Qué ver: Sangre y oro, en Netflix

Ante todo, una aclaración. Sangre y oro es una película que transcurre en la Segunda Guerra Mundial pero no es una película “de guerra”, en el sentido en que no se trata de un ejército atacando a otro y no tiene movimientos de masas o bombas cayendo y destruyéndolo todo. Tampoco es un western spaghetti como algunos críticos apurados han corrido a catalogar.
En realidad es una película de acción en la que, por estar ubicada en la Segunda Guerra Mundial y tener algunos elementos muy utilizados en el género del spaghetti, termina siendo una mezcla de todas esas cosas. Sin ir muy lejos en el tiempo hace poco también pudo verse la finlandesa Sisu, que era más o menos lo mismo. La novedad de Sangre y oro es que está hecha en Alemania y el lío que se arma es dentro del ejército alemán y entre la población alemana. Los aliados nunca aparecen, salvo por el sobrevuelo de algún avión que ametralla a los alemanes sin distinguir entre “buenos” y “malos”.
Ajá, porque acá hay alemanes buenos, incluso dentro del ejército. El protagonista y a la postre uno de los héroes –el otro héroe será una heroína en realidad– es un soldado que, al ver los horrores perpetrados por el ejército nazi decide desertar, por lo cual es capturado y colgado. Ahí tenemos un elemento del western spaghetti, el que sea colgado y otro es la música que remite directamente a los acordes inolvidables creados por Ennio Morricone para la famosa trilogía del dólar con Clint Eastwood.
Pero bueno, el tipo es colgado y salvado a último minuto, lo que da comienzo a una venganza y posterior búsqueda de un tesoro escondido por una familia judía en el pueblito cercano. El director Peter Thorwarth no se había especializado en la acción anteriormente –es el de La Ola–, por lo que asombra el nivel de perfección y energía que logra plasmar en su filme.
Si bien el héroe lo que quiere no es el oro que todos buscan, sino sobrevivir para regresar a Berlín con su hija pequeña a la que apenas conoce, es la ambición desmedida de los integrantes nazis del ejército el verdadero motor de la historia. Abrevando más en el cine que en la realidad, los villanos están construidos más como “malos de película” que como nazis de pura cepa, lo que viene muy bien a una película que lo que quiere es entretener y no aleccionar.
Robert Maaser en el papel del héroe hace lo que tiene que hacer mostrando dinamismo y convicción, la joven que lo ayuda (Marie Hacke) también está muy bien, pero los que se llevan todas las palmas aquí son los villanos de turno con un estupendo Alexander Scheer como un comandante tan sádico como eficiente y Florian Schmidtke como un sargento que es lo más parecido a una máquina de matar descontrolada que se pueda concebir. Aclaro esto porque sin esas actuaciones tal vez Sangre y oro pasaría sin pena ni gloria como una película de acción más. Y no es que sea especialmente buena si nos ponemos finos, pero, como ya ocurriera con la citada Sisu, si la comparamos con prácticamente cualquier película de acción de las que se encuentran hoy en las plataformas, es sin duda mejor.
El gran problema con este género que tanto (nos) gusta, es que nos hemos acostumbrados a un nivel técnico tan alto que muchas de los filmes realizados por las propias plataformas, que en definitiva son los que aparecen en mayor número, siempre delatan algún punto bajo en la producción. Y eso que puede pasar desapercibido o incluso aprovechar como virtud en otros géneros, a la hora de la acción pura y dura, siempre pesa.
Y todo eso está muy bien conseguido en Sangre y oro, sin tratarse de una superproducción ya que, como decía, aquí no hay gran despliegue de masas, pero lo que se ve es de lo más convincente. Si a eso agregamos que también tiene tiempo para retratar ciertas miserias humanas de los habitantes civiles, entre los que también hay quienes aprovechan la guerra para su beneficio, quienes solo intentan sobrevivir y también los que realmente arriesgan su vida por lo que creen correcto, estamos ante una película muy visible si se la toma por lo que es, un muy bien hecho entretenimiento sin pretensiones.
Algo que parece ser un objetivo fácil, pero ante el cual son muchos más los que se quedan por el camino que los que lo alcanzan.
Fabio Penas Díaz