En pocos días más, el 8 de marzo, se cumplirán 9 años del asesinato de David Fremd, un sanducero y judío, de profesión comerciante y buena gente. El largo brazo del antijudaísmo llegó hasta Paysandú, la ciudad de mi niñez. ¿Qué pasó con nuestra tranquila y serena ciudad caracterizada por una fuerte veta industrialista y de buena convivencia, de trabajo, para vivir una tragedia como esta? ¿Cómo un crimen de odio en Paysandú?
Los judíos de Paysandú en las décadas de 1960 y 1970 éramos unos cuantos más que los que hay hoy. Pero la evolución de las familias, los ciclos de la biología, por aquello de que los hijos crecen, buscan sus propios desafíos, emigran y otros se arraigan. Todos tenemos nostalgias de esos días, donde Paysandú era un polo industrial, de trabajo, con una historia de dignidad y orgullo cuya figura histórica central, Leandro Gómez, fue la de un hombre que se le plantó al atropello de Venancio Flores. Y Leandro Gómez resistió con un puñado de hombres y mujeres que le hicieron frente a Flores, al Goyo Suárez, y a sus aliados de Argentina y Brasil.
Aquella resistencia fue “hasta sucumbir”. Y cuando ya no tuvieron como resistir, se rindieron y fueron fusilados a pesar de la promesa de respetar sus vidas. El año 1865 comenzó con traiciones y asesinatos. Pero los nombres y el ejemplo de quienes resistieron, se grabaron en la mejor historia de la ciudad.
Trabajo, libertad y cultura
Ya en el Siglo XX, Paysandú no sólo había logrado una base industrial que también le daba identidad y había generado una fuerte identidad local. Tenía una intensa actividad cultural con varios cines, hasta un cine Glücksmann y un cine club, también teatros. Eran los tiempos, aún, de la era de la sustitución de importaciones, las devoluciones de impuestos. Había algo de Camelot en aquel Paysandú que se desmoronó con las políticas aperturistas, de reducción unilateral de aranceles… allí empezó el declive.
Quien supo del Camelot sanducero fue Max Glücksmann, que también tuvo su sala en plena 18 de Julio. La construcción de esa sala demandó dos años y se inauguró inmediatamente. No fue la única sala de Glücksmann. En total, el entusiasta Max llegó a tener más de cien salas a lo largo de su vida, en varias ciudades, entre ellas, Buenos Aires, Montevideo y Paysandú. Y aquel Uruguay era un país significativamente más austero, al mismo tiempo que mucho menos abierto a la región y al mundo.
Paysandú y David…
Los que fueron construyendo sus vidas en estas ciudades del Interior, se afincaron, forjaron sus medios de vida, construyeron sus casas y se mezclaron en las escuelas públicas, en los clubes de ajedrez y amantes del cine. Era una sociedad dinámica, orgullosa de su convivencia y de su diversidad social. De 55 años por aquellos días, casado y padre de tres hijos, David fue víctima de la cultura del odio. La tragedia tuvo como protagonista a COPG, de 35 años, maestro y convertido a un islamismo radical, quien lo asesinó dándole varias puñaladas. En la detención del matador intervino un ciudadano, que conmovido, pudo escuchar de boca del asesino su total comprensión acerca de lo sucedido.
Resulta devastador que un maestro, recibido en 2010 y en funciones desde 2011, que en ese tramo de su vida comienza a identificarse con una cultura de odio. De acuerdo con las versiones publicadas por aquellos días, el maestro posteó textos en árabe. Luego diría que se trataba de “rezos a Alá”.
Sobre las 15 horas de aquel martes, David regresaba a su comercio para retomar la actividad. El agresor estaba decidido a cumplir con un mandato terrible, brutal: asesinar a un judío. Una salvajada como la del pronazi Héctor Paladino, quien hizo lo propio el 21 de octubre de 1987. Dio muerte a Enrique Delfino Sicco y a Simón Lasowski. Falló en otros dos intentos. Finalmente, fue declarado inimputable. Dos crímenes de odio. La violencia fundamentada en la prédica nazi.
La reacción social
La mayor parte de los sanduceros y de los uruguayos se paralizaron ante tan brutal acto de barbarie… y de la sorpresa a la indignación, y de allí a marchar en protesta. Crímenes de odio, antijudíos, cuyas señales se ignoraron. Santiago Tricánico ha escrito al respecto, claro y reflexivo: “La clave es comprender que el discurso de odio no puede considerarse como parte de la libertad de expresión”. Y agregó: “su prédica nazi fue tomada con negligencia”.
Según consta en el expediente judicial, Carlos Peralta o Abdullah Omar, nombre que adoptó al convertirse al islam, el asesinato de David “fue algo simbólico, un mensaje”. Y para ello esperó a David “en una esquina del Centro de Paysandú para atacarlo por la espalda con un cuchillo con la intención de matarlo por su condición de judío y así cumplir con la ‘misión’ encargada por Alá”.
Buscaba a un judío…
David fue asesinado. Pocas afirmaciones breves tienen esta misma carga de dolor. El matador aquel día buscaba un judío para cumplir con su arrebato. Como lo expresó Peralta/Omar en sede judicial: “Sentía (que Alá) me decía que ‘hay que matar a un judío’”. Porque antes le había “orado a Alá y él me encomendó una misión. Me dio un nombre y me pidió que le disparara a la cabeza”.
No se trata solamente de un radical oculto, de profesión docente, sino de un deseo planificado, y a la hora de ejecutar, su Alá le había marcado un nombre entre los judíos vecinos de su ciudad. Y allá fue. Carlos Omar Peralta, en marzo del 2019, fue acusado como autor inimputable de un homicidio especialmente agravado, comisión de actos de odio, desprecio o violencia y un ilícito de lesiones personales.
David
Desde el primer momento, los sanduceros expresaron su dolor y solidaridad. Mientras el tiempo pasa, el ejemplo de un padre cariñoso alumbra los corazones de sus hijos y de su familia. Y su comunidad, muy cerca, repitiendo que no le olvida. El asesinato va mucho más allá de la condición judía de David. Un crimen de odio cambia los parámetros de la convivencia. La desgasta y erosiona las cualidades que contribuyen al mejor desarrollo de la sociedad.
Cuando en unos días más, en cualquier momento de este 8 de marzo, recordemos a David, a su alegría de vivir, a su cuidado familiar y comunitario, pensemos que hace 9 años impulsado en una cultura extrema de odio, en esta serena ciudad, alguien acabó con su vida, y enlutó a una familia.
A 9 años, David sigue en nuestros pensamientos y en nuestros corazones. Pero antes que nada, David debería estar aquí, y ahora, abrazando a su familia.