Innovación, desarrollo y liderazgo privado sanducero

Hace algunos días, durante una visita organizada por el Centro de Estudios Paysandú (CEP), el director del Centro de Estudios de la Realidad Económica y Social (Ceres), el economista Ignacio Munyo, se refirió a los desafíos que enfrenta nuestro país para lograr el crecimiento necesario para colocarlo en una senda de prosperidad sostenible y sustentable. Munyo recordó que el Ministerio de Economía se ha fijado como meta alcanzar un nivel de inversión equivalente al 20% del PBI, frente al 16% actual. Eso significa movilizar 3.200 millones de dólares adicionales cada año, lo que, comparó, equivale a “una planta de UPM con ferrocarril central incluido, todos los años. Ya se marchó medio año y no llevamos ni 200 millones. El año que viene hay que empezar de cero. En las condiciones actuales, es una utopía”, advirtió. También explicó que parte importante de ese desafío no depende únicamente del país, sino del contexto internacional.

Con tasas de interés cercanas al 5% en Estados Unidos, resulta más difícil atraer inversiones hacia economías como la uruguaya. “Es mucho más tentador dejar la plata quieta que arriesgar en proyectos productivos”, dijo, aunque se mostró “moderadamente optimista” respecto a una posible baja de tasas hacia mediados de 2025. En un mundo convulsionado, en cuyo mapa las potencias económicas y militares se reorganizan y asumen nuevos papeles, la necesidad de cambios constantes es la única variable que se mantiene inalterada. Sobrevivir en un paisaje tan disruptivo exige estar preparado para adoptar nuevas modalidades de actuación, dejando de lado los viejos paradigmas y asumiendo nuevos desafíos.

El naturalista y geólogo Charles Darwin (1809-1882), cuyos postulados sobre la teoría de la evolución por selección natural modificaron totalmente la forma de entender el desarrollo de la humanidad y sus cambios, lo resumió claramente en una frase aplicable a varios órdenes de la vida: “No es la especie más fuerte ni la más inteligente la que sobrevive, sino aquella que mejor se adapta a los cambios”.

Frente a esa realidad que nos interpela y nos cuestiona, la pregunta surge en forma natural: ¿qué estamos haciendo en Paysandú para adaptarnos a la era post industrial donde el conocimiento, la tecnología y la innovación adquieren un papel fundamental para el desarrollo de las comunidades? ¿Hasta cuándo vamos a seguir confiando nuestro desarrollo departamental y el futuro de nuestros hijos a sectores de actividad que se vuelven cada vez más primarios, con menos valor agregado y con requerimientos de menos mano de obra? ¿De verdad pensamos que Paysandú saldrá adelante basando su desarrollo en la carne y el cuero –y eventualmente los cítricos– tal como lo viene haciendo desde hace más de 200 años? ¿Qué valor hemos agregado en todo este tiempo? ¿Acaso no somos conscientes que, por distintos motivos, la carne y el cuero son productos que cada día tienen menos demanda en el mundo? Incluso los jugos naturales se consumen menos en el primer mundo actualmente. ¿Cómo nos estamos preparando para cuando esas industrias dejen de existir o reduzcan su operativa a niveles mínimos tal como ha pasado en otras regiones de nuestro país y del mundo? ¿Cuáles son los argumentos racionales y objetivos para que, lo que ha pasado en todo el mundo, no suceda en Paysandú? En este tema es verdad que hay luz al final del túnel, pero el problema es que se trata de un tren que viene de frente, a alta velocidad y nos negamos a salir de la vía.

En sus declaraciones, Munyo fue más allá y sostuvo que “la receta ya la tenemos. No hay que inventarla”. (…) “Es la cooperación entre ciencia y empresa con un producto que se quiera vender, y no está mal que se quiera vender. Hay que sacarse pudores y nostalgias de que la universidad va por un lado y la empresa por otro. Tienen que estar juntas” (…) “Hay que tener un Estado que no tranque, que pone recursos y confía en las personas. (…) No se puede crecer sin inversión, y no se puede invertir si el Estado no habilita, si la ciencia no se conecta con la empresa, y si seguimos con miedo de competir en el mundo”. Esa sinergia necesita de una gremial empresarial activa y presente cuya institucionalidad respalde ese proceso.

En nuestro editorial del pasado 4 de mayo expresábamos lo siguiente sobre esa situación: “Varias de las instituciones que supieron nuclear a empresas o comerciantes privados ya no existen o no funcionan de acuerdo con sus propios objetivos. Un caso es el de la Asociación de Exportadores de Paysandú (Asepay) la cual hace años que no funciona y otro el del Centro Comercial e Industrial de Paysandú (CCIP), cuyo Consejo Directivo se encuentra acéfalo”.

Todo ello sucede en un momento en el cual Paysandú se prepara para recibir la inversión más grande que se ha realizado en nuestro país, de la mano de la planta de hidrógeno verde impulsada por HIF Global. Todo ello mientras varias organizaciones contrarias a este proyecto (y por ende al desarrollo departamental y la creación de fuentes de trabajo) se han dedicado a treearlo, aliándose con autoridades argentinas y recolectando firmas o “marcándole la cancha” a las autoridades sobre que deben decir (tal como hizo el Pit-Cnt con la Ministra de Industria, Energía y Minería). Así las cosas, la gremial del sector comercial e industrial sanducero se autoexcluyó de un debate necesario e importante no solo para Paysandú sino para sí misma, ya que sus propios asociados se beneficiarían de la instalación de dicha planta, ya sea en forma directa o por el crecimiento de la economía local, que redunda en mayores ventas comerciales. Flaca tarea realiza una gremial empresarial que no es capaz de ver esas oportunidades de crecimiento para sus afiliados.

Es muy desafortunado que el Centro Comercial e Industrial de Paysandú haya elegido permanecer ausente en un momento histórico para Paysandú y para el país. La institución que fuera uno de los motores del milagro industrial de los ’50, hoy languidece en total ausencia del debate frente a los temas que hacen al futuro económico y social de nuestra ciudad y el departamento.

Como si ello fuera poco, hace algunos días se presentó en Montevideo, por parte de Presidencia de la República y con la participación de otras organizaciones, el programa Uruguay Innova (U+I), un acelerador del ecosistema de innovación que busca potenciar el actual sistema de investigación e innovación desde una perspectiva estratégica. En esa ocasión el presidente de la República, Yamandú Orsi, afirmó que el vínculo con la academia, el sector privado y la innovación, entre otras áreas, debe confluir hacia algo muy potente.

“Debemos aprovechar todo lo bueno que tenemos hasta ahora y llevarlo a instancias que tengan el sello de Uruguay. Mejorar, racionalizando esfuerzos, y compartir los objetivos y las estrategias”. Ante un evento de estas características corresponde preguntarse: ¿el sector privado sanducero estuvo presente en forma institucional en un evento tan importante? ¿Acudió a esa presentación una delegación del CCIP para reafirmar su compromiso con una iniciativa tan importante? ¿El CCIP se reunió con las autoridades de HIF Global o del gobierno para buscar oportunidades para sus socios? ¿O seguiremos “mirando la fiambrera” como ha sucedido durante tanto tiempo mientras departamentos como Salto o Tacuarembó siguen marcando el liderazgo institucional privado en diversas áreas? Todo parece apuntar a que la gremial del sector privado sanducero está perdiendo, una vez más, una nueva oportunidad de ser protagonista de los cambios y eligió ser un simple espectador sentado a gran distancia del escenario donde suceden las cosas. Así como se presenta la situación, ya pueden ir sacando las chimeneas de su histórico logo.