Clima hostil

Más de cien personas fallecieron en el estado de Texas, en Estados Unidos, a causa de las repentinas inundaciones ocurridas en el condado de Kerr. La cifra no es definitiva, ya que aún hay un número elevado de personas reportadas como desaparecidas.
El viernes 4 de julio, Día de la Independencia estadounidense, los restos de una tormenta tropical procedente del Golfo de México se adentraron en el continente cargados de humedad y chocaron con un sistema húmedo que se desplazaba hacia el norte desde el océano Pacífico. La lluvia resultante alcanzó los 500 milímetros. Antes del amanecer, el río Guadalupe —que desciende desde las montañas— experimentó una crecida de más de 8 metros en menos de una hora, con el resultado ya conocido. Este volumen de agua, equivalente a cuatro meses de lluvia, “dio lugar a un muro de agua que avanzaba por el río en la oscuridad de la noche, limitando el número de personas que podían recibir las advertencias y trasladarse a terrenos más altos”, describió CNN.

Como suele ocurrir tras este tipo de catástrofes —lo vemos con frecuencia en nuestro país, pero también lo vimos en España tras los episodios en Valencia, e incluso en Brasil con los enormes y persistentes desbordes en Porto Alegre— comenzaron los señalamientos en busca de responsables, con los servicios meteorológicos como principales acusados.

El usuario de Instagram @alberteltiempo analizó el desempeño de los sistemas de alerta frente a la amenaza bajo el título “¿Falló el sistema de alertas en Texas?”, señalando que la situación no fue una sorpresa para los meteorólogos. Repasó además la secuencia de alertas emitidas.
Ya desde el martes, el Servicio Meteorológico Nacional advertía sobre el riesgo de inundaciones. El jueves, a la 1:18 p.m., se emitió una vigilancia de inundación, anticipando hasta 7 pulgadas de lluvia (unos 180 milímetros). A las 6:10 p.m., un mensaje especial alertaba sobre la probabilidad de una inundación repentina, con lluvias que podrían superar las 3 pulgadas por hora, elevando así la alerta. A la 1:14 a.m. del viernes, se emitió la primera advertencia oficial de inundación con la etiqueta “considerable”, diseñada para activar notificaciones en los teléfonos móviles de la población en zonas expuestas. Solo una hora después, ya se habían registrado 5 pulgadas de lluvia (aproximadamente 130 mm), y el Servicio Meteorológico Nacional (NWS) confirmó que la inundación ya estaba en curso. A las 4:03 a.m. se declaró una emergencia por inundación repentina, el nivel más alto de alerta. A las 4:35 a.m., el río Guadalupe alcanzó los 29,45 pies (8,9 metros), habiendo subido más de 7 pies (2 metros) en apenas 15 minutos. Casi nadie tuvo tiempo de reaccionar.

Sin embargo, persisten dudas sobre a cuántas personas llegaron las alertas, si las vacantes críticas en las oficinas meteorológicas afectaron su difusión, y si la llamada “fatiga de alertas” había aumentado entre los residentes de una región considerada una de las más peligrosas del país en cuanto a inundaciones repentinas.

CNN, citando como fuente a un funcionario no identificado de la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica (NOAA), informó que “varias oficinas del NWS en todo el país están en peores condiciones que las de San Angelo o Austin-San Antonio, trabajando con tan poco personal que ya no operan las 24 horas del día, los siete días de la semana” y que han dejado de lanzar dos veces al día los globos meteorológicos, “que proporcionan datos críticos que pueden alertar a los meteorólogos sobre la posibilidad de inundaciones y otros fenómenos peligrosos”. No obstante, defendió los pronósticos del NWS y explicó que el desastre fue, en última instancia, resultado de “demasiada lluvia en muy poco tiempo, en uno de los lugares más vulnerables del país a las inundaciones repentinas, y en las horas de la noche, el peor momento del día para enviar advertencias a las personas en peligro”, además de coincidir con el 4 de julio. “Esta población en particular está saturada de alertas y advertencias meteorológicas a todas horas del día y de la noche. En Texas Hill Country, donde las inundaciones repentinas son provocadas frecuentemente por tormentas eléctricas estivales, puede instalarse la fatiga de advertencias”. O como decimos aquí: “ya no se le da pelota”, como ocurre cuando escuchamos sonar una alarma de auto.
En definitiva, esta tragedia pone en evidencia las limitaciones de la tecnología actual de pronóstico. “Simplemente aún no es posible predecir que un conjunto de tormentas eléctricas que acumulan meses de lluvia se estancará en un punto específico”. Y añade CNN que, para el caso particular de Estados Unidos, los recortes previstos en el presupuesto 2026 por parte de la administración Trump podrían perjudicar la investigación orientada a superar estas falencias, “justo cuando el país necesita ampliar los límites de la capacidad de sus modelos meteorológicos”.

Y si esto ocurre en un país que dispone de la tecnología más avanzada y que destina grandes recursos a la investigación, ¿qué queda para el nuestro y para nuestra región? Tal vez no tengamos ríos de montaña, pero sí enfrentamos problemas de inundaciones. Sin ir más lejos, en el último episodio —a pesar de contar con sensores y puntos de referencia— vimos cómo los expertos de la CTM esperaban que la creciente no superara los 6 metros, y terminó superando esa marca por más de medio metro. Ni hablemos ya de predecir con suficiente antelación, como se pretende, fenómenos destructivos como el del 11 de julio de 2022 en nuestra ciudad, del que ayer se cumplieron tres años.