunidad”, dijo, afirmando que ahora dependerá de la voluntad de cada uno de los países la velocidad con la que se avance, lo que deberá hacerse con “pasos pequeños, pero seguros y ciertos” y en la misma dirección. Agregó además que la responsabilidad de los presidentes fue “sacar los desacuerdos y pararnos arriba de lo virtuoso, que son las uniones y los acuerdos”, y añadió que “esto reivindica la vocación de servicio y la mejor política”. La contraparte, la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, afirmó que la concreción de este acuerdo representa un hito histórico y que este vínculo “es uno de los más fuertes en el mundo”. Lo definió como un fortalecimiento de esta alianza y dijo que también se está enviando un mensaje “claro y poderoso al mundo, demostrando que las democracias pueden apoyarse mutuamente”. Coincidiendo con las manifestaciones de Lacalle Pou, expresó que el acuerdo excede lo meramente comercial. “Este acuerdo no es solo una oportunidad económica, sino también una necesidad política”. Von der Leyen destacó que esta alianza “de inversiones y comercio formará un mercado de 700.000.000 de consumidores, fortalecerá las cadenas de valor, desarrollará las industrias estratégicas, apoyará la innovación y creará puestos de trabajo”.
Ahora bien, este hito que sin dudas ha sido la firma de este acuerdo todavía no implica que haya nada vigente, porque el acuerdo tendrá ahora que ser ratificado por los diferentes estados, que no son pocos. Cinco en el Mercosur con la reciente incorporación de Bolivia, ratificado como socio pleno, y los 27 de la Unión Europea, en un periplo que puede llevar algún tiempo, en el que uno de los mayores
obstáculos ha sido la posición adversa de Francia, donde el gobierno está alineado a la posición del sector agrícola que se opone férreamente a que se concrete en hechos este acuerdo. Pero entendámonos, no solamente es una postura de los agricultores franceses, sino que organizaciones de productores de toda Europa, como el Comité de organizaciones agrarias y cooperativas europeas (Copa-Cogeca), no solamente han mostrado su descontento, sino que además anunciaron que llevarán adelante protestas. En una declaración emitida tras el acuerdo manifestaron que entre los sectores que podrían verse perjudicados por el acuerdo se encuentran “la carne de vacuno, las aves de corral, el azúcar, el etanol y el arroz” que enfrentarán “mayores riesgos de saturación del mercado y pérdida de ingresos debido a la afluencia de productos de bajo costo de los países del Mercosur”. Y aseguran que este bajo costo se logran “incumpliendo los estándares de producción exigidos a la agricultura de la UE”, con uso de agroquímicos, bienestar animal o prácticas de sostenibilidad, así como “operando con estándares laborales y de seguridad más bajos”, que hacen imposible la competencia leal. Es cierto que también de este lado han aparecido voces discordantes respecto a este acuerdo, sin ir más lejos la central sindical de nuestro país ha manifestado su oposición al acuerdo, alertando por un posible “deterioro en la industria”, mientras las cámaras empresariales –incluida la de Industria– han celebrado la firma del acuerdo.
Por lo pronto las acciones políticas en busca de torcer la postura francesa han comenzado de forma poco sutil, por decir lo menos, con las manifestaciones del ministro de Economía español, Carlos Cuerpo, quien aseguró a comienzos de esta semana que España explicará “las bonanzas y beneficios” del acuerdo con Mercosur a los socios más reacios del bloque –en alusión a su vecino– afirmando, a modo de ejemplo que la Unión Europea importará solo “un filete de vacuno por persona al año”, es decir, un máximo de 450 millones de filetes. Agregó que el sector agrícola y ganadero europeo está “bien preparado” y “permanecerá bien protegido” con el acuerdo, y agregó que las importaciones de sectores como el vacuno estarán limitadas. Como contrapartida, destacó el jerarca, el pacto se traducirá en beneficios “tangibles” para las empresas europeas, como la reducción de 4.000 millones de euros en aranceles o, como en el caso de España, un aumento de las exportaciones del 40% para sectores como el de maquinaria, automóvil, productos químicos y farmacéuticos, textil, aceite, vino y en la creación de unos 20.000 empleos. Por si esto fuera poco agregó que también mejorar el acceso a “productos estratégicos para las transformaciones climática y digital del bloque”, que no es más que otra forma eufemística de nombra al litio y otros minerales de los que nuestra región es rica, e incluso el agua, en los albores de la revolución que promete ser el hidrógeno en las décadas venideras.
Ahora bien, para nuestros países el desafío está en que este acuerdo y cómo se instrumente en los hechos, no signifique simplemente una forma más conveniente de vender 450 millones de churrascos por año, sino que efectivamente se concreten inversiones aquí, que ofrezcan empleo a nuestra gente, y en lo posible que no nos limitemos a permitir que se repitan antiguas dinámicas extractivistas.
