Los nuevos dictadores prefieren la manipulación de las mentes a la represión de los cuerpos. Esta podría ser la síntesis de un libro publicado en enero de 2022, cuyos autores Sergei Guriev y Daniel Treisman lo titularon “Spin Dictators; The changing fase of tyranny in the 21 st Century”.
La revisión de la academia
El análisis y diagnóstico presentado en estas casi 500 páginas no se resume a un desvelo repentino. En realidad, se trata de la culminación de una revisión analítica a la luz de los procesos políticos y sus protagonistas, post colapso de la Unión Soviética y la emergencia de una nueva Rusia, diferente, que desde occidente fue atendida como la derrotada, más tarde la obsoleta y en esta coyuntura, la amenaza.
Esas caracterizaciones tienen que ver con la mirada del gran sheriff del “mundo libre”: el ganador, la guerra de las estrellas, la tecnología, y el alineamiento de Putin, un sobreviviente desde sus tiempos de la KGB, sus días junto a Yeltsin, su ascenso a primer ministro y su proyección posterior. Así, poder y Putin fueron sinónimo. Su determinación le permitió imponer enmiendas constitucionales y plantar la posibilidad de ejercer la presidencia hasta 2036.
También hay un Putin guerrerista. De él hablan sus operaciones en Chechenia, Crimea y Ucrania. Y una orden de detención de marzo de 2023 de la Corte Penal Internacional, acusado de crímenes de guerra.
La corrupción, el encarcelamiento y la represión de opositores, han dejado al desnudo a un Putin totalitario y desprestigiado. Rusia y Putin revelan la dimensión estratégica de lo que hoy está en juego.
Nos toca otro cambio de era frontera de un tiempo de avances en derechos, con espacios para las acciones heroicas y las ambiciones colectivas, en suma, de democratización, a apenas cincuenta años después que el mundo se reordenó tras el fin de la segunda guerra mundial.
El ocaso se puede ubicar en el calendario: la implosión de la Unión Soviética, el fin del mundo socialista, del mundo bipolar, de la guerra fría. Ese tiempo de tensiones, de construcción de escenarios multilaterales para la negociación y acuerdos muchas veces principistas, tantas otras coyunturales y crecientemente desdibujada e hipócrita, dejó de funcionar. Tras la guerra fría, vino la época del vaciamiento de contenido de esos ámbitos de convergencia. Con sus desbalances, contradicciones y asimetrías, eran espacios para crecer en democracia. Pero la bipolaridad quedó atrás.
Estamos frente a un resumen de los cambios de los últimos dos décadas. De la guerra fría a la conformación de un nuevo equilibrio. Los últimos años, en la búsqueda de avanzar en estrategias no explícitas, comenzó a emerger una nueva estrategia. Llegaba a su momento culminante el trabajo de elaboración que la llamada “Revolución Conservadora”, encabezada por Ronald Reagan, había iniciado en los años ‘80: una alianza sólida con Margaret Thatcher y el Papa Juan Pablo II. En ese 1989, en Polonia el sindicato “Solidaridad”, liderado por Lech Walesa, promovió elecciones libres. Y llegaría al gobierno. Ese año caería el Muro de Berlín. En Rumania, una rebelión fusilaría a Nicolae Ceaucescu y su esposa. En Checoslovaquia, la “revolución de Terciopelo”, liderada por Vaclav Havel llegó al poder en elecciones libres. 23 años antes, una revuelta había intentado aligerar el peso asfixiante del “burocratismo revolucionario”.
A mediados de los ‘80, la URSS estaba embarcada en una transformación que reclamaba “glasnot” (apertura), y “perestroika” (reestructuración económica y política), dos conceptos para una frustración y agravamiento de la crisis política. Quien llevó adelante estas reformas fue Mijaíl Gorbachov, secretario general del PCUS (1985-1991), jefe de Estado de la URSS (1988-1981) y Nobel de la Paz en 1990, apenas antes del colapso soviético.
El autoritarismo y el centralismo eran elementos identitarios paralizantes. Todo iba rápido, y para otros Gorbachov iba demasiado lejos o muy lento. Había una desintegración imposible de detener. Se desintegra el Pacto de Varsovia, “la OTAN soviética”. Aun así, los presidentes George W. Bush y Gorbachov firmaron en Moscú un tratado para reducir las armas nucleares estratégicas. Aquello acabaría el 25 de diciembre, ya sin hoz ni martillo, con la bandera rusa, blanca, azul y roja.
Tras la extinción del socialismo real o la ilusión del fin de la historia, el “único” detrás de la “catástrofe geopolítica más grande del siglo”, iniciaba su propia historia: Vladimir Putin, un resiliente.
Son los tiempos de Putin, de Nasser, de Erdogan, de Kissinger, de Thatcher… La URSS que significó un sexto país del planeta, la misma que en la Navidad de 1991, se extinguió.
Siglo XXI y un cuarto de siglo
La guerra fría dio lugar a un camino de búsquedas políticas, reposicionamientos y de reordenamiento en paralelo a un proceso de concentración económica sobre el que se había teorizado pero no concebido ni su proximidad histórica ni cómo tomaría forma aquellos cambios en la centralidad del poder, de los estados y sus renuncias de soberanía, incluso en aquellos de vocación imperial hoy devaluados, con buena parte de su capacidad de poder diezmado, invisibilizado.
Los “dictadores del miedo” como los que nos trajeron hasta aquí y ahora, son los últimos de una especie, que como los dinosaurios, se extinguirán. Porque es posible un nazismo sin Hitler, porque los factores de concentración y ejercicio del poder se han sofisticado y ya son invisibles a los ojos. Pero están frente a nosotros en su esencia y su propósito. Alcanza con escuchar y reflexionar.
Aquellos “dictadores del miedo” cedieron, con resistencia claro está, ante los “dictadores de la manipulación”. Para los cultores del miedo, los que nos trajeron hasta acá, el terror y la represión, eran la base de sus herramientas. Y el partido disciplinado, la corrupción económica, la policía secreta, los profetas del partido, todos ellos trabajaron construyendo poder y miedo, sobre la violencia que podía estallar cuando fuera necesario, como bálsamo para la gestión y como disciplinante. Es el tiempo de la dictadura de la manipulación de las mentes.
Otros vientos
En los últimos treinta años el mundo ha cambiado mucho, radicalmente. El proceso de concentración del poder y de la riqueza se han acelerado. Los procesos de producción y de integración de las cadenas, también. La era Internet y de la tecnología, el mundo digital, han construido una realidad cualitativamente nueva. Y la concentración de la riqueza y el poder, su contracara, la invisibilización del Estado y el debilitamiento de la institucionalidad democrática, es un resumen de la caracterización de nuestro tiempo.
Estamos en la carrera al zenit de un nuevo tiempo, tecnológicamente increíble, inimaginable apenas un tiempo atrás. Pero éste zenit nos llega marcado por un debilitamiento de la participación democrática. No nacimos tan sólo para consumir, sino para ser creativamente libres, integrados y solidarios.

