Un efecto contagio indeseado

Las prácticas proteccionistas a través de las cuales el presidente de Estados Unidos dice que va a lograr concretar su sueño de “make America Great again” han generado una revulsión en el ámbito comercial global, y a la vez disparado medidas y contramedidas en este intercambio de represalias en la que cada jugada implica el intento de proteger la economía, el empleo y los recursos disponibles, tratando de sacar o por lo menos de no perder la mayor tajada en este ida y vuelta de búsqueda de ventajas, que lo que genera en realidad es una distorsión y desequilibrio global en un sálvese quien pueda que a nada bueno puede conducir.

En este marco, en las últimas horas Canadá, que intenta zafar de los aranceles de Estados Unidos al igual que el otro país limítrofe, México, ha entrado en un tira y afloje particular con China, país que parece ser el destino final de las medidas proteccionistas de Donald Trump, aunque siempre es aventurado afirmar hacia dónde va a salir el ocupante actual de la Casa Blanca.
El primer ministro canadiense Justin Trudeau, tal vez para caerle mejor a su vecino impredecible, resolvió aplicar aranceles a productos provenientes del país asiático, y a su vez el gobierno de China anunció el sábado que impondrá aranceles a productos canadienses como el aceite de colza y la carne de cerdo, en respuesta a los gravámenes de Canadá sobre los autos eléctricos chinos.

El Ministerio de Comercio chino indicó en este sentido que aplicaría un arancel del 100 por ciento al aceite de colza, las tortas de aceite y guisantes procedentes de Canadá, mientras que en los otros productos el arancel será del 25 por ciento, con vigencia a partir del 20 de marzo en todos los casos.
Un paquete de medidas que tiene su lado paradójico, por cierto, desde que tanto Canadá como China se enfrentan a tensiones comerciales cada vez más abiertas con Estados Unidos, y todo indica que en este intercambio de “garrotazos” en el comercio bilateral para salvar las apariencias y no quedar simplemente como aceptando la imposición unilateral del comprador, hay más de palos de ciego que de real intento por actuar con sentido común.

Es cierto, no es fácil aplicar el sentido común con Trump, que tiene una sola forma de ver las cosas –a su modo– pese a que sucesivamente se ha allanado a postergar los anunciados aranceles con Canadá y México, pero por lo menos cabría esperar de otros estados que tuvieran cierta ponderación y buscaran otra forma de equilibrar las balanzas comerciales y las distorsiones que se generan en el mundo del comercio.
Pero claro, ya nada es como antes, porque está el omnipresente factor distorsionante de China, el gigante asiático que irrumpiera con fuerza arrolladora por el tamaño de su economía, las grandes inversiones de multinacionales, el uso de mano de obra barata en forma masiva, y los consecuentes menores costos que traslada a sus productos de exportación, además de la lógica de los subsidios disfrazados que practica.
Precisamente este es el factor que esgrime Canadá para aplicar los aranceles del 100 por ciento a la importación de vehículos eléctricos chinos, así como del 25 por ciento al acero y aluminio procedentes del gigante asiático, lo que es calificado por los chinos como una típica práctica proteccionista y discriminatoria.

Sin embargo, es el mismo argumento que han sostenido Estados Unidos y la Unión Europea para contener la entrada de vehículos chinos a estos países, lo que da la pauta de que el enredo es mayúsculo, cuando los chinos producen para entrar a mercados que ahora le cierran las puertas por la vía arancelaria, y se genera un cuello de botella de imprevisibles consecuencias si es que sigue la escalada de represalias.
Es que en el intercambio comercial las reglas van cambiando de hecho y las grandes economías son las que históricamente imponen sus reglas directa o veladamente, como lo está haciendo desembozadamente Trump, y se van dejando atrás aquellos tiempos en los que decían que lo mejor era la apertura, para que del intercambio comercial se generara más circulación de riqueza y se multiplicara el empleo por efectos de la demanda de bienes y servicios.

Muy atrás han quedado los tiempos en que los países de mayor poderío militar colonizaban y saqueaban los recursos naturales de las regiones de las que se apropiaban y luego establecían lazos comerciales en los que siempre llevaban ventaja al imponer sus condiciones, más allá del grado de independencia política que se fuera generando con el paso de los años, porque quedaba el colonialismo económico vigente.
También están lejanos aquellos primeros tiempos de la doctrina del “laissez-faire, laissez passer”, (dejar hacer, dejar pasar) popularizada a mediados del siglo XVIII, que es una de las primeras teorías económicas articuladas. Estos pensadores intentaron aplicar principios y metodología científica al estudio de la riqueza y la producción económica, y argumentaron que el libre mercado y la libre competencia económica eran extremadamente importantes para la salud de una sociedad libre.
Ocurre que en como toda teoría, la realidad termina mandando, y ésta hizo asumir que había distorsiones que nada tenían que ver con la libertad, y que en los hechos el pez grande se comía al chico, por distintas vías en el intercambio comercial donde quiera que éste tuviera lugar, y las regulaciones no tardaron en llegar, aunque no siempre criteriosas.

Es que en el libre intercambio y la libre producción, cuando las malas cosechas provocaron escasez, los precios se dispararon; los comerciantes terminaron acaparando suministros o vendiendo grano en zonas estratégicas, incluso fuera del país para obtener mayores ganancias, mientras miles de ciudadanos morían de hambre, y el uso abusivo de la supuesta libertad quedó ahí, porque el mercado también tiene sus reglas no escritas, y cuando la oferta supera la demanda, las cosas se desmadran y se patean los tarros por quienes siempre quieren tener la sartén por el mango.
Hoy, Trump decidió que las reglas de la Organización Mundial de Comercio no le están sirviendo, y decidió patear los tarros, para que vuelvan a su país las grandes corporaciones estadounidenses –por lo menos eso es lo que dice– a crear empleo dentro de su nación. Un tiro bajo la línea de flotación para el barco del comercio mundial, porque en la economía más grande del mundo, están los capitales y mal que bien Washington tiene formas de presionar para que se haga lo que pretende, por lo menos en el corto plazo.

De ahí que se sucedan las escaramuzas en un “efecto contagio” de la incertidumbre que promueven las políticas proteccionistas y el intercambio comercial se torne cada vez más imprevisible, cual si se estuviera en una guerra de guerrillas, con francotiradores asomando aquí o más allá, que es justamente lo contrario a lo que se necesita en un mundo globalizado para que haya bienes y servicios a precios más accesibles, como sin dudas necesita la Humanidad.